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Nov 2020 - Edición 246

Deserción escolar, todavía estamos a tiempo

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Liliana Cortés, directora ejecutiva de Fundación Súmate “En general, los colegios identifican a niños muy comprometidos y a otros que ya perdieron, pero el grupo que está en riesgo de desertar es muy invisible porque no tenemos el contexto social”.

La asistente social lleva ocho años al mando de esta fundación perteneciente al Hogar de Cristo que promueve la recuperación de trayectorias educativas, bienestar e inclusión social de niños, niñas y jóvenes que se encuentran fuera del sistema escolar. Lo hace a través de cinco escuelas de reingreso y programas de apoyo. En junio integró la mesa de expertos convocada por el Ministerio de Educación para abordar la deserción y fue elegida entre las 100 Mujeres Líderes 2020 de El Mercurio en la categoría “Social”.

Por: Verónica Tagle
Liliana Cortés, directora ejecutiva de Fundación Súmate “En general, los colegios identifican a niños muy comprometidos y a otros que ya perdieron, pero el grupo que está en riesgo de desertar es muy invisible porque no tenemos el contexto social”.

Para recuperar a los niños que han dejado el sistema escolar, cuenta Liliana Cortés, directora ejecutiva de Fundación Súmate, “la mejor experiencia es lo que llamamos ‘boca-oído’. Tener experiencias de reingreso que sean positivas, atractivas y que den cuenta de que es una posibilidad diferente. Les mostramos, con mucha paciencia y respeto, que se puede construir un vínculo positivo con la escuela y que el problema no era de él o ella, sino de los adultos con los que se fue relacionando antes”.

Explica que, en general, los jóvenes que han desertado no confían en ninguno de los adultos que han pasado por su vida “y por eso es que nos prueban, nos desafían y no creen que realmente los vamos a ir a buscar una, dos, cinco veces. Cuando superamos esa barrera de desconfianza, los jóvenes se quedan”.

—¿Cómo identificar a esos jóvenes que necesitan ser buscados?
—Es complejo, porque sabemos que hay 187 mil desertores, pero quiénes son es información que no es pública. La principal fuente es de boca-oído. Los jóvenes con los que trabajamos tienen amigos fuera del sistema. Por otra parte, a pesar de que no están en el mundo educativo, pertenecen a redes de apoyo social y también se puede llegar a ellos por ahí.

—¿Crees que la pandemia ha ayudado a que los colegios conozcan mejor a los estudiantes y el contexto en el que viven?
—Hay muchas cosas que han pasado este año que hay que aprovecharlas, porque pueden cambiar el sistema educativo. Estoy muy de acuerdo con que hoy hay más cercanía entre los colegios y sus alumnos. Antes existía una pared muy alta. Los colegios con buenos resultados tienden a ser como una burbuja, donde no se sabe mucho de la realidad en la que viven los alumnos y de la puerta para afuera es un mundo desconocido. Con el cierre de los colegios, esas barreras se han ido bajando. Ahora sí sabemos dónde están y el contexto en el que viven. Es muy importante sacarle provecho para generar un aprendizaje más contextual, más significativo. La priorización curricular también ha ayudado porque el profesor se da cuenta de que no tiene que pasar toda la materia y que hay otras cosas que se pueden hacer.

“Hay muchas cosas que han pasado este año que hay que aprovecharlas, porque pueden cambiar el sistema educativo. Estoy muy de acuerdo con que hoy existe más cercanía entre los colegios y sus alumnos”.

—¿A qué edad deserta la mayor cantidad de niños? ¿Cuáles son las razones?
—Existen tres momentos bien relevantes y distintos entre sí. El primero es entre sexto y séptimo básico, donde el principal elemento es la brecha de aprendizaje. El niño o niña empieza a no entender nada. Lee el pizarrón y no entiende y ahí baja el rendimiento y aumenta el ausentismo.

El segundo momento es entre octavo básico y primero medio. Cuando salen de básica y tienen que ir a un liceo, lo que produce un quiebre. Muchas familias eligen un colegio porque es bueno y no buscando que el alumno mantenga su grupo de pares; entonces, pierden amigos. Hay colegios que hacen un buen traspaso (casi todos pasan al mismo liceo) y eso permite una mayor permanencia.

El tercer momento es entre 3º y 4º medio y tiene que ver con la motivación. Ya no hace sentido el proceso de aprendizaje.
Las medidas que se tienen que tomar son distintas. En las primeras dos etapas, el apoyo de la familia es clave, mientras que en la tercera es el colegio el que tiene el mayor rol.

—¿Qué opinas del Sistema de Alerta Temprana? ¿Crees que el Ministerio de Educación está trabajando más por evitar la deserción?
—El SAT es una muy buena noticia porque permite visibilizar. Está orientado a levantar una conversación que está oculta. En general, los colegios tienen niños muy comprometidos y otros que ya perdieron, pero el grupo que está en riesgo de desertar es muy invisible porque no tenemos el contexto social. La alerta temprana te permite hacer buenas preguntas como ¿quién es el adulto significativo?, ¿está con su familia?, ¿hay alguien que lo motive? Al abrir esa conversación, se puede generar una red de apoyo para acceder a programas de ayuda social. La alerta temprana te dice que como establecimiento eres responsable de ese joven.

Un gran desafío es que esta lista no se transforme en niños problema, sino en cómo utilizar esta alerta para generar mejores procesos de aprendizaje.

 

—¿Qué diferencia hay entre sus escuelas de reinserción y el sistema tradicional? ¿Deberían todas las escuelas adoptar estos métodos de reinserción?
—Las escuelas de reingreso, como están pensadas para niños que ya salieron del sistema escolar, es más reparadora. Tenemos procesos de aceleración, un equipo psicosocial importante para reparar el daño causado. De lo que hacemos ahí, hay elementos que se pueden llevar a la escuela regular. Uno es no echarle la culpa al contexto del niño, sino proponer un plan de aprendizaje contextualizado y velar por que todos los niños estén disponibles para el aprendizaje.

Lo segundo, es que la escuela tiene que ser un espacio atractivo y de socialización. Atreverse a que los jóvenes opinen y tengan sentido de pertenencia en la escuela. Tienen que sentirse protagonistas, querer embellecer y opinar cómo mejorar el colegio. Un niño que no experimenta eso en una escuela de reingreso se va a ir.

Por último, el trabajo de los docentes con los equipos psicosociales. La formación docente carece de mayores habilidades en psicología del desarrollo, comprensión de las etapas de los niños y niñas, metodologías activas para aprendizajes basados en proyectos que hacen que sea más atractivo desde el aprendizaje. Esto es importante porque un chico puede tener talleres maravillosos, pero si está aburrido durante las clases y solo se queda para tener fútbol en la tarde, no sirve de nada. Cuando los niños están entretenidos, defienden los espacios.

—¿Cuál es tu balance de este año? ¿Lo positivo y lo negativo?
—Lo positivo es que hemos descubierto que se puede hacer una educación híbrida y hay que apuntar para allá, también hemos conocido mejor la realidad de donde vienen los niños por los que trabajo y eso es puro aprendizaje. Como deuda o desafío, hay que darle prioridad a la conectividad, ya no solo en los colegios, sino para cada niño en su hogar.

Comprometidos con estudiantes, docentes y apoderados

El Liceo Padre Alcuino de Malalhue, establecimiento que pertenece a la Red Educativa de la Fundación Irarrázaval y que se encuentra en la Región de Los Ríos, pudo otorgar tabletas y plan de internet a todos sus alumnos, repartió un kit escolar y canasta familiar, ofrece talleres extraprogramáticos por Zoom y entrega capacitaciones y flexibilidad a los docentes. Un apoyo integral a la comunidad escolar en tiempos de pandemia.

El Liceo Padre Alcuino tiene un Índice de Vulnerabilidad del 96,4% y combina zonas rurales y urbanas de las comunas de Lanco, Panguipulli y Mariquina. Mediante encuestas telefónicas a cada uno de los alumnos, han podido conocer la situación social, emocional, económica y tecnológica de las familias y generar estrategias para enfrentar cada una de las necesidades.

“Siempre fue importante no perder la comunicación con los estudiantes. Qué sentían y qué pasaba en cada casa, donde muchas veces no había para mantener la calefacción o alimentación todo el día, y eso nos causaba mucha preocupación”, explica Claudia Inostroza, directora del establecimiento.

Gracias a la Fundación Irarrázaval pudieron entregar tabletas y un plan de internet, una canasta familiar y un kit escolar a los 85 estudiantes del liceo e implementaron aulas virtuales y clases sincrónicas. A través de una encuesta por teléfono se pudieron identificar las necesidades de cada uno, desde qué compañía de teléfonos tenía la mejor señal a si tenían o no algún aparato para conectarse.

Además de las clases curriculares, se agregaron talleres por Zoom de baile entretenido, taller literario, música, aerobox y se organizaron charlas para la formación TP, para contrapesar el hecho de que los alumnos deberían estar en prácticas profesionales y visitas a empresas.

Claudia Inostroza explica que “tenemos solo dos casos puntuales, donde existen elementos familiares que escapan de lo que podríamos hacer y hemos logrado revertir algunas deserciones”. Agrega que un alumno que no se conecta tres veces, enciende las alarmas y sus apoderados son contactados desde inspectoría.


Bernardita Gatica es psicóloga y encargada de Convivencia Escolar del establecimiento y cuenta que además ha habido gran coordinación para apoyar a los alumnos de educación diferencial mediante reuniones semanales y sesiones de reforzamiento.

“Una apoderada nos dijo algo que podría resumir todo este proceso: Yo estoy feliz porque veo que mi hija se levanta contenta, se prepara, se peina, toma desayuno. Esto es lo que yo quería, que los días de mi hija tuvieran sentido”, recuerda Claudia.

Bernardita explica que es clave que estudiantes y docentes estén motivados. “Cuando los docentes están motivados, los estudiantes se dan cuenta. Hemos intentado apoyar lo máximo posible a través de charlas, capacitaciones, regalos sorpresa, flexibilidad en todo sentido, para disminuir los riesgos de estrés laboral”, agrega.

Vanessa Vega, jefe de UTP del Liceo Padre Alcuino ha visto a los docentes “muy motivados, desde el más al menos tecnológico. Si un profesor encuentra una buena estrategia, la comparte con el resto”. Claudia Inostroza agrega que “estamos muy orgullosos de nuestros docentes que han debido aprender casi a la par de los estudiantes. Lo han hecho muy bien. Por entusiasmo y esfuerzo no nos quedamos atrás. Todos proponen, dan ideas, todos se han sentido parte y hablan de ‘nosotros’, nunca en singular”.

Sobre qué balance le dan a esta pandemia, las tres coinciden en que ha sido una etapa de mucho aprendizaje, de trabajo en equipo y estrategias nuevas. También se pudo conocer a fondo a los estudiantes y ser más solidarios, y demostrarles a ellos que en lo malo y en la adversidad se tienen que sumar las ideas y sacar lo bueno.

 

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