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Nov 2022 - Edición 268

La importancia de evaluar los aprendizajes

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Participación ciudadana: El ejemplo, el mejor modelo

Alejandro Navas, académico de Sociología de la Universidad de Navarra, nos recuerda que la educación para la ciudadanía debe ser consecuencia de los valores que se viven en la escuela y en las familias, y que el testimonio de los adultos es esencial.

Por: Luz Edwards
Participación ciudadana: El ejemplo, el mejor modelo

La experiencia de pandemia trizó muchas cosas. Y, a la vez, propició reflexiones y acciones que pueden enriquecer nuestras vidas. Una constante que se vio en el mundo son las iniciativas ciudadanas de toda escala para apoyar a las personas más vulnerables y para organizarse como vecinos para facilitarse la vida. 

“Es evidente que en momentos de crisis los grupos humanos –tanto los grupos pequeños como el conjunto de la sociedad– cierran filas y aúnan esfuerzos para afrontar las emergencias. Solemos ser muy buenos para lidiar con lo extraordinario, mientras que nos resulta más difícil mantener esa misma tensión en el día a día, en las circunstancias ordinarias. Como aquellos alumnos que descuidan el estudio durante gran parte del curso y hacen a última hora un esfuerzo extraordinario para preparar los exámenes finales. El reto es mantener esa tensión también en la vida ordinaria”, comenta Alejandro Navas, doctor en Filosofía y académico de Sociología en la Universidad de Navarra.

—¿Mantener una tensión o estado de alerta a las necesidades de la comunidad es parte de “ser ciudadano”?

—“Ser ciudadano” quiere decir, en mi opinión, cumplir las leyes y preocuparse por el bien común, por emplear un término clásico. Siguiendo a Kant, el buen ciudadano sabe que tiene el deber de obedecer la ley y el derecho a criticar con libertad y a aportar. Ambos, deber y derecho, son inseparables, y el auténtico ciudadano vive los dos.

—En Chile la educación de la ciudadanía forma parte del currículo escolar. ¿Cómo formar mejor cada vez en esta línea, desde la escuela y la familia?

—Sin duda es importante educar para la ciudadanía en la escuela, pero pienso que eso debe suceder también como efecto de la vida diaria. Advierto un peligro en la educación de hoy: ante los numerosos y graves problemas que afectan a nuestras sociedades, desde la crisis ecológica hasta el alcoholismo o la droga, pasando por la violencia o la polarización social, se alzan voces que propugnan llevar esos asuntos a la escuela, viendo en la educación la raíz de una posible solución. De esta forma, se sobrecarga el currículo escolar con todo tipo de “educaciones para”: para la paz, para la igualdad, para el consumo responsable, para la democracia, para el cuidado del medio ambiente, para la separación de las basuras y el reciclaje, etc. Considero muy importante que esos valores y virtudes se vivan en la escuela y en el hogar familiar y, como prolongación de ambos, en la calle. 

—¿Qué consejo puede dar para vivir estas virtudes ciudadanas?

—Más formativo que el discurso será el ejemplo que los adultos de referencia –los padres, los profesores– den a los niños y a los adolescentes. Los alumnos necesitan buenos ejemplos. Los adolescentes son muy malos para escuchar: no se enteran de lo que se les dice –en el hogar o en la escuela–, hay que repetirles las cosas, parecen ensimismados en su mundo y en sus pantallas. Pero son muy buenos para observar, a los padres y a los maestros especialmente. Y son unos jueces del comportamiento adulto tan certeros como implacables. Lo que educa moralmente es sobre todo el trato, la convivencia, que a la vez deberá ir acompañada y apuntalada por el discurso.

Lo veo, lo pienso, LO HAGO

Mucho es responsabilidad de los gobernantes o líderes, es cierto. Y corresponde reclamar para criticar cuando las medidas en algún área son insuficientes. Pero, en paralelo, hay muchas cosas que podemos hacer los ciudadanos comunes y corrientes para aportar a la comunidad en que vivimos.

Si cada persona –niños, adolescentes y adultos– tuviera el hábito de caminar con los ojos abiertos y de estar dispuesta a ayudar en lo que pueda, los problemas de la comunidad disminuirían. 

Aquí, algunas ideas para inspirar la visión de colaboración en lo sencillo del día a día. 

Jóvenes voluntarios para hacer compras y trámites durante la pandemia. Durante la etapa más cruda de la pandemia se supo de varias iniciativas como esta en España. Aquí, se trata del grupo Jóvenes Solidarios de Zamora que creó un número de WhatsApp al cual la comunidad podía pedir ayuda en compras o trámites.

Programas de acompañamiento a los adultos mayores de la provincia de La Coruña, España, en residenciales o en sus casas. Jóvenes y adultos que destinan entre 4 y 16 horas mensuales a acompañar como voluntariado, a través de alguna organización.

Un camino hacia la participación y el compromiso

Cuál es la meta

Que niños y adolescentes desarrollen capacidades para la vida y para la toma de decisiones que les permitan asumir cada vez más responsabilidades y el prever las consecuencias de sus actos.

Condición para lograrla

Conocer a cada niño y adolescente (hijos o alumnos) para saber de qué manera debemos comunicarnos con ellos de modo que comprendan los mensajes que queremos darles o los temas que se conversan. Solo así el niño o adolescente podrá irse formando y expresar su opinión y, a la larga, participar de forma efectiva de acuerdo con su edad y madurez en el mejoramiento de su entorno.

Visión enriquecida

Cuando se suma la visión de niños y adolescentes, llena de creatividad e idealismo, el plan puede quedar mejor. Y, además, provoca que los hijos y alumnos se involucren más, pues sienten que el proyecto les pertenece. De esta manera se fomenta su participación y compromiso: mediante el reconocimiento de su visión.

Ideas obtenidas del manual “Proceso de participación comunitaria con niñas, niños y adolescentes para el mejoramiento urbano” desarrollado por el gobierno de México a través de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, y la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes.

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