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Oct 2022 - Edición 267

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Joaquín García-Huidobro, Filósofo y columnista: “A veces, diez líneas de Aristóteles dan para una hora de clases”

Su buen rendimiento escolar fue el primer impulso para que el profesor de la Universidad de los Andes se dedicara a la filosofía.

Por: Verónica Tagle
Joaquín García-Huidobro,  Filósofo y columnista: “A veces, diez líneas de Aristóteles dan para una hora de clases”

Para Joaquín García-Huidobro, la tarea filosófica consiste en mantener la “edad del asombro” toda la vida. “Todos hemos sido testigos de esa etapa en que los niños empiezan a preguntar ¿por qué?: ‘¿por qué la Luna es redonda?’, ‘¿por qué el agua moja?’. Es la edad del asombro ante la maravilla de la existencia, el despertar de la razón”, explica el académico del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes. Destacado columnista político del diario El Mercurio, autor de 16 libros individuales sobre ética y filosofía política y seis en coautoría, habla sobre la importancia e inutilidad de esta disciplina. 

—Cuénteme sobre su formación. ¿Cómo se sintió atraído a la filosofía y desde qué edad? ¿Hubo algún libro, profesor o filósofo en específico que marcó un antes y un después en la dirección de su carrera?

—Mi acceso a la filosofía no fue muy digno. En tercero medio tuve un ramo nuevo, que se llamaba así, y en la primera prueba me saqué un 7. Ese hecho hizo que me gustara de inmediato. A eso se agregó después el descubrimiento paulatino de que tenía enfrente a un gran profesor (Nicolás de Prado, a quien lamentablemente le perdí la pista). Una lección: a veces —no siempre—, una buena nota puede ser un estímulo para estudiar más.

El primer filósofo que leí fue Platón, en una edición muy mala. También Josef Pieper (1904-1997) me ayudó a introducirme a la filosofía. Aristóteles me ha marcado y, en cuanto al modo de enfrentar la filosofía, me han influido muchísimo Fernando Inciarte (1929-2000) y Robert Spaemann (1927-2018).

—Semana a semana escribe columnas en las que analiza el acontecer nacional. Me imagino que ya tiene una rutina de trabajo establecida. ¿En qué consiste la preparación de cada una de ellas?

—El jueves en la tarde determino el tema y hago un esquema de lo que me gustaría decir. La escribo el viernes. Se la mando a un par de amigos, que siempre me hacen observaciones muy valiosas. Son mucho más jóvenes y perciben cosas que yo no veo (y al revés). Los conflictos generacionales son una tontería: si las distintas generaciones aprenden a trabajar juntas, el beneficio es enorme. El conflicto se produce cuando una o ambas partes no entienden esto. Una vez que recibo sus comentarios, corrijo la columna y la envío al diario.

“¿Qué le pido yo a la educación básica y media? Solo una cosa: que [los alumnos] aprendan a hablar, leer y escribir con corrección. Son pocos los casos en que esto se consigue”. 

—Con la pandemia ha vuelto a estar en el centro la pregunta antropológica por el sentido de nuestra existencia. ¿De qué manera contribuyen la literatura, la filosofía, las artes, al momento de intentar responder esa pregunta?

—Decía John Stuart Mill que “es preferible ser un Sócrates insatisfecho a un cerdo satisfecho”. Estas expresiones del espíritu humano han mostrado a lo largo de los siglos la sana insatisfacción de quien descubre o atisba que la vida es para algo. Sin embargo, hoy tenemos un problema, porque muchos en la filosofía, las artes o la literatura se dedican a convencernos de que la vida es absurda y nada tiene sentido. Y después se quejan de que las humanidades no sean valoradas.

—Filosofía para entender nuestro entorno. ¿Cómo ayudar a los jóvenes a comprender lo que está pasando (pandemia, guerra, cambios en Chile) y reducir la ansiedad mediante preguntas filosóficas?

—La filosofía es una disciplina modesta, no hay que pedirle la respuesta a todo ni constituye una suerte de solución universal. Pero es imprescindible, porque plantea las preguntas y, si se cultiva bien, ayuda a desarmar la arrogancia de quien piensa que lo sabe todo. Por supuesto que la filosofía también es más que eso, pero no hay que perder ese punto de partida. No faltan los que piensan que, porque se dedican a la filosofía, pueden despreciar la economía u otras disciplinas. Esa es una actitud muy poco filosófica.

—¿Qué consejos daría para orientar una conversación filosófica entre jóvenes?

—Creo que no hay diferencia entre la filosofía y el resto de las disciplinas. Me parece que el secreto de una buena clase es simple: los alumnos deben ver que el profesor quiere a su materia y que los quiere a ellos. La tendencia a entender la pedagogía como una ciencia y la tarea docente como un conjunto de técnicas destruye la tarea educativa, le quita el alma. Ese complejo de inferioridad frente a las disciplinas “duras” ha tenido consecuencias muy negativas para la educación.

“Hoy tenemos un problema, porque muchos en la filosofía, las artes o la literatura se dedican a convencernos de que la vida es absurda y nada tiene sentido. Y después se quejan de que las humanidades no sean valoradas”.

—Desde el punto de vista de la utilidad de la filosofía, ¿qué habilidades desarrollan los jóvenes al estudiar filosofía y humanidades en general?

—Lo primero que conviene dejar en claro es que la filosofía es inútil. A diferencia de otras actividades humanas, como la cocina, la carpintería o la agricultura (fui criado en el campo), ella no sirve para nada. Es muy importante que la gente entienda que hay cosas o actividades que valen por sí mismas. ¿Para qué sirve ver una puesta de sol o un cuadro de Van Gogh? Pensar que todas las cosas deben ser útiles para tener valor es aplicar a toda la realidad una racionalidad instrumental que resulta empobrecedora. En esto estamos de acuerdo aristotélicos y neomarxistas (Max Horkheimer). Por supuesto que las distintas disciplinas humanísticas ayudan en muchas cosas, pero eso no es lo central.

—¿Algún consejo para los estudiantes?

—¿Qué le pido yo a la educación básica y media? Solo una cosa: que aprendan a hablar, leer y escribir con corrección. Son pocos los casos en que esto se consigue. Y no culpo a los profesores: están tapados de burocracias ministeriales y otras tonterías que les impiden realizar su tarea. Las humanidades deberían ser una defensa contra la marea tecnocrática, que es el mayor obstáculo que enfrentamos en nuestra actividad educativa.

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