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Oct 2020 - Edición 245

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El malestar emocional y la comida

El estrés, el encierro y otras alteraciones en el diario vivir a causa de la pandemia han traído entre sus consecuencias cambios en los hábitos alimenticios de toda la familia. La psicóloga Marie Christine von Holt explica la importancia de generar rutinas saludables a la hora de comer en familia y de estar atentos al estado emocional de los hijos.

Por: M. Ester Roblero
El malestar emocional y la comida

Testimonios:

"Cuando mis hijos dejaron de ir al colegio y yo de salir a trabajar, empezamos a comer el doble. Debe ser por la ansiedad. Yo no soy vanidosa, pero me cuido por salud, sufro de várices y de dolor de espalda. Pero mis hijos me preocupan mucho. Mateo come y come, y como no hace deporte ahora, está muy gordo. Y la Tamara, todo lo contrario, no come nada en dos días y después se va con la fuente completa de tallarines a ver tele. No me gustaría ser de esas mamás que persiguen a sus hijas para que hagan dieta, pero me preocupa que tenga algún trastorno alimenticio”.

Elena, 42 años, madre de Mateo (13 años) y Tamara (16)

 

“El año pasado quiso dejar de comer carne porque es animalista. Hace mucho deporte. Tiene pesas y barras en su pieza. Le importa mucho su físico. Yo lo encuentro súper delgado. Pero él dice que se alimenta mejor que yo y que suple las proteínas”.

Alejandra, 47 años, tiene un hijo de 19 que es vegetariano.

 

Marie Christine von Holt, psicóloga clínica infantojuvenil, explica que “al estar en una situación de crisis o de estrés, es esperable que se activen mecanismos poco adaptativos, como es el comer de más, pero eso no significa que tengamos un trastorno alimentario. Cuando nos referimos a trastornos alimentarios, estos siempre van acompañados de componentes psicológicos y de un deterioro significativo a nivel emocional, social y físico”.

— En esta situación de cuarentenas y distanciamiento social, ¿existen más riesgos de que los adolescentes caigan en situaciones problemáticas con la comida?

Sí, existe un riesgo importante, ya que estamos frente a una situación extraña y estresante que puede llevar a manifestar malestar emocional y, como consecuencia, conductas problemáticas en torno a la alimentación. La ansiedad es una emoción que lleva a generar una respuesta, con el objetivo de enfrentar la situación percibida como amenazante. Entonces, al estar en una situación de crisis, como lo es una pandemia, es esperable que sintamos mayores niveles de ansiedad que lo común, lo cual se puede ver traducido en un malestar físico o emocional.

“Por otro lado, el estar mucho tiempo en casa, sin una rutina establecida, lleva a mayores momentos de aburrimiento, lo cual es un factor que puede desencadenar comer en exceso, tendiendo a hacerlo sin ser consciente de la sensación de saciedad; es decir, se come en ‘piloto automático’. Por esto es muy importante sentarse a comer, en vez de comer viendo televisión o el celular; así aumentamos la conexión con nuestro cuerpo y podemos parar cuando estamos satisfechos”, explica la psicóloga.

Ansiedad y hambre emocional

— Muchas veces oímos que se come más por ansiedad. ¿Es solo la ansiedad la que lleva a buscar compensación en la comida?

— La ansiedad se manifiesta a través de pensamientos (preocupación excesiva, pensamientos obsesivos, culpabilización, entre otros), a través de emociones (miedo, angustia, sensación de soledad, etc.), a través de sensaciones físicas (presión en el pecho, ritmo de corazón acelerado, sudoración, rigidez en el cuello y espalda, bruxismo, estreñimiento, entre otros) y a nivel de conductas. Muchas veces la ansiedad se presenta a nivel conductual a través de hábitos alimenticios poco saludables, como atracones, aumento o disminución del apetito, restricción alimentaria, entre otros. Nuevamente, esto puede ser una respuesta del organismo frente a una situación de estrés, lo cual puede conllevar a un malestar emocional o físico. Por esto es importante no juzgarse si uno siente ansiedad, tampoco luchar contra ella ni tratar de controlarla. Lo primero que hay que hacer es darle un lugar a la ansiedad; es decir, observar nuestros pensamientos, conductas y emociones e identificar cómo se manifiesta la ansiedad en nosotros.

— ¿Qué otras causas psicológicas existen tras estos “desórdenes” alimenticios?

— El comer de más tiene diferentes causas, puede que no se explique por ansiedad, sino que también vaya unido a sentimientos más en la línea depresiva, de pensamientos negativos hacia sí mismo: sentirse poco valioso, poco útil, por ejemplo. Frente a lo cual la persona comienza a usar la comida como un método de contención emocional, como una manera de “nutrirse” emocionalmente. Hay autores que hablan de hambre emocional; o sea, la persona no encuentra en sí misma o en el ambiente la contención emocional que necesita, por lo cual comienza a recurrir a la comida como una forma de sentirse contenida y de calmarse, lo cual es peligroso. Por eso es importante mantener las relaciones con otros, en estos momentos a nivel virtual, esto disminuye la sensación de aislamiento, de soledad, y nos provee espacios de contención.

— ¿Cómo afecta en la autoestima de los adolescentes un no sentirse a gusto con su cuerpo?
— Hay una presión extrema en los adolescentes, tanto mujeres como hombres, para tener el “cuerpo perfecto”, que se asocia con éxito, atracción, inteligencia y popularidad. La autoestima tiene diversas variantes, desde la valoración de la persona por su propio cuerpo hasta la valoración a nivel emocional y cognitivo. Si un adolescente se siente poco valorado, en términos sociales, por ejemplo, poco aceptado por sus pares, puede comenzar a intentar buscar la aprobación en el otro a partir de conductas de riesgo o poco sanas.

La importancia de las rutinas saludables

— ¿Qué papel juegan los padres en esto?

— Los padres juegan un rol esencial en ayudar a los hijos a tener hábitos alimenticios saludables. Se ha visto que niños que tienen padres que sufren o han sufrido trastornos alimenticios, son más propensos a desarrollarlos. Por otro lado, si nosotros como adultos no tenemos una relación sana con la comida (siempre hacemos dieta, hablamos de nuestro peso y de nuestra preocupación en torno a la alimentación y la imagen corporal), eso va a influir negativamente en la relación que tengan nuestros niños con la comida. ¡Los padres tienen que dar el ejemplo en torno a la alimentación, aunque sea muy difícil!

— ¿Cómo identificar en los hijos adolescentes una relación poco sana con los alimentos?

— Lo más efectivo es generar rutinas saludables a la hora de comer en familia y acercarse al hijo e interesarse por su estado emocional; estar disponible emocionalmente y preguntarle si tiene alguna preocupación. Si es así, validar la emoción: “entiendo que te sientas frustrado/ansioso/preocupado/impotente/nervioso” porque estamos en una situación de crisis, porque estás cansado de estar en casa, porque extrañas a tus amigos… y te quiero decir que estoy acá para ti”.

“Es muy importante sentarse a comer, en vez de comer viendo televisión o el celular; así aumentamos la conexión con nuestro cuerpo y podemos parar cuando estamos satisfechos”, explica Marie Christine von Holt.

Señales para consultar a un especialista en trastornos alimentarios:

“Hay algunas señales que nos pueden indicar que los adolescentes están teniendo una relación poco sana con los alimentos, desde cambios físicos hasta emocionales. Pero si un(a) hijo(a) ha perdido peso de manera significativa, inmediatamente consultar con un profesional que sea experto en trastornos alimenticios. Ahora, en época de cuarentena, se puede consultar a través de telemedicina”, señala Marie Christine von Holt.

Algunas señales son:

  • Cambios en el peso, disminución o aumento de peso.
  • Pérdida de peso o miedo excesivo a subir de peso.
  • Preocupación exagerada por la figura y el peso.
  • Interés exagerado en los alimentos: conteo de calorías, saltarse las comidas, entre otros.
  • Dietas sin un control de un nutriólogo.
  • Ciclos menstruales irregulares, que pueden llegar a la ausencia de la menstruación.
  • Ejercicio exagerado para perder peso.
  • Considerar si a lo anterior se suman cambios de ánimo, depresión, irritabilidad, aislamiento de los pares, negación a participar en actividades grupales.

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