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Hoy en día la escuela debería poner foco no solo en lo que aprenden sus alumnos, sino también en el cómo aprenden, logrando que lo hagan con los dos hemisferios; es decir, con todo el cerebro. Décadas atrás el aprendizaje estaba centrado en lo meramente cognitivo, con modelos y estrategias que desfilaban desde el constructivismo al conductismo, dejando de lado, quizás, factores tan importantes hoy, como lo son las emociones y las diversas sensibilidades que presentan y afectan a nuestros alumnos.
La evidencia neurobiológica explicita que el aprendizaje en sí, junto a la memoria y a la atención, está directamente influenciado y teñido por el pensamiento emocional, sumado a la necesidad de desarrollar —como dice Amanda Céspedes—, una educación centrada más en la comprensión de fenómenos y procesos, que en la memorización de ellos.
Sumado a lo anterior, qué importante resulta tratar de inculcar buenos hábitos en nuestros alumnos, como son la solidaridad, la alegría, la puntualidad, la honestidad, el trabajo bien hecho, entre otros; que van en directa relación a facilitar en los niños el afianzamiento de buenos modelos de aprendizaje perdurables en el tiempo.
De ahí, la prioridad que debemos tener los profesores de educar y formar alumnos en un sano equilibrio entre los saberes propios de la asignatura, la formación del carácter y de la voluntad; con el fin de que se puedan desarrollar como buenos ciudadanos; en definitiva, como personas de bien.
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