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Dic 2020 - Edición 247

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El impacto del profesor en el aprendizaje

Aunque el profesor quiera “enseñar”, solamente si el alumno consigue establecer conexiones entre la información y sus intereses o motivaciones, se producirá el aprendizaje y su cerebro cambiará. En consecuencia –dice Sergio Mora, profesor de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile–, es fundamental que los docentes conozcan lo que sucede en el cerebro y entiendan el importante rol que juegan las emociones.

Por: Marcela Paz Muñoz Illanes
El impacto del profesor en el aprendizaje

Son los profesores quienes poseen la facultad de ayudar a que sus alumnos sean inteligentes emocionalmente. “El miedo, la ira, la tristeza, la ansiedad, son normales y necesarios para nuestra supervivencia; sin embargo, son negativos cuando impiden a los estudiantes tomar decisiones o solucionar problemas, cuando los paralizan e impiden hacer lo que les gusta”, señala Sergio Mora (SM), experto en neurociencias y aprendizaje.

 

Por esta razón es importante enseñar a los alumnos a transformar las emociones negativas en positivas. De hecho, reconoce Amanda Céspedes (AC), destacada neuropsiquiatra infantil, la labor de los docentes es crucial en ese aspecto. “Los docentes deben intentar crear un aula de seguridad emocional, en la cual exista una comunicación afectiva y efectiva entre profesor y alumnos; para que se resuelvan de modo adecuado los conflictos y exista una sólida corriente vincular. Los niños llegan a menudo muy cargados de miedo, de rabia, de pena, y en un ambiente acogedor pueden relajarse”.  

 

—¿De qué manera los profesores ayudan a evitar que las emociones negativas bloqueen el cerebro de sus alumnos?

 

—(SM) Deberíamos esperar que cada profesor sea un buen gestor de sus propias emociones y de las emociones de sus alumnos, que genere un ambiente en que las emociones negativas se transformen en positivas, donde impere la seguridad y la confianza. Debe tratar de proporcionar un ambiente que despierte un estado de alerta relajado, que permita que la motivación fluya espontáneamente, planteando desafíos o problemas que los alumnos puedan resolver y que se sientan gratificados por ello.

 

Para transformar las emociones en aprendizajes significativos, lo primero es hacer que el niño tome conciencia de sus emociones negativas, que identifique cada una de ellas y reconozca el daño que le pueden hacer. El docente debería hablar con sus estudiantes para compartir sus emociones y enseñarles cómo controlarlas, lo cual requiere también entenderlas ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué tiemblo o sudo cuando tengo que hablar en voz alta en el aula? ¿Por qué me bloqueo en un examen oral?

 

Es importante enseñar al niño que no hay razón para que las emociones lo paralicen o le impidan hacer lo que deseen, que hay que combatirlas y no dejar que lo dominen. En resumen, se trata de educarlo emocionalmente.

 

—Entonces, ¿sin la capacidad del cerebro para cambiar en respuesta a la experiencia, la educación no sería posible?

  • (SM)La respuesta es sencilla: si nuestro cerebro careciera de plasticidad, es decir, si no fuera capaz de modificarse a sí mismo como consecuencia de la experiencia, generar nuevas conexiones entre las neuronas, no solo la educación no sería posible, tampoco sería factible la vida misma porque no podríamos adaptarnos a los cambios ambientales y moriríamos.

 

La neuroplasticidad –cuenta el profesor de la Universidad de Chile– es indispensable para el aprendizaje y aprendemos para sobrevivir. Es sorprendente cómo el aprendizaje provoca profundos cambios en el cerebro del niño, que le permiten seguir aprendiendo. “Un ejemplo claro de ello es el aprendizaje de la lectura, el cambio más evidente que experimenta el cerebro de los niños. Aprender a leer permite que un grupo de neuronas de la corteza visual se recicle y adquiera la capacidad de reconocer letras. La plasticidad nos acompaña durante toda nuestra vida, por eso nunca dejamos de aprender y educarnos”.

 

—(AC) Nuestro cerebro tiene gran capacidad para formar redes neuronales nuevas toda la vida, pero los primeros 15 a 20 años hacemos redes que van a servir de plataforma para las nuevas redes que haremos a lo largo de la vida. Un ejemplo es la lectura: si llego a los 20 años sin vocabulario, con un pobre dominio de la sintaxis, es muy improbable que me transforme en un lector apasionado. Cambiar el cerebro es hacer redes y redes sin cesar, modificando las ya existentes, pero debe haber redes preexistentes, y ellas se hacen antes de cumplir los 20 a 25 años.

 

—Durante ese aprendizaje, ¿es mejor evitar los ambientes estresados?

—(SM) Consideramos al estrés como una respuesta normal y necesaria de nuestro cuerpo frente a un desafío o amenaza. Es necesario porque nos impulsa o motiva a la acción, activa nuestros sentidos y nuestra atención, permite desarrollar una respuesta adaptativa, desarrollar un plan o buscar la solución de un problema. Por esta razón, el estrés normal o moderado es indispensable para el aprendizaje.

 

Sin embargo, cuando el estrés es intenso o se prolonga en el tiempo, llegando a ser crónico, las consecuencias sobre el aprendizaje son negativas. El estrés anormal o patológico genera un exceso de cortisol, que en estas condiciones afecta el funcionamiento del sistema límbico, en particular el hipocampo, el cual sufre atrofia por muerte neuronal, y ello acarrea un importante daño en el aprendizaje y la memoria. El estrés patológico lleva, además, a alteraciones emocionales, como la ansiedad y la depresión, que afectan también el aprendizaje.

 

Según Sergio Mora, “sin liberación de dopamina no hay aprendizaje de ningún tipo. Pero, ¿cuándo se libera? Frente a una experiencia que tiene valor emocional o que vale la pena ser aprendida porque satisface una necesidad, motivación o deseo”.

—(AC) En condiciones de percepción constante de amenaza, el niño se siente en indefensión y su cerebro libera sustancias relacionadas con el miedo que dañan estructuras clave para la memoria e impiden formar redes sólidas. El ejemplo más dramático es el de un niño abandonado al nacer o gravemente vulnerado los primeros meses de la vida. En ese niño, el cortisol (hormona del miedo) arrasa con las conexiones que vienen listas y que van a ser la plataforma de las que irá formando a medida que va creciendo. El resultado es una grave dificultad para aprender en lo académico, social, emocional.

 

—Actualmente se habla de la importancia de la dopamina en el aprendizaje, ¿por qué es tan fundamental?

  • (SM) Sin liberación de dopamina no hay aprendizaje de ningún tipo. Tan sencillo como eso. Este importante neurotransmisor se libera en el sistema límbico y la corteza prefrontal, implicados en la generación y el control de las emociones respectivamente.

 

La dopamina está relacionada con el control de la atención ejecutiva (voluntaria) y el aprendizaje motivado por la obtención de una recompensa. Se libera frente a una experiencia que tiene valor emocional o que vale la pena ser aprendida porque satisface una necesidad, motivación o deseo. Además, frente a una clave sensorial, se libera para evocar un recuerdo o conocimiento almacenado en la memoria y aplicarlo en la solución de un problema.

 

—(AC) La dopamina ejerce numerosas funciones sobre diversas áreas cerebrales relacionadas con el aprendizaje. Su acción provoca entusiasmo, motivación, curiosidad. También incrementa el foco atencional, facilita el pensamiento divergente, la planificación del tiempo, el fijarse objetivos, la organización mental. Todas estas habilidades permiten aprender de manera sólida y efectiva. Entonces, ¿cómo facilitar la liberación de dopamina en el cerebro de los alumnos? Suscitando interés y curiosidad; invitando a indagar; con buen humor, con actividades lúdicas.

Amanda Céspedes: "El cerebro tiene gran capacidad para formar redes neuronales nuevas toda la vida, pero los primeros 15 a 20 años son fundamentales para la elaboración de futuros aprendizajes".

 

—Se señala que los profesores son los orquestadores de la plasticidad neuronal de sus estudiantes en el aula. ¿Por qué?

  • (SM) Estoy completamente de acuerdo. Según James Zull, autor del libro “Changing the brain”, enseñar es el arte de cambiar el cerebro o, al menos, proporcionar las condiciones para que se produzca el cambio. La plasticidad del cerebro permite que se produzca el aprendizaje, transformando la experiencia en conocimiento, a través de la formación de nuevas conexiones sinápticas. Aprender es establecer conexiones y recordar permite mantener esas conexiones vivas. Por mucho que el profesor quiera “enseñar”, solo si el alumno consigue establecer conexiones entre la información y sus intereses, deseos, necesidades o motivaciones, se producirá el aprendizaje y su cerebro cambiará. En consecuencia, es fundamental que el profesor conozca lo que pasa en el cerebro del alumno cuando aprende, entender el importante rol que juegan las emociones en este proceso y procurar que sus alumnos quieran aprender. Si ellos no le encuentran sentido a lo que pretendemos enseñarles, no se activará ninguna emoción y nuestra labor será estéril.

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