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Regístrate y accede a la revistaMarcela Martínez, directora del Liceo Bicentenario Felisa Clara Tolup Zeiman y ganadora del Premio LED 2026 en la categoría Innovación Educativa y Competencias para el siglo XXI, explica cómo una cultura de altas expectativas se construye con desafíos y acompañamiento para que cada estudiante descubra sus capacidades y proyecte su futuro.
“Nunca debemos confundir el punto de partida de una estudiante con su potencial de llegada”. La frase de Marcela Martínez, directora del Liceo Bicentenario Felisa Clara Tolup Zeiman, ubicado en San Fernando, Región de O’Higgins, resume una convicción que atraviesa el trabajo del establecimiento: el contexto de una joven forma parte de su historia, pero no debe transformarse en un límite para lo que puede alcanzar.
Para Marcela Martínez, no basta con repetirles a las estudiantes que son capaces. Esa confianza tiene que estar presente en la enseñanza, en los desafíos que se les proponen, en las oportunidades a las que acceden y también en la manera en que son acompañadas cuando algo les cuesta. Es allí donde las altas expectativas dejan de ser una declaración y pasan a formar parte de la experiencia escolar.
¿Qué significa, en la práctica, tener altas expectativas sobre los estudiantes? “Para mí significa creer genuinamente que todas nuestras estudiantes pueden aprender y llegar lejos. Y no basta con decirles ‘tú puedes’; esa convicción tiene que reflejarse en cómo enseñamos, en las oportunidades que generamos y en cómo las acompañamos cuando algo les cuesta”.
Marcela Martínez.
"Una alumna sabe perfectamente cuándo un profesor cree en ella, cuándo la desafía y cuándo está dispuesto a seguir intentando si algo no resulta a la primera”.
Abrir oportunidades para todas
Construir esa cultura es, según la directora, un trabajo cotidiano y colectivo. Las estudiantes necesitan sentir que los adultos que las rodean creen en ellas, pero también encontrar oportunidades que quizás no estaban disponibles en su entorno. Por eso, una parte importante de la gestión del liceo ha estado orientada precisamente a abrir esas puertas y acercar experiencias que amplíen sus posibilidades.
El establecimiento, que forma parte de la RED Irarrázaval, mantiene una estrecha relación con empresas y con su Consejo Asesor Empresarial, cuenta con un sello de innovación y emprendimiento y ha construido, con apoyo del mundo empresarial, un ecosistema de certificaciones que acompaña a las estudiantes desde primero hasta cuarto medio. Detrás de esas iniciativas hay una decisión que Martínez considera central: las buenas oportunidades no pueden ser un privilegio para algunas, sino que deben estar al alcance de todas.
Las certificaciones, además, permiten que las estudiantes enfrenten nuevos desafíos a lo largo de su trayectoria. Cada una representa una meta distinta: aprender algo que antes no sabían, desarrollar una competencia y comprobar que pueden avanzar. En ese recorrido, el profesor cumple un papel que va mucho más allá de preparar para una evaluación o certificación. “Una alumna sabe perfectamente cuándo un profesor cree en ella, cuándo la desafía y cuándo está dispuesto a seguir intentando si algo no resulta a la primera”, señala Martínez. El docente, agrega, debe acompañar, motivar a superarse y ayudar a descubrir capacidades que muchas veces la propia estudiante no sabía que tenía.
Para la directora, la clave está en encontrar un equilibrio entre exigencia y apoyo. “Exigir sin acompañar puede generar frustración, pero acompañar sin desafiar también puede limitar”. Tener altas expectativas supone, entonces, confiar lo suficiente en una estudiante como para exigirle más, pero también permanecer a su lado durante ese proceso.
No definir a una estudiante por sus dificultades
Ese principio cobra especial importancia cuando una joven llega al liceo con rezagos académicos, experiencias escolares difíciles o poca confianza en sus propias capacidades. Frente a esos casos, Martínez plantea que el primer paso es no poner etiquetas. Una estudiante puede llegar convencida de que “no puede”, pero esa percepción no define aquello en lo que puede convertirse.
El trabajo comienza por conocerla, comprender qué necesita y generar oportunidades para que descubra sus capacidades. En ese sentido, las experiencias que sacan a las estudiantes de lo habitual adquieren un valor especial. Las ferias de emprendimiento, los concursos de innovación, las certificaciones y el contacto temprano con el mundo laboral a través de la formación dual las enfrentan a situaciones reales y a nuevas formas de aprender.
En el sistema dual, por ejemplo, las jóvenes aprenden también en empresas, comparten con profesionales y comprueban que son capaces de desenvolverse en espacios laborales concretos. Allí pueden aparecer fortalezas que no siempre son visibles en el aula. Una estudiante que quizás no destacaba especialmente en lo académico puede descubrir que tiene capacidad para liderar un equipo, presentar una idea, resolver un problema, crear un proyecto o desenvolverse con seguridad en una empresa.
"Creo que una escuela tiene que abrir puertas. Algunas estudiantes encontrarán esas puertas abiertas naturalmente y otras necesitarán que nosotros las ayudemos a encontrarlas. Ahí es donde la educación puede hacer una diferencia enorme”. Marcela Martínez.
Para Martínez, esos descubrimientos son relevantes porque modifican la manera en que una joven se mira a sí misma. La escuela, explica, no puede observar a una estudiante únicamente desde aquello que le cuesta; también tiene que ayudarla a descubrir aquello en lo que puede llegar a ser extraordinaria. Cuando recupera la confianza en sus capacidades, cambia su disposición para aprender y también la forma en que imagina su futuro.
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