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Oct 2020 - Edición 245

Educar en el cuidado del medio ambiente

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Pedro Morandé: ¿Ecología humana o ecología profunda?

Para este sociólogo y miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales el desafío “es cuidar los recursos que se agotan, pero también pensar en el desarrollo social y humano con una perspectiva de tiempo más amplia que la reactividad”.

Por: M. ester Roblero
Pedro Morandé: ¿Ecología humana o ecología profunda?

¿“Ecología humana” o “ecología profunda”? Parece un juego de palabras, pero en la década de los noventa Pedro Morandé Court, profesor emérito de Sociología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y recién confirmado (2020) como miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales por el Papa Francisco, marcó la diferencia en publicaciones y conferencias. Hoy en entrevista con revista Educar explica:

—Mi discurso de incorporación a la Academia en 1998 llevaba el título “¿Es posible la ecología humana?”. El concepto había sido acuñado por S.S. Juan Pablo II hacía muy poco tiempo. Quería prevenir sobre aquellos que pensaban que el ser humano era el causante de los desequilibrios ecológicos y que no se podían salvar simultáneamente la naturaleza y el ser humano. Algunos catalogaban esta ideología como “ecología profunda”. El Papa pensaba más bien que era un error antropológico de proporciones y no se podía dejar pasar. Los más extremistas de esta ideología pensaban que si no se controlaba el crecimiento humano, incluso con políticas antinatalistas agresivas como la esterilización y el aborto, la naturaleza tendría daños irreparables en su conservación.

Ecología Humana: un concepto que surge en los noventa

—¿Existen actualmente, también, diversos modos de entender el cuidado del medio ambiente?
—Persiste por cierto esta misma ideología. Pero se suman ahora quienes ven el problema con criterios tecnocráticos, poniendo el acento en la emisión de CO2, en el calentamiento global producido por los gases de efecto invernadero, en el uso de combustibles no renovables, en la matriz energética de los países, en los desiguales niveles de educación, entre otros factores. Pero al prescindir de un enfoque antropológico integrado se pierde de vista en qué consiste la responsabilidad social compartida, más allá de saber que todo ser humano es un agente de contaminación.

—El Papa Francisco ha dicho que “un verdadero planteamiento ecológico se convierte siempre en un planteamiento social, para integrar la justicia en las dimensiones socioambientales”. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?
—La novedad precisamente de la propuesta del Papa Francisco ha sido la integración de la preocupación ecológica en la tradicional Doctrina Social de la Iglesia desarrollada desde la Rerum Novarum de León XIII. Siendo la causa principal del problema ecológico, a juicio del Pontífice, las insuficiencias antropológicas de la cultura actual, es lógico pensar que tanto la actitud frente a la naturaleza como frente al ser humano y a la sociedad que ha construido se fundan en idénticas razones y debe actuarse ante ellas de manera unificada.

“La solidaridad intergeneracional no solo es la característica más importante de la vida en sociedad, sino que corresponde a la sociedad misma. ¿Qué otra cosa es lo que llamamos sociedad sino la interdependencia recíproca de varias generaciones en la existencia?”. Pedro Morandé.

De la ecología a la sustentabilidad

—En sus libros “Cultura y modernización” (1984) y “Los desafíos de la globalización” (1999), usted aborda tempranamente temas que hoy parecen urgentes. ¿En qué momento el progreso se vuelve un peligro para el ser humano?

—Personalmente no pienso que una época sea más peligrosa que otras. La novedad actual reside en el hecho de que las discusiones ideológicas del pasado, y pienso especialmente en los siglos XIX y XX, han sido sustituidas en el presente por la reconocida omnipresencia de la tecnología. Se trata de un salto evolutivo de proporciones. En primer lugar, porque homogeniza las discrepancias ideológicas y restituye la preocupación por la soberanía de las naciones. En segundo lugar, porque exige un nivel de preparación científica y técnica de quienes toman las decisiones que ya no puede sostenerse en individuos aislados, por geniales que sean, sino que necesitan la conformación de equipos especializados y subespecializados con alta competencia técnica. El peligro radica ahora en no estar a la altura de este desafío.

—En esa misma línea, para algunas personas el problema a resolver es el ser humano mismo y proponen como solución el control de la población. ¿Qué hay de verdad en ese argumento?
—Una cosa es resolver el problema humano mismo, en la complejidad de sus dimensiones antropológicas, y otra muy distinta es impedir que vengan nuevos seres humanos a la existencia, como planteó Hitler con su denominada “cuestión final” (Endlösung) o como han planteado los partidarios actuales de la “ecología profunda” con su idea de que ninguna especie puede imponerse sobre otra y que, consiguientemente, la especie humana es igual que cualquier otra. Pero, más allá del artilugio y del malabarismo discursivo ¿qué soluciona tal discusión? Nada. ¿Puede el azar conseguir automáticamente el equilibrio entre las especies o se requiere más bien de una sabiduría que solo el ser humano está en condiciones de poner en práctica?

—¿Qué opina del concepto “sustentabilidad”?
—Ciertamente el concepto de sustentabilidad es muy importante. No solo por la necesaria renovación de los recursos que se agotan, sino también por dar al desarrollo social y humano una perspectiva de tiempo más amplia que la reactividad espontánea de quienes se orientan solo por el corto plazo. Los educadores conocemos bien, por experiencia propia, el valor de la paciencia, de la perseverancia, del no dar nunca por terminada o concluida la experiencia educativa. La complejidad de la sociedad actual exige crecientemente la educación continua, el juzgar la educación no solo por los logros pasajeros del presente, sino por su apertura al continuo aprendizaje. Algo análogo podría pedirse a la estabilidad de las políticas públicas capaces de trascender los breves períodos de gobierno que impone el sistema democrático. La palabra sustentabilidad resume bien estas exigencias.

Calidad y sentido de la vida

—Últimamente, al hablar de cuidado del medio ambiente, se hace alusión a la “reciprocidad intergeneracional”, que los seres humanos del presente incorporen en sus propósitos el dejar un medio ambiente sano a sus descendientes. ¿Esto es nuevo o se nos había olvidado?
—La solidaridad intergeneracional no solo es la característica más importante de la vida en sociedad, sino que corresponde a la sociedad misma. ¿Qué otra cosa es lo que llamamos sociedad sino la interdependencia recíproca de varias generaciones en la existencia? Tal vez antes no se tenía suficiente conciencia de ella por la baja expectativa de años de vida al nacer, donde era frecuente conocer una sola generación distinta a la propia. Con las expectativas de vida actuales se está alcanzando la cifra de cinco generaciones simultáneamente en la existencia. Se diferenció primero la generación de los niños y párvulos anteriores a la adolescencia y la vida adulta. Después se desglosó la tercera edad en una cuarta y hasta quinta edad en que cada grupo etario busca su propio protagonismo. Seguramente esta diferenciación será todavía más extensa en el futuro. De cualquier modo, la interdependencia generacional es constitutiva de la sociedad ahora y también antes.

—¿Cómo entiende usted la calidad de vida?
—Son muchos los factores que entran en juego. El primero y más importante es la calidad de vida personal, el deseo de saber, de perfección de las virtudes, de contribución y ayuda a todas las personas que objetivamente están relacionadas entre sí. Pero la calidad se relaciona también con el cuidado del medio ambiente social y natural. Se requieren abundantes recursos naturales, pero también abundantes recursos sociales como seguridad en el empleo, equilibradas políticas habitacionales, seguridad en la circulación de personas y bienes, habitabilidad del entorno urbano, la educación de las nuevas generaciones y tantos otros factores que sería largo enumerar y analizar. En todo caso, la calidad no es un molde cerrado y paralizante, una suerte de algoritmo tecnocrático, sino una perspectiva intelectual abierta al enriquecimiento material y espiritual.

—En su libro “Ritual y palabra” (1979) usted analiza aspectos de la cultura y creencias de nuestros pueblos originarios latinoamericanos. En relación al medio ambiente, ¿qué nos aportan ellos?
—Los pueblos originarios como, en general, los pueblos anteriores a la revolución industrial y urbana, solían vincular sus simbolismos muy estrechamente con el entorno natural que habitaban. El culto a la madre tierra, que transformó después San Francisco en la hermana tierra, ha acompañado un sinnúmero de pueblos durante muchos siglos. Por una parte, representaban el carácter acogedor de la naturaleza que permitía levantar en medio de ella un hábitat humano. Pero representaban también el carácter terrible de la fuerza de los elementos frente a los cuales los humanos estaban desprotegidos. Si se miran ambos aspectos en conjunto, podría decirse que la naturaleza era un signo poderoso del misterio de la existencia que ofrecía oportunidades para vivir, pero que obligaba también al reconocimiento de la fragilidad de la vida que había que recibir con agradecimiento.

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