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Dic 2022 - Edición 269

La pertinencia de las especialidades técnico-profesionales

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Carlos Ingham, fundador de la Red de Alimentos

El presidente de la organización que desde 2010 ha recuperado más de 61 millones de kilos de productos comestibles y artículos de primera necesidad en el país, habla de la importancia de acercar a profesores y alumnos, las actividades extraprogramáticas y el desafío nutricional del país.

Por: Verónica Tagle
Carlos Ingham, fundador de la Red de Alimentos

Miembro del club de ajedrez, de la banda de gaita escocesa, del equipo de rugby y del club de teatro, Carlos Ingham aprovechó todas las actividades que le ofreció el colegio. “A mí me gustaba todo, yo no era el estudiante estrella y tampoco me interesaba serlo. Había demasiadas cosas que me atraían, entonces mi estudio fue lo necesario y suficiente, y me fue bien”, asegura el argentino fundador de la Red de Alimentos, una organización privada sin fines de lucro que creó el primer banco de alimentos de Chile en 2010. Es además miembro del directorio de la Universidad Santo Tomás y socio de Linzor Capital. Cuando se le pregunta qué hace en su tiempo libre, responde riendo “¡la Red de Alimentos!”, junto a una larga lista de pasatiempos deportivos, musicales y sociales. 

Calú, como muchos lo llaman, es exalumno del colegio St. Andrew’s Scots School de Buenos Aires, el segundo más antiguo del país. “Fue fundado por pastores presbiterianos en 1838. Era de cultura muy sajona, entonces estábamos tapados de deportes como rugby, críquet, fútbol, natación, y eso me divertía enormemente. Por otro lado, había muchas actividades culturales como ajedrez, cultura general y luego teatro”, dice.

-¿Qué te aportó el colegio para convertirte en quien eres hoy?

-Muchísimas cosas. Primero, disciplina. Debíamos cumplir con dos currículums distintos, uno para Argentina y el otro para Inglaterra, era como sacar dos colegios al mismo tiempo. Si a eso le sumas las actividades extracurriculares, tenías que aprender a organizarte. El colegio estimulaba mucho la curiosidad. La cultura era trabajo en equipo. Estábamos divididos en cuatro “casas” y competían entre ellas.

-¿Algún profesor que te haya marcado y por qué?

-En cuarto medio tuve un profesor de química muy bueno, Óscar. En esa época jugaba en el primer equipo de rugby del colegio y además hacía el curso para comenzar la universidad de noche. Viajaba entre el colegio, el entrenamiento y las clases. Él me apoyó muchísimo y no me molestó tanto con el ramo. Sabía que yo estaba haciendo un esfuerzo muy grande en un momento difícil. Demostró ser un profesor que entendía que había más para un alumno que simplemente pasar el ramo. 

-¿Algún “chascarro” escolar en particular que recuerdes?

-Nunca fui muy de hacer maldades, pero en primero medio nos dio por jugar con los extintores, de esos que no se podían prender y apagar, sino que al sacudirlos se abrían automáticamente. Éramos unos cuantos, pero ya sabes cómo funciona esto, el último que tiene el extintor en la mano se va preso (ríe) y ese fui yo. Pero no tenía problemas de conducta, entonces no fue tan grave.

Se acabó la desnutrición, pero no el hambre

-¿Cómo ves la situación alimentaria en Chile?

-En Chile no hay conciencia del hambre. La hubo por 15 minutos durante la pandemia y después se olvidaron del tema. Tenemos un problema cultural central. Cuando partí con la Red de Alimentos, la respuesta más típica era que en Chile no hay desnutrición. Cuando ves los índices de obesidad, la mayoría piensa que es porque los chilenos están comiendo demasiado, pero es al revés, es porque no hay seguridad alimentaria. Tienes una cultura de pan denso. La gente no cena, come poca fruta y verdura. A veces tenemos un montón de estos alimentos, y nos cuesta colocarlos en las fundaciones. No hay una cultura de comer sano.   

-¿Cómo comenzó el proyecto de la Red de Alimentos?

-Estaba en Argentina y fui a una cena del Banco de Alimentos. En ese momento era el presidente de JP Morgan, tenía buenos contactos en Chile y dije “esto en Chile lo armo en dos minutos”. Pasó de 2003 a 2010 para que el Servicio de Impuestos Internos permitiera la entrega de alimentos a entidades sin fines de lucro sin que fuera gasto rechazado. Después, tardamos otros ocho años en conseguir entregar pañales, desodorantes, cepillos de dientes, etc. Aprendí que existía ese problema, la necesidad ya sabía que estaba. Muchas empresas me dijeron que no al principio. Pero hoy hay 200. Me gustaba que este proyecto fuera escalable. Actualmente es sin duda la entidad con mayor cobertura geográfica que hay en el país. 

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