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Jun 2024 - Edición 283

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“Lo más importante para los alumnos es que sepan que hay que servir siempre”

Porque servir da más alegría que ser servido, afirma Jorge Rojas. Médico, músico, fundador de Coaniquem y recientemente reconocido con el Premio Nacional de Medicina, nos cuenta cómo ha sido su vida en torno a la música, a la medicina y, sobre todo, al servicio.

“Lo más importante para los alumnos es que sepan que hay que servir siempre”

-¿Cómo fue su etapa escolar?

-Vengo de una familia numerosa, de ocho hermanos, seis hombres y dos mujeres. Todos estudiamos en los Sagrados Corazones, Padres Franceses (de Alameda, en esa época), de manera que ahí pasé los seis años de preparatoria y seis de humanidades, que era la clasificación en esa época. Fue un tiempo muy feliz. 

-¿Y tuvo algún profesor que lo marcara?

-Por supuesto. Uno de los profesores que más me marcó fue el padre Javier Bravo, que es obispo emérito de Valparaíso. Fue mi profesor de Historia. Una persona muy grata, fue muy entretenido aprender Historia con él. 

También recuerdo al profesor de Música, Luis Vilches. Él dirigía el coro del colegio, que en ese momento se consideraba el mejor de los colegios particulares del país, y teníamos actuaciones en el Teatro Municipal, yo era parte de ese coro. 

Ahí comencé a amar más intensamente la música y a aprender a cantar. 

-¿Cuándo nace el amor por la medicina?

-Nace paralelamente. Mi papá trabajaba en un lugar donde había médicos que podían asistir a domicilio y teníamos un pediatra, el Dr. Simon. Este doctor era muy carismático y yo vi en él una figura muy atractiva, que podía acercarse a los niños con afecto, con sencillez y mejorarlos. Eso me marcó mucho y me dijo “yo quisiera ser como este doctor”. 

La presencia de un médico en la familia, sobre todo cuando existían médicos más cercanos, que iban recurrentemente, fue muy definitivo en mi vocación. 

-¿Cómo fue la etapa universitaria?

-Yo estudié dos carreras distintas. Primero Música, en la Facultad de Arte de la Universidad de Chile. Entré cuando estaba en lo que hoy día sería segundo medio. Yo era alumno de la Universidad de Chile y votaba en la FECH al mismo tiempo que era alumno en los Padres Franceses. 

Estudié Música. Cuando terminé el colegio estuve dos años dedicado al conservatorio y luego, con 20 años, entré a Medicina en la Católica. Tuve la suerte de estar en dos universidades muy importantes para el país en forma paralela durante toda mi vida universitaria. Me titulé de concertista el día que empezaba mi internado de Medicina. 

-¿Cómo fueron estas dos experiencias paralelas?

-Muy interesantes, porque son dos mundos distintos.

Primero, el estar en el mundo del arte, donde uno tiene una diversidad de personas, de orígenes, de talentos, con muchos instrumentos distintos, era muy apasionante. El ir a la biblioteca, donde estaba la colección de discos y oír una sonata de Beethoven, de Bach, eso era muy atractivo. Tener esa vivencia universitaria más allá de las clases. Había conciertos y para mí era muy entretenido disfrutar esa vida musical. 

Y, por otro lado, en Medicina, conocí a mi gran amor, María Ester Goldsack. Fuimos compañeros el primer día de clases, eso fue el 1 de marzo y ya el 13 de agosto estábamos pololeando. Fue una carrera muy bonita, muy entretenida. 

-¡Y se pueden hacer las dos carreras al mismo tiempo!

-Se puede, si uno se organiza mejor y tiene la voluntad de hacerlo. También eso te va templando el carácter, el ser capaz de tomar una idea y perseverar en ella, y eso fue lo que me pasó. 

¿Cuál sería el consejo para los alumnos? Que cuando uno tiene de niño una idea, esa idea puede continuar. Yo descubrí la música de niño, haciendo música en mi familia y cantando en el coro de mi colegio, descubrí la medicina por el medico que me trató, Dios puso en mi corazón la vocación. 

Mis compañeros me decían que no podía hacer las dos cosas, pero me di cuenta de que era posible, que se requieren muchas ganas y estar enamorado de lo que uno está haciendo. Y ambas cosas se potencian y se ayudan, increíblemente. 

-Y después de estudiar, ¿cuándo y cómo nace Coaniquem? 

-Cuando yo me recibí de médico, que fue el año 74, tuve la suerte de hacer mi formación en el Hospital Roberto del Río, donde contrataron a un grupo de seis doctores, todos de la Católica, para trabajar en cirugía pediátrica y hacer turnos en el servicio de urgencia. 

Me designaron en la unidad de plástica y quemados. Ahí operábamos fisura de labios, fisuras congénitas y tratamientos de los pacientes quemados, incluidas algunas reconstrucciones, que eran muy escasas, porque prácticamente no había espacio en el pabellón quirúrgico para hacer estas cirugías; así que también había un poco de frustración porque sabíamos que estos enfermos necesitaban un apoyo, pero no teníamos capacidades de resolverlo. 

Coaniquem nace como respuesta a aquello que no podíamos hacer en el sistema público, no había medios, éramos pocos, no había recursos, y en un momento surgió la idea de inventar algo diferente. Ahí surge la idea de crear esta entidad sin fines de lucro. 

-Usted habla del sello de Coaniquem, ¿cuál es?

-Primero se definió nunca cobrarle un peso a nadie, y hemos logrado atender a 150 mil personas sin nunca cobrar, en los 45 años que acabamos de cumplir. Segundo, atender con el mismo amor y cariño con que atendería a mi madre, a mi hermana. Y eso es parte de la esencia de esto, darse por entero. Y finalmente, ser capaz de compartir el sufrimiento, no decirle al niño que “no sufra”, sino que sufrir con él y enseñarle a sufrir. Es muy importante ese aspecto, porque cuando uno va descubriendo que el sufrimiento tiene un sentido -más aun desde la fe religiosa, que tiene un sentido corredentor al unirlo a Cristo-, la Medicina adquiere una dimensión enteramente distinta. Es algo que tiene una tremenda trascendencia. 

Y en cada persona que recibe esto, de alguna manera, se produce una transformación positiva. Ese sufrimiento es una realidad del ser humano. 

-Este año fue reconocido con el Premio Nacional de Medicina, ¿cómo recibe este galardón?

-Como hay que recibir todas las cosas: como un regalo de Dios. Al final, las cosas buenas son regalos de Dios; aunque también las malas, que a veces se ven tan negativas y Dios permite que pasen porque se va a sacar un bien. 

Adán comete el primer pecado, el pecado original que marca a toda la humanidad y, cuando viene Cristo, se canta en la vigilia pascual “o feliz culpa que nos mereció tal Redentor”, es decir, que las cosas resultaron mejor después de eso. Que solo Dios puede sacar cosas buenas de cosas malas. Entonces, tenemos que saber que somos invencibles como seres humanos. Lo malo es para que nosotros lo mejoremos, y también la gloria de Dios; y lo bueno, para la gloria de Dios. Yo lo pienso de esa manera. 

Lo más importante para los alumnos es que sepan que hay que servir siempre, más vale servir que ser servido, porque la alegría que uno siente cuando sirve es mayor que la alegría que recibe al ser servido. Y esta es una dinámica maravillosa. 

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