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Jun 2024 - Edición 283

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Entre el reloj y la brújula

“Lo más importante en la vida es que lo más importante sea lo más importante”, dice Stephen Covey. Y esta es una de las enseñanzas clave que todo buen educador debe transmitirles a sus estudiantes: el arte de aprender a aprovechar el tiempo.

Por: Luis Tesolat
Entre el reloj y la brújula

Luis Tesolat

El tiempo es aquello con el que todos contamos desde que nacemos, limitado y caduco –aunque nos afanemos por querer dominarlo–, imposible de poder ahorrarse, acumularse o prestarse, indispensable para vivir, emprender y educarse, insustituible, inexorable e incontrolable para todo ser humano. Por todo esto, más que en querer controlarlo –una lastimosa pérdida de tiempo–, se debe educar a las personas para que aprendan a administrarlo de modo que cada minuto de vida valga la pena ser vivido.

Enseñar a los estudiantes a aprovechar el tiempo es una tarea esencial y diaria de la que ningún educador debe sentirse exento: si el tiempo es agotable y la vida, única e irrepetible, cada minuto debe ser un continuo aprendizaje y mucho más dentro del colegio, desde el minuto en que el alumno entra hasta que sale llevando dentro la semilla de lo aprendido. 

He observado que, en algunas instituciones educativas, los directivos, tutores y docentes están más preocupados por el tiempo que los estudiantes pasan fuera del aula que por lo que hacen dentro de ella. 

La enseñanza de la buena utilización de tiempo es un arte que comienza con una clase bien preparada, en la cual el docente enseña y los alumnos aprenden a pensar, forman hábitos y criterios propios, toman nota, leen, participan, opinan, forman criterios morales acordes el ideario institucional y, además, adquieren contenidos útiles. 

Si los estudiantes se aburren, pierden el tiempo en clases y han perdido el encanto por aprender, no es tanto por la decadencia generacional o una especie de apatía desmoralizante, o los grandes conflictos de la humanidad –siempre los hubo y habrá–, sino porque las clases no están bien preparadas, tanto en lo racional como en lo emocional: son clases sin encanto y alejadas de los estudiantes. He estado en colegios donde los alumnos quieren que termine el recreo para regresar al aula a escuchar a sus docentes.

El arte de aprovechar el tiempo implica que todas las acciones de un colegio deben ser educativas, algo clave en toda educación integral. Decía Goethe que “nuestro deber es lo que reclama el día de hoy”, y estar preparados hoy es comenzar a estar listos mañana y pasado y pasado: el deber de hoy es ser mejores el día de mañana. Que no les suceda a los estudiantes aquello que les aconteció a las vírgenes necias que, según cuentan las escrituras, cuando se las requirió no estaban preparadas para servir porque vivían al día, no eran previsoras: malgastaron el tiempo no haciendo lo que debía hacer, no se prepararon. Es imposible saber qué pasará el día de mañana, pero sí podemos comenzar a adquirir hoy ciertos hábitos operativos buenos –virtudes– para estar bien parados en la cancha del mañana. 

El arte de aprovechar el tiempo se enseña en el hogar y en el colegio: apoderados y docentes son parte de un mismo equipo con idénticos objetivos. Por eso, la educación integral es también integradora de familias y colegio, y es en el seno familiar y en todas las actividades del colegio donde el hijo-alumno aprende a definir prioridades y a luchar con fortaleza y generosidad para adquirirlas. En este sentido, hay dos poderosas herramientas que, bien complementadas, ayudan a lograr los objetivos: el reloj y la brújula. 

EL RELOJ Y LA BRÚJULA 

El primero organiza el día a día, es decir, abarca la fidelidad al horario para saber el cuándo hacer, la exquisitez en el cumplimiento del plan de vida, el orden de los compromisos personales, familiares y de trabajo, como así también el tiempo de descanso que ronda en beneficio de la buena salud. 

Y la brújula, es decir, el norte, hace referencia a la misión, visión y valores, a la orientación y al destino que se le quiere dar a la vida. Quien organiza ordena su mente y despierta la pasión por aprovechar el tiempo, que es el único canal del que se dispone para lograr ser mejores.

El buen trabajo en equipo entre el reloj y la brújula sumado a la alianza estratégica de familia y colegio puede lograr resultados maravillosos, como, por ejemplo: todo lo que se hace contribuye a lo que es importante en la vida personal o laboral, se sueltan las ataduras del control que ejercen personas o situaciones en la vida personal, se disfruta de lo que se hace, hay más certezas y mayor orientación, el tiempo rinde más, la alegría siempre asoma, como así también la sensación de la misión cumplida. De esa manera evitamos que las personas caigan en esas dos trampas mortales que son fruto de la ruptura entre el reloj y la brújula: creer que el tiempo bien aprovechado consiste en trabajar más rápido o trabajar más rápido más horas.

Todo buen educador debe formar a las personas para que eviten los dos extremos viciosos del mal uso del tiempo: el vago –adicto a pasarla bien– y el trabajólico –adicto al trabajo–, que nada tienen que ver con el equilibrado sentido de la vida.

Por eso, los docentes deben enseñar la buena utilización del tiempo sabiendo que cada día tiene oportunidades únicas e irrepetibles. Para un alumno son tan educativos los tiempos que está en el hogar –comidas, viajes, descanso–, como aquellos en los que pasa en el colegio –dentro del aula, en los patios, haciendo deportes o en una salida extracurricular–, por ejemplo.

Gran parte de la frustración de las personas proviene de la experiencia de un desequilibrio interior y exterior. Por eso, es clave que todos los educadores enseñen a quienes les fueron confiados a descubrir el norte de la vida, ya que, quien lo descubre entenderá que todo tiene su tiempo, cada tiempo su afán y cada afán unos roles que se deben asumir desde los buenos hábitos que se aprenden con una sólida educación integral. Solo quienes entienden lo que significa aprovechar el tiempo y el sentido de la brújula, conocen el para qué de su esencia y disfrutan cada minuto de sus vidas. Como decía Abraham Lincoln: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. 

El arte de gestionar el tiempo

Primer nivel: todo se reduce a un constante listado de tareas, encargos y encargados. Enfoque a corto plazo.

Segundo nivel: constante uso de agendas con la finalidad de programar acontecimientos para lograr ciertos objetivos. Enfoque a mediano plazo.

Tercer nivel: se establecen prioridades, valores adecuados, actividades con acuerdos previos, metas personales y profesionales. Enfoque a largo plazo.

Cuarto nivel: más que programar y controlar el tiempo para lograr eficiencia se contemplan, sobre todo, oportunidades de establecer relaciones humanas ricas, generar vínculos y afectos, satisfacer necesidades, disfrutar de los pequeños momentos del día, generar buenas escuchas y conversaciones. Enfoque con calidad de vida.

 

El trabajo en equipo entre familia y escuela

* Dedicar tiempo a los hijos-alumnos es enseñarles a disfrutar del tiempo de la vida.
* Una buena tertulia familiar es tan importante como una buena clase.
* A veces hay que trabajar menos y estar más tiempo en casa con los hijos.
* Una clase bien preparada vale más que muchos momentos divertidos.
* La enseñanza de la virtud del orden ayuda a las personas a descubrir sus talentos personales.
* Aprovechar el tiempo no es tenerlo ocupado, sino hacer las cosas cada día con más amor.
* Educar para el ocio es tan importante como educar para el trabajo.
* Se educa con lo que se dice y se hace y con lo que no se dice y no se hace. 

 

BIBLIOGRAFÍA

El orden del tiempo, Carlo Rovelli.
El club de las 5 de la mañana, Robin Sharma.
Fundamentos de la gestión del tiempo, Jim Campbell.
El arte de gestionar el tiempo, Gustavo Piera.
El buen tiempo, Ricardo Cortines.
Educar en el ocio y el tiempo libre, Pablo Garrido Gil.
Educar para el tiempo de ocio, Universidad Popular de Zaragoza.

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