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Regístrate y accede a la revistaLa inteligencia artificial y las nuevas herramientas abren oportunidades para la educación, pero incorporarlas no garantiza innovación. Expertos coinciden en que el verdadero cambio comienza al identificar qué necesitan aprender los estudiantes, fortalecer el criterio docente y generar experiencias que mejoren efectivamente los aprendizajes.
Innovar en educación no significa llenar las salas de clases de nuevas tecnologías ni adoptar cada herramienta que aparece. El desafío es más profundo: preguntarse qué necesitan aprender los estudiantes y cómo transformar su experiencia educativa para responder a esas necesidades. En tiempos de inteligencia artificial, Gilda Bilbao, Gabriela Arriagada y Vicente Lorca coinciden en que la tecnología puede ser una aliada, pero solo adquiere sentido cuando está al servicio de un propósito pedagógico, del criterio de los docentes y de una formación que no pierda de vista a la persona.
Gilda Bilbao
Directora de Aseguramiento de la Calidad,
Facultad de Educación
Universidad del Desarrollo
1. ¿Qué significa realmente innovar en educación?
Innovar en educación no es agregar herramientas nuevas al aula: es tomar una postura frente a la incertidumbre. Actualmente estoy en una pasantía académica en el Tecnológico de Monterrey, y lo que más me ha marcado es observar cómo una institución se posiciona para generar innovación, tanto en sus procesos como en los aprendizajes. Pienso en las ideas de Fred Polak, sociólogo holandés y uno de los padres de los estudios de futuro, quien sostenía que las culturas se mantienen vitales mientras conservan imágenes positivas de su porvenir, y que la pérdida de esa capacidad para imaginar futuros deseables –cayendo en el pesimismo o el apocalipsis– antecede al propio declive. En lugar de imaginar escenarios catastróficos, su pensamiento propone respuestas optimistas frente a lo incierto: pensar el futuro no es predecirlo, es prepararse para construirlo con sentido.
Desde esa lógica, la pregunta que distingue una innovación real de la simple incorporación de una herramienta no es “¿qué tecnología usamos?”, sino “¿qué necesidad de aprendizaje estamos resolviendo?”. La inteligencia artificial, por ejemplo, puede ampliar la experiencia formativa –dar acceso a nuevas formas de indagar, de practicar, de recibir retroalimentación–, pero solo se vuelve innovación pedagógica cuando responde a un déficit o una oportunidad de aprendizaje identificada, y no cuando se adopta simplemente porque está disponible. La incorporación de un recurso, por sí sola, no es innovación: lo es en la medida que transforma la experiencia formativa del estudiante.
Para las escuelas chilenas, priorizaría hoy la construcción de ese criterio: antes de decidir qué tecnología incorporar, preguntarse qué problema pedagógico se busca resolver y con qué evidencia se sostiene esa decisión.
"La IA puede ampliar la experiencia formativa –dar acceso a nuevas formas de indagar, de practicar, de recibir retroalimentación–, pero solo se vuelve innovación pedagógica cuando responde a un déficit o a una oportunidad de aprendizaje identificada, y no cuando se adopta simplemente porque está disponible”. Gilda Bilbao.
2. ¿Qué necesita una escuela para que la innovación llegue efectivamente a la sala de clases?
El liderazgo directivo cumple un rol decisivo: es quien legitima el riesgo. En las instituciones donde he visto la innovación instalarse de verdad –y el Tec de Monterrey es un buen ejemplo– hay una disposición explícita a probar, evaluar y solo después incorporar, medir y escalar. Ese orden importa: primero se prueba en pequeño, se acepta que puede no funcionar, se evalúa con evidencia, y solo entonces se decide si se incorpora de forma más amplia. Sin esa secuencia, la innovación se vuelve un salto de fe o una imposición desde arriba.
La cultura escolar debe sostener ese riesgo acotado: dar permiso institucional para experimentar y para que un ensayo no resulte, sin que eso se traduzca en sanción. La formación docente tiene que acompañar ese proceso, no como un curso aislado, sino como desarrollo profesional situado en la propia práctica.
Para que innovar no se convierta en una carga adicional, la experimentación debe integrarse a lo que el docente ya hace, no sumarse como una tarea más. Eso significa tiempo protegido, apoyo técnico y, sobre todo, que la institución esté siempre mirando cómo mejorar de manera sistemática: no como el esfuerzo aislado de quien se anima a innovar, sino como una disposición compartida por toda la comunidad.
3. ¿Cómo podemos saber si una innovación está produciendo mejores aprendizajes?
Ahí está la diferencia entre una experiencia atractiva y una innovación real: la primera se mide por el entusiasmo que genera; la segunda, por evidencia de aprendizaje. El ciclo que he visto funcionar –probar, evaluar, incorporar, medir y escalar– obliga a definir de antemano qué se va a observar y con qué criterios, antes de implementar.
Las evidencias no deberían limitarse a la percepción o satisfacción de los estudiantes, aunque esas también informan. Los establecimientos necesitan indicadores de aprendizaje explícitos, vinculados a los objetivos que la innovación buscaba resolver, y comparar el antes y el después con datos, no solo con impresión. Una innovación tecnológica que amplía el acceso a la experiencia de aprendizaje
–más práctica, más retroalimentación, más personalización– debe demostrar también que mejora esa experiencia, no solo que la diversifica.
Gabriela Arriagada
Master of Science en Filosofía y Ética y PhD en Filosofía por la Universidad de Leeds. Actualmente, es profesora asistente de Ética de IA y Datos en el Instituto de Éticas Aplicadas y el Instituto de Ingeniería Matemática y Computacional.
1. ¿Qué significa realmente innovar en educación?
En un contexto marcado por la inteligencia artificial y la transformación digital, ¿cómo distinguir una innovación que responde a una necesidad pedagógica de la simple incorporación de herramientas nuevas? ¿Qué cambios deberían priorizar hoy las escuelas chilenas para mejorar los aprendizajes?
Esta pregunta es, quizás, la pregunta central cuando hablamos de IA. No podemos pensar que para innovar en estos tiempos debemos usar IA. La innovación pedagógica surge de manera profunda y auténtica en el corazón del juicio docente, cuando podemos equilibrar las necesidades de nuestros estudiantes, sus diversidades de aprendizaje, los objetivos del curso, y nuestros propios estilos como docentes. La innovación debe seguir criterios éticos, que busquen ser una manera de potenciar al docente y sus estudiantes. En este sentido, la IA puede ser una tecnología más dentro de muchas otras, que debe ser integrada desde un contexto de aprendizaje bien desarrollado, desde perspectivas disciplinares sólidas, y desde el levantamiento de necesidades. El cambio central, a mi parecer, es que dejemos de creer que nos quedaremos atrás por no usar IA. En el contexto pedagógico, usar esta herramienta debe tener una justificación crítico-pedagógica que sustente su uso tanto para la creación de contenidos, evaluaciones o labores administrativas, como para la interacción de los estudiantes con la misma. Los fundamentos del conocimiento siguen siendo parte de lo que debemos entregar a nuestros estudiantes y, en ciertas ocasiones, la IA puede o no apoyarnos en esos procesos. El foco debe estar en priorizar la capacidad técnica y fortalecer el juicio ético de los docentes para decidir con entereza cuándo y por qué en ciertos casos la IA debe ser parte de esa innovación.
"La innovación produce mejores aprendizajes cuando ocurre de manera holística. Por esto, debemos capacitar a los docentes y tener equipos que nos permitan analizar nuestros resultados y hacer trabajos más profundos de revisión de estas innovaciones”. Gabriela Arriagada.
2. ¿Qué necesita una escuela para que la innovación llegue efectivamente a la sala de clases?
¿Qué papel cumplen el liderazgo directivo, la cultura escolar y la formación de los profesores? ¿Cómo generar espacios para experimentar, aprender de los errores y enfrentar la resistencia al cambio, sin que innovar se transforme en una carga adicional para los docentes?
Esto es fundamental. Esa priorización desde el juicio crítico debe venir de una capacitación en nuevas tecnologías. Se debe entender que en estos contextos de cambios de paradigma de aprendizaje debemos tener entornos seguros de entrenamiento y de ensayo y error, tal y como lo debemos priorizar para nuestros estudiantes. No debemos imponer estos procesos, sino que colectivamente ir reflexionando sobre cuándo hacen sentido y entregar herramientas y conocimientos a los docentes para que, desde sus propias habilidades, experiencias y juicio, sean capaces de innovar. Innovar debe ser una manera de reencontrarnos con la belleza de enseñar, encontrar nuevos caminos para el aprendizaje y, para eso, equipos de apoyo y gestión a la innovación son fundamentales para que el docente no solo tenga un acompañamiento, sino también para que se enfoque en su labor principal: enseñar.
3. ¿Cómo podemos saber si una innovación está produciendo mejores aprendizajes?
¿Qué evidencias y criterios deberían considerar los establecimientos para evaluar sus resultados? La planificación y la revisión de la mejora continua son fundamentales. Los establecimientos deben tener jornadas de discusión de avances curriculares, además de poder compartir experiencias docentes positivas y quizás no tan efectivas. Esto implica poder identificar a través no solo de relatos o datos duros, como pueden ser rendimientos estandarizados, sino también intencionadamente planificar currículos que busquen levantar evidencias de observación, evaluativas, formativas o de competencias. La innovación produce mejores aprendizajes cuando ocurre de manera holística, y en cada disciplina o asignatura puede mostrarse con diferentes indicadores o experiencias. Por esto, debemos capacitar a los docentes y tener equipos que nos permitan analizar nuestros resultados y hacer trabajos más profundos de revisión de estas innovaciones.
Vicente Lorca
Subdirector de Innovación de Ingeniería UDD
y creador de Maker Campus
1. ¿Qué significa realmente innovar en educación?
Para mí, innovar en educación no significa simplemente hacer algo diferente ni incorporar la última tecnología disponible. Una escuela puede tener inteligencia artificial, tablets, plataformas digitales y laboratorios extraordinarios y, sin embargo, seguir educando exactamente de la misma manera, con estudiantes que escuchan, memorizan, responden y esperan que alguien les diga si lo hicieron bien o mal. En ese caso hemos cambiado las herramientas, pero no hemos cambiado realmente la experiencia educativa.
Innovar comienza cuando somos capaces de hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿qué tipo de ser humano queremos ayudar a formar y qué experiencias necesita vivir un niño o un joven para desarrollar plenamente sus posibilidades? Desde ahí la tecnología adquiere otro lugar; no es el centro de la transformación, sino una herramienta que puede ampliar aquello que somos capaces de imaginar pedagógicamente.
En Chile necesitamos escuelas que no solamente preparen estudiantes para rendir mejor una prueba o desenvolverse en un mercado laboral cambiante, sino comunidades capaces de formar personas curiosas, responsables, creativas, sensibles y creo que aquí muchas veces olvidamos que detrás de cada innovación hay personas. La verdadera innovación no consiste en introducir el futuro dentro de la escuela, sino en transformar la escuela para que los estudiantes puedan construir su propio futuro.
"Innovar comienza cuando somos capaces de hacernos una pregunta: ¿qué tipo de ser humano queremos ayudar a formar? Desde ahí la tecnología adquiere otro lugar; es una herramienta que puede ampliar aquello que somos capaces de imaginar pedagógicamente”. Vicente Lorca.
2. ¿Qué necesita una escuela para que la innovación llegue efectivamente a la sala de clases?
Pedir innovación sin construir confianza es estar desconectado totalmente de la realidad. El liderazgo directivo tiene la tarea de crear las condiciones para que esa confianza exista. Un buen liderazgo no debería estar permanentemente preguntando “¿ya implementaron la innovación?”, sino “¿qué están aprendiendo ustedes mientras intentan hacerlo?”. Esa pequeña diferencia cambia la cultura completa de una institución.
Una escuela innovadora necesita permitir que un profesor pruebe una idea y que no todo salga bien. Necesita entender que el error del docente también puede transformarse en conocimiento institucional. Si cada experiencia que no funciona termina siendo utilizada para evaluar negativamente al profesor, nadie volverá a experimentar. Y cuando una organización deja de experimentar, comienza lentamente a repetir.
También necesitamos revisar la relación entre innovación y carga laboral; es difícil decirles a los profesores que innoven mientras agregamos nuevas plataformas, nuevos instrumentos, nuevos informes y nuevas obligaciones administrativas. Innovar requiere tiempo para pensar, conversar, observar y diseñar. La primera innovación que una escuela debería realizar consiste precisamente en dejar de hacer algunas cosas que ya no tienen sentido.
3. ¿Cómo podemos saber si una innovación está produciendo mejores aprendizajes?
Aquí debemos ser cuidadosos porque existe una tentación muy grande de confundir entusiasmo con aprendizaje. Una clase puede ser entretenida, los estudiantes pueden utilizar tecnología, producir videos, construir prototipos o trabajar colaborativamente, y todo eso puede ser valioso, pero la pregunta sigue siendo qué ocurrió en la mente y en la experiencia de esos estudiantes. ¿Qué comprendieron que antes no lo hacían? ¿Qué son capaces de hacer ahora que antes no podían? ¿Qué preguntas comenzaron a hacerse? ¿Son capaces de explicar sus decisiones?
Para mí, estas preguntas son tan importantes como cualquier indicador cuantitativo, necesitamos evidencia, por supuesto. Hay que mirar resultados, producciones, evaluaciones, asistencia, participación, progresión y otros datos que nos permitan saber si estamos avanzando. Pero los datos no deberían reemplazar nuestra capacidad de mirar y escuchar.
La evaluación de una innovación debería ser entonces una forma de comprender; tenemos que observar qué ocurre con distintos estudiantes, porque una estrategia puede funcionar muy bien para algunos y dejar atrás a otros. Y eso es especialmente importante cuando hablamos de equidad, pues una innovación que mejora el promedio pero aumenta las brechas no necesariamente representa un progreso educativo.
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