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Oct 2019 - Edición 235

Aprendizajes en la era moderna

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En la prevención: Familia y Colegio son los factores de protección contra las adicciones

La fuerza de un testimonio, el aporte de la ciencia y el trabajo en colegios con adolescentes revelan, sin lugar a duda, que, en materia de adicciones, el trabajo en conjunto entre la familia y la escuela es sustancial.

Por: Marcela Muñoz Illanes
En la prevención: Familia y Colegio son los factores de protección contra las adicciones

“Al igual que muchos de los jóvenes de hoy, mi comienzo en el mundo de las drogas y alcohol fue una forma de evadir carencias, miedos e inseguridades personales creados desde muy pequeño. En mi caso, el principal detonante fue la timidez y la falta de capacidad para expresar mis sentimientos, sumado al constante recuerdo de la falta de una figura paterna, pese a los malos recuerdos de mi vida junto a él. A los 13 años de edad, en mi caso solo fue necesario revisar el velador de mi abuela y encontrar una caja de pastillas diazepam, la sensación de tranquilidad y placer momentáneo. Aquello creó en mí la necesidad de seguir consumiendo y conociendo diferentes tipos de droga. Comenzaba de ese modo también mi adicción al alcohol”.

Mario Oyarzún, Miembro de la Fundación Esperanza Previene.

Así empieza la historia de Mario Oyarzún, 48 años, un hombre como muchos de su edad, con deseos, aspiraciones y ganas de salir adelante que, de un momento a otro, se cayeron. Hoy Mario ya está rehabilitado y entrega su testimonio a jóvenes que, como le ocurrió a él, viven momentos difíciles. Cuenta que, “a medida que avanzaban los años, la necesidad de consumo aumentaba y ya no era un tema de evasión solamente, se fue convirtiendo en una necesidad física que me llevó incluso a consumir acetona, alcohol para las heridas, quitaesmalte y hasta vinagre en más de una ocasión”.

“Pese a las dificultades de la vida, siempre hay una salida, los problemas no son eternos y todos los tenemos. No necesitamos de nada externo para ser nosotros mismos, ni para sobresalir del resto, siempre existe un camino diferente y la droga o el alcohol nunca lo son”.

“Vivir en la calle creo que debe ser una de las peores cosas por las que puede pasar un ser humano, tener que aprender a llevar una vida de soledad interna, dolorosa, angustiante, donde tu único interés es despertar al día siguiente para seguir consumiendo. Comer incluso desde la basura, sin importar la lluvia, el frío que te llega hasta los huesos y al alma, que aumenta tus miedos internos y angustias hasta niveles de pensar en quitarte la vida para evitar el sufrimiento”.

Katia Gysling, profesora de la facultad de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Terminó en la Posta Central, donde fue desahuciado por los médicos debido a las enfermedades producidas por su consumo (pancreatitis aguda, coágulos en el hígado). Pero logró recuperarse físicamente, pasar por una internación y un duro proceso de rehabilitación. Volvió a nacer y comenzó a vivir nuevamente. Sus ganas de salir a flote lo hicieron recapacitar y buscar una razón por la cual vivir.
“Si algún mensaje puedo entregar a los más jóvenes, es que pese a las dificultades de la vida, siempre hay una salida, que los problemas no son eternos y que todos los tenemos. No necesitamos de nada externo para ser nosotros mismos, ni para sobresalir del resto, siempre existe un camino diferente y la droga o el alcohol nunca lo son, que las puertas de entrada a una adicción son muchas, pero para salir hay solo una y es muy pequeña, que son muy pocos los que se recuperan y que mi vida es un ejemplo de eso, que pese a sentirme una persona feliz, pasaron más de 35 años de penas y sufrimientos, para darme cuenta de eso. Hoy, desde mi lugar en la Fundación Esperanza Previene, lucho día a día por mantenerme de pie, por entregar mi experiencia de vida, para que por lo menos una persona tenga esperanzas y, si lo consigo, sabré que nuestra lucha no fue en vano”, dice Mario quien participó como relator en el seminario “Prevención del consumo de drogas, alcohol y otras adiciones en contextos escolares” organizado por la Fundación Irarrázaval que congregó a cerca de 70 profesores y otros profesionales de la Red de colegios de la Fundación.

“El cerebro adolescente es más sensible que el de los adultos a que se generen cambios permanentes debido a la exposición a estímulos estresantes y drogas adictivas, que lleven a la adicción y a otros trastornos mentales”.


Casos como el de Mario nos llaman a reflexionar sobre qué factores son los que están desencadenando el que los jóvenes adquieran adicciones no saludables en el mundo de hoy. “El problema es que hoy existe una infinidad de variables, todas interrelacionadas. Lo primero es la falta de solidez familiar, el desamor y el abandono al que a veces están sometidos los niños. El individualismo actual en conjunto con el consumismo que desconcierta a los niños y hace que busquen salidas y apoyos fáciles”, advierte la académica y directora del Área de Servicios y Estudios Sociales de la Universidad de los Andes, Claudia Tarud.

Lo anterior, dice la experta de la Uandes, “en conjunto con problemas psicológicos de debilidad en la personalidad, pertenencia a grupos que tienen malos hábitos o tribus que reemplazan lo que la familia no provee. Además, hoy hay una socialización del alcohol, incluso del consumo de marihuana que, entre algunos jóvenes, no se percibe como malo”.

Por otro lado, la competitividad y el exitismo, “que hace que los niños nunca estén satisfechos con sus logros. Hay falta de compañerismo y de solidaridad, de valoración de la diferencia en que las personas no se sienten acogidas y valoradas y caen en consumo de sustancias como una manera de ser parte del grupo, de evadir el fracaso percibido, de paliar la falta de amor, de pertenencia, de identidad”, recalca Tarud.

El cerebro del “adolescente”

Claudia Tarud, Académica del Área de Servicios y Estudios Sociales de Universidad de los Andes.

En el tema de las drogas es crucial entender, cuenta la doctora Katia Gysling, profesora de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que “el cerebro adolescente es un cerebro ‘increíble’, como lo ha calificado el doctor Giedd (“The Amazing Teen Brain”, Scientific American), y permite que los jóvenes se independicen como personas, siendo más osados y curiosos”. Sin embargo, advierte Katia, “el cerebro adolescente es más sensible que el de los adultos a que se generen cambios permanentes debido a la exposición a estímulos estresantes y a drogas adictivas como el alcohol y otras, que lleven a la adicción o a otros trastornos mentales”.

“Se previene el consumo cuando los padres están presentes en la vida de sus hijos amorosamente (ternura y firmeza) y los hijos saben que son amados por ellos”.

Por ello, en el tema de la prevención, “lo primero es que los adultos traten a los adolescentes como ‘adultos emergentes’ y no como niños, reconociendo sus capacidades e intereses. Los adultos deben compartir con los adolescentes e incentivarlos a hacer deportes, a convivir con sus pares y a desarrollar actividades entretenidas”, señala la doctora de la PUC.

Explica que en los colegios “se debiesen buscar las formas que promuevan el aprendizaje en forma entretenida, en un ambiente social de respeto que reconozca las diferentes personalidades, intereses y capacidades de cada individuo. A algunos les gusta y les es más fácil cantar, a otros les atrae más leer o dibujar, etc. La evidencia muestra que el cerebro adolescente es muy sensible a los estímulos estresantes, por lo cual se deben generar estrategias de aprendizaje motivadoras y adecuadas, respetando a cada individuo”, explica Katia.

En ese sentido, para la doctora, es importante que los jóvenes conozcan qué se sabe del cerebro y cómo se puede evitar dañarlo. “Esto se debiera lograr aumentando la enseñanza de la biología del cerebro y su relación con nuestras conductas, desde la enseñanza básica. Los adolescentes deben recibir la información sobre los efectos nocivos para la salud que conlleva el consumo de drogas adictivas. La información que reciben debe basarse en la evidencia científica que explica cómo generan dicho daño”.

Pero, además, advierte la profesora de la PUC, la interacción social armónica es fundamental para el bienestar de los adolescentes. “Los adolescentes son muy sensibles a la opinión de sus pares, la que influye significativamente en la toma de decisiones y en las conductas que adoptan. Por lo tanto, un ambiente grato y de respeto en el colegio es fundamental para protegerlos del consumo de drogas adictivas”.

El apoyo de la familia

La familia pasa a ser un apoyo clave. Explica Claudia Tarud que “es la primera comunidad de acogida de una persona, donde el amor es incondicional. El primer apoyo de una familia para prevenir las conductas de riesgo es que cada miembro de esa familia crezca sabiendo que es querido por lo que es, de manera incondicional. Sobre esa base, la familia educa, siembra hábitos que pueden favorecer el desarrollo sano de los niños. Se previene el consumo cuando los padres están presentes en la vida de sus hijos amorosamente (ternura y firmeza) y los hijos saben que son amados por ellos. El hijo que se sabe querido se duele de causar dolor en sus padres, eso lo protege de las conductas de riesgo”.

Carolina Pérez, gerente general de Esperanza Previene.

En la práctica, indica la académica, “tener identidad familiar, instancias que fomentan la vida de familia y la pertenencia. Tener sueños familiares, y trabajar por lograrlos en conjunto son factores que previenen. Conocer a los amigos de los hijos, acogerlos en la familia, involucrarse siempre vale la pena. Todas estas ideas fomentan las relaciones y los vínculos familiares. Mientras más profundos son los vínculos, mientras mayor es el sentido de pertenencia e identidad, más protección y prevención de consumo de alcohol y drogas”.

 

“Debiese generarse una legislación acorde a las sugerencias de la ONU, que instan a proteger, evitar y retrasar el acceso y uso de sustancias lícitas e ilícitas a menores de 18 años”.



Por otro lado, “trabajar con adolescentes el tema de prevención es menos difícil de lo que se podría pensar, debido a que ellos no temen hablar de lo que piensan y lo que sienten; es más, por características propias de la edad, están ávidos de discutir aquello en lo que creen”, explica Carolina Pérez Fierro, gerente general de Fundación Esperanza Previene.
El desafío, eso sí, es cómo abordar un tema que no les es muy agradable conversar, sobre el que están aburridos del discurso y la charla unidireccional tradicional. “Una forma efectiva de abordarlo es a través de métodos no tradicionales, libres de prejuicios, horizontales y empáticos que, dependiendo de los objetivos buscados, serán orientados de manera lúdica o reflexiva. La idea es lograr sensibilizarlos, que reconozcan el consumo de alcohol y de otras drogas como conducta de riesgo; las motivaciones tras el consumo y sus consecuencias más allá de lo meramente biológico, sino como una conducta que pone en juego sus sueños y proyectos de vida”, señalan desde Esperanza Previene.

Asimismo –un punto clave–, otra forma de abordarlo es desde la promoción de los factores protectores, “como el deporte, el arte y los estudios que posibiliten aumentar sus herramientas y estrategias de autocuidado y de afrontar las situaciones de presión al consumo a las que sabemos se verán expuestos. Sin lugar a dudas, el trabajo permanente y fortalecedor con la familia como principal factor protector, en lo cual entidades como la nuestra, establecimientos educacionales, el Estado y la sociedad en general, debemos comprometernos e involucrarnos activamente”, indica Carolina Pérez Fierro.

Además del trabajo en conjunto entre la familia y la escuela, existen estrategias de autocuidado, “afrontamiento, promoción de una buena autoestima, educación, deporte, arte, límites y normas claras, comunicación constante, espacios seguros y contenedores y, por supuesto, acciones preventivas tempranas y permanentes en el tiempo, que siempre vale la pena tener en cuenta y considerar”, señalan desde la entidad.

El factor escuela como protector

Aseguran en Fundación Esperanza Previene que la escuela debe ser un elemento protector, desde el entendido base de que los estudiantes pasan gran parte de su tiempo en ella, tiene el tiempo y espacio para influir positivamente en sus vidas desde muy pequeños. Por ello, se insta a que cada miembro de la comunidad escolar se entienda y transforme en un agente activo aliado en la prevención del consumo de alcohol y otras drogas y de otras conductas de riesgo que pongan en juego la vida de nuestros estudiantes. Esto debiese considerar que la prevención sea un eje central del PEI, visible en el Manual de Convivencia, en el Plan de Gestión Escolar y transversalmente en el currículum oculto, generándose desde ahí un plan preventivo sistemático y a largo plazo, desde el nivel preescolar, que incorpore a todos los estamentos.

Explica Carolina Pérez que a los adolescentes “se les entregan principalmente orientaciones que apunten a fortalecer conductas de autocuidado y decisiones conscientes, responsables e informadas, pues sabemos que la droga y el consumo no desaparecerán, por lo que debemos apuntar a fortalecer sus estrategias de afrontamiento, idealmente, desde muy pequeños, con una postura preventiva más que reactiva y que, además, refuerza transversalmente frente a todo tipo de conductas de riesgo. Es invitarlos a que se pregunten constantemente: ¿Vale la pena?”.

¿Alcohol?

• La ingesta de alcohol induce mayor efecto reforzante en los adolescentes que en los adultos y menores efectos negativos (pérdida de control motor, etc.).
•El inicio temprano del consumo de alcohol aumenta la probabilidad de alcoholismo a lo largo de la vida.
• El consumo de dosis altas de alcohol puede provocar daño neurológico.

 

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