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Entre 2013 y 2016, un equipo de investigadores ingresó a bancos, hoteles, oficinas públicas, museos y otros lugares en 355 ciudades de 40 países. Actuando como transeúntes apurados, entregaban una billetera supuestamente encontrada en la calle y pedían al empleado que se hiciera cargo de ella. Todas las billeteras contenían una llave, una lista de compras y tarjetas de presentación con el nombre y correo electrónico del supuesto dueño, para poder contactarlo fácilmente. Algunas no tenían dinero y otras contenían cerca de 13 dólares. Luego, los investigadores registraban si alguien escribía para intentar devolver la billetera.
En total se distribuyeron más de 17.000 billeteras. La hipótesis inicial era que las personas serían menos honestas cuando hubiera dinero involucrado, ya que el beneficio de quedarse con él era mayor. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario: las billeteras con dinero fueron reportadas con mucha más frecuencia que las que estaban vacías. Sorprendidos por el resultado, los investigadores realizaron una segunda prueba, incorporando billeteras con cerca de 100 dólares. Nuevamente, la tasa de devolución aumentó.
¿Qué puede explicar que esto suceda? ¿Por qué se devolvían más las billeteras con más dinero que las con menos? Los autores concluyeron que, para muchas personas, apropiarse de una suma importante hace mucho más difícil justificar la conducta ante sí mismas, porque se percibe claramente como un robo. Y a nadie le gusta verse como alguien deshonesto. Al parecer estamos más dispuestos a ser honestos en lo grande que en lo pequeño.
Si esto es así, ¿es necesario trabajar la honestidad en las pequeñas cosas? En el programa de Fortalezas del Carácter de Astoreca creemos que sí.
En el proceso de formación de los estudiantes son las pequeñas cosas las que moldean sus hábitos. La mayoría de las personas no se vuelve deshonesta de un día para otro ni a través de una gran falta. Más bien, el proceso suele comenzar cuando empezamos a justificar pequeñas transgresiones: copiar una tarea, no devolver un libro prestado de la biblioteca, decir una verdad a medias, sacarle las láminas del álbum del mundial al compañero, etc. Cada vez que hacemos esto, vamos desplazando el límite de lo que consideramos aceptable.
Esto tiene respaldo en la neurociencia: un estudio demostró, usando resonancia magnética, que la incomodidad cerebral que aparece al mentir se va apagando cada vez que repetimos la conducta, y que mientras más se apaga esa señal, más grandes son las mentiras siguientes. Los propios investigadores llaman a esto una pendiente resbaladiza, donde avanzamos desde la deshonestidad en cosas pequeñas hacia faltas más graves.
Además, las pequeñas decisiones son mucho más frecuentes que las grandes. Son las que enfrentamos todos los días. Por eso tienen un enorme poder formativo. Si una persona aprende a hacer excepciones en lo pequeño, tendrá menos herramientas para actuar con integridad cuando enfrente desafíos más importantes.
También hay una razón relacionada con la identidad. Las personas construimos una imagen de quiénes somos a partir de nuestras acciones repetidas. Cuando actuamos con honestidad en situaciones cotidianas, comenzamos a vernos a nosotros mismos como personas honestas. Y esa identidad se transforma en una brújula que orienta nuestras decisiones futuras. No es casual que en el experimento de las billeteras muchas personas devolvieran las que contenían más dinero: apropiarse de ellas entraba en conflicto con la imagen de persona honesta que tenían de sí mismas.
Para los líderes escolares y docentes, esta idea es especialmente relevante. Si queremos formar estudiantes íntegros, no basta con reaccionar ante las grandes faltas. Hay que prestar atención a los pequeños actos cotidianos donde el carácter realmente se construye. Las grandes decisiones morales suelen ser el reflejo de miles de decisiones pequeñas tomadas previamente y de la construcción de una identidad como persona honesta.
Algunos consejos para implementar en los establecimientos:
Al final, más que preguntarnos qué haría un estudiante frente a una gran tentación, la pregunta relevante para un equipo directivo y docente es otra:
¿Qué estándar estamos instalando, todos los días, en las cosas chicas?
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