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Nov 2020 - Edición 246

Deserción escolar, todavía estamos a tiempo

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“Para mí, el humor siempre fue una suerte de catarsis”

Jajá Calderón, humorista chileno reconocido por su larga trayectoria y sus imitaciones, llamó la atención en febrero pasado, en la Quinta Vergara. Quisimos compartir junto a él sus años y memorias de escolar.

Por: Marcela Paz Muñoz Illanes
“Para mí, el humor siempre fue una suerte de catarsis”

Jajá Calderón, humorista chileno reconocido por su larga trayectoria y sus imitaciones, llamó la atención en febrero pasado, en la Quinta Vergara. Quisimos compartir junto a él sus años y memorias de escolar.

 

Recuerda que ese día entró nervioso al escenario, se le notaba en su voz. Pero a los pocos minutos logró silenciar la Quinta Vergara y con respeto fueron aplaudidos los primeros chistes del comediante. Recibió Gaviota de Plata.

 

—¿Cómo recuerdas tu etapa escolar?

—La enseñanza básica la  recuerdo con mucho cariño. Era una escuelita de campo al interior de Curicó (fundo Requingua), en Sagrada Familia. Mi madre en ese colegio era la auxiliar de alimentación y, por lo tanto, sentía que su presencia allí era la extensión de lo que sucedía en mi casa en términos de protección. Recuerdo días de mucho sacrificio, pues éramos muy pobres; pero de una enseñanza tremenda en el tiempo en términos de solidaridad. Mi madre solía decir: “Las cosas son de quien las necesita”. Y es algo que me quedó como enseñanza de por vida. 

Luego, tuve que emigrar a la ciudad (Curicó) para continuar mis estudios, mi madre me pagaba pensión... Era el Liceo de Hombres Luis Cruz Martínez, de donde tengo gratos recuerdos. Eran los tiempos en que al inicio de las actividades de cada semana había un acto de bienvenida a los compañeros, yo era el locutor oficial de aquel acto.

 

—¿Empezaron así sus imitaciones?

—Recuerdo que imitaba al rector del Colegio y él me autorizaba para que las últimas palabras de la bienvenida, las realizara con su voz. En eventos me he encontrado con compañeros de curso y volvemos a revivir aquella etapa maravillosa.

 

—¿Qué maestro o materia recuerda?

—Sin duda, mi primer profesor y quien me enseñó las primeras letras, a leer. Todavía recuerdo su nombre, Juan Barahona Leighton, sus clases eran de mucha interacción: nos hacía leer un libro y luego venía la representación de lo que habíamos leído. Daba gusto estar en sus clases, me encantaba todo lo que involucrara lectura; en ese tiempo se llamaba el ramo de Castellano, hoy Lenguaje.

 

—¿Siempre le gustó el humor?

—Para mí el humor siempre fue una suerte de catarsis. Intentaba usar el humor como una máscara que me iba a permitir ser parte de la alegría de los otros alumnos en el colegio; inventaba adivinanzas, hacía poemas graciosos. Eso me colocaba en un sitial distinto al resto de mis compañeros, me permitía ser más apreciado por mis compañeras de curso. 

Pero, sin duda, esa capacidad de dar otra visión de las cosas viene de mi madre. Siempre recuerdo que en una ocasión viajamos a Curicó desde el campo –yo tenía unos siete años–, estábamos en una panadería en los momentos en que comienza a pasar un cortejo fúnebre, empiezan a cerrar la panadería como señal de respeto. Le pregunté a mi madre el porqué cerraban la panadería, me dice al oído: “Es para que al muerto no le dé hambre”.

—Sus amigos cuentan que tiene una anécdota con su docente de Castellano…

—La que más recuerdo fue en segundo medio, con mi profesora de Castellano, Patricia Lattaiat, la imitaba a la perfección. En una ocasión en que ella quedó embarazada, comenzó a ausentarse con frecuencia a sus clases. Entonces, yo tomé el rol de “profesora de Castellano” y era muy entretenido pues nos reíamos todos los del curso y además aprendían... hasta que un día alguien le comenta lo de mi “performance”. Cuando vuelve a aparecer, recuerdo, tuve que irme a su pupitre y ella al mío... y si no aceptaba, me iba suspendido, debía hacer la clase tal como lo haría ella. Personalidad no me faltaba, pero como mis compañeros se rieron de aquello, igual terminé en inspectoría. 

 

—¿En su tiempo libre, qué hace?

—Me encanta el contacto con la gente, ir a las ferias libres, buscar con quien tomar un café en el centro o en cualquier lugar y hablar de la vida; desde ahí siempre logro algo interesante para luego llevar a la rutina. Además, me gusta cocinar, las pancutras y las cremas de verduras naturales son mi especialidad. 

 

—Último libro o película que leyó…

—Estoy leyendo un libro que habla sobre los perros pues mi próximo espectáculo está referido a la labor que ha cumplido en la historia esta mascota; de hecho, el show se llama “Mi perro y yo” (que no nos gane la rabia). Me apasiona la historia y, por lo tanto, siempre ando buscando algo que en ese género me pueda seducir. 

De ver películas, la verdad es que no soy muy adepto a eso. Es difícil que me atrape una película, me gusta leer pues desde allí voy construyendo mi propio escenario de lo que estoy leyendo. 

¿De dónde saco mis rutinas? Me levanto con los oídos muy abiertos y los ojos muy despiertos para poder captar todo lo que me entrega el día. Y poder disfrutar actos, comportamientos, conductas de todo aquello que me rodea para luego plasmarlo en un escenario. Solo así, creo, se logra la complicidad con el público al sentirse interpretado de lo que le sucede a diario. Nace la empatía con el intérprete. 

 

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