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Mar 2024 - Edición 280

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Julie Cabrera, directora académica del Ballet Folclórico de Chile. Una vida dedicada al baile y a su enseñanza

La actual directora académica del Ballet Folclórico de Chile, cuenta sobre su infancia, su paso por la educación salesiana, la que marcó su espiritualidad, y su objetivo como profesora de danza: “Quiero que los niños sean felices”, afirma.

Por: Paula Elizalde
Julie Cabrera, directora académica del Ballet Folclórico de Chile. Una vida dedicada al baile y a su enseñanza

Estudió en el colegio María Auxiliadora Laura Vicuña, el cual, en un comienzo era una escuela normalista. Julie recuerda cómo las alumnas que cursaban la especialidad técnica les enseñaban a las menores, pero luego los colegios se dividieron, y María Auxiliadora fue científico humanista. Fue a través de la educación salesiana que entendió la importancia de la entrega, del dar y compartir la felicidad con los demás. 

-¿Cómo fue su infancia y cuándo surge el interés por el baile?

-Mi infancia fue muy alegre, en compañía de una mamá y papá maravillosos y de tres hermanos varones. Yo soy la segunda de los cuatro, entré al colegio Salesianos, ya que mis papás creyeron que me iban a dar una buena educación, una educación cristiana. Siento que eligieron el mejor lugar para que yo pudiera tener un futuro como persona y profesional.

La danza nace en mí desde que creo tener uso de razón. Mis papás ponían música y yo bailaba, y al ver esto, me inscribieron en la actividad extraprogramática cuando entré al colegio. Pero, además, en el colegio había una monjita que fue la primera que me enseñó los pasos de danza, no de ballet, sino de rondas italianas y de otros bailes, y me empecé a dar cuenta de la pasión que me causaba esto. 

-¿Cuándo decides dedicarte al baile?

-Mi decisión por el baile fue muy casual en realidad, porque yo siempre lo tomé como un hobby, como algo que me llenaba el alma, pero yo quería una carrera universitaria. Cuando recién salí del colegio pensé que podía ser danza, pero esa carrera solo estaba en la Universidad de Chile y cuando egresé, se cerró, entonces opté por pedagogía. 

Cuando estaba en el colegio tomé clases en diferentes tipos de academias, porque yo quería aprender mucho más. Y cuando entré a estudiar pedagogía en la Universidad Católica, sentí la necesidad de hacer algo con la danza. En la misma universidad se dio un curso, que me permitió viajar a Brasil representando a la universidad, también a La Serena; era un taller extraprogramático, pero me di cuenta de que era parte importante de mi vida. 

Mientras yo tomaba estas clases, mi rendimiento académico era mucho mayor. Entonces entendí que podía hacer las dos cosas y antes de terminar la universidad, una profesora del Bafona me habló. Me contó que había dos vacantes, lo intenté y quedé entre las 90 chicas que postularon. 

Tuve excelentes compañeras en la universidad, quienes me ayudaron a terminar mi carrera. Cuando me titulé entré al Bafona y me dediqué a la danza. Pero la pedagogía fue de la mano, porque después me dieron el honor de que me hiciera cargo de formar un grupo de niños, ya en el Bafochi. Y ahí volqué todo lo que era la pedagogía más la danza. Luego quise especializarme y ser profesora, donde pude unir la pedagogía con la técnica. 

Hoy tengo 800 niños a mi cargo, casi un colegio. En Santiago solamente hay 500 y el resto está en diferentes regiones. Nuestro fin es poder darles las herramientas para que algún día estén en este elenco profesional que es Bafochi y, sobre todo, que tengan una bonita experiencia, que sean niños felices haciendo lo que les gusta, bailando y cantando, y que si algún día no siguen esta carrera, que sí sientan que el pasar por Bafochi fue una bonita experiencia. Mi gran objetivo es que sean niños felices. 

-¿Qué beneficios ves en el baile? ¿Por qué incentivarlo?

-Pienso que los beneficios que nos trae la danza son los mismos del deporte o de toda actividad física. Se generan emociones, sensibilidades, se activan ciertas glándulas que nos hacen ser personas más plenas y felices. Además, si lo tomas con profesionalismo, uno se vuelve una persona muy responsable y dedicada. A través de esto,  uno puede crear valores como la solidaridad y el compañerismo. 

Creo que es importante incentivar a que se pueden hacer las dos cosas: o lo tomas como profesional y te dedicas de lleno a esto, o puedes dedicarte a los estudios, pero darle un tiempo a la danza, a la música, al arte en forma de recreación, y eso te va a convertir en una persona más sensible, libre y sana. 

-¿Cómo ha sido liderar grupos de bailes de niños, jóvenes y adultos?

-Es tan bonito crear y liderar. Tenemos a niños que han llegado de pequeñitos, hemos desarrollado sus talentos y preocupado para que no dejen sus estudios. Como directora me sé el nombre de casi todos ellos; los recibo y les pregunto cómo están. Para mí, los niños y jóvenes no son cosas. Son personas de quienes uno debe preocuparse día a día, y también nos dan tremendas alegrías, es recíproco, uno también se alimenta de esa energía. 

-Más de 30 años tiene el Bafochi, el cual ha llegado a 50 países en los cinco continentes. ¿Cómo es la experiencia de exponer parte de las tradiciones y culturas de nuestro país a través del baile?

-El representar a nuestro país con nuestro folclor, con nuestro arte, nos hace sentirnos muy orgullosos, y yo sé que nuestros niños y jóvenes también lo sienten así y, por ende, sus familias y apoderados. 

La gente confía mucho en nosotros, este año cumplimos 30 años de academia y hasta aquí, gracias a Dios, hemos tenido solo buenas experiencias. 

Creo que, y se lo digo también a mis alumnos, uno debe buscar la felicidad sin pasar a llevar a nadie, porque si uno es feliz, eso se transmite, por lo tanto, uno es más amable, más acogedor con el entorno y la gente va a tener la confianza de escucharte. Eso lo aprendí de mis papás, de mi colegio María Auxiliadora Laura Vicuña, de compartir con mis amigos en el movimiento juvenil Salesianos, entregando a otros que tienen menos. Estoy convencida de que en este mundo uno puede hacer cosas simples para ayudar a los demás, y ser feliz. 

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