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May 2026 - Edición 302

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La historia del hermano de Papelucho

Lo más probable es que Ester Huneeus, más conocida como Marcela Paz, se haya inspirado en su propio hijo, Francisco Claro, ex decano de Educación de la Universidad Católica, para darle vida y forma a algunas de las aventuras del famoso Papelucho por todos conocidas.

Por: Marcela Paz Muñoz Illanes

Fue travieso cuando niño, hizo diabluras y recuerda con cariño cómo su madre definía su fuente más íntima de inspiración: “Papelucho soy yo”. De sus años de niñez, su afición por la lectura y la importancia de reforzar la educación inicial, se confesó Francisco Claro, docente e investigador de la Universidad Católica de Chile. Lo que muchos desconocen es que es hijo de Ester Huneeus, premio Nacional de Literatura 1982, famosa por su serie de cuentos infantiles Papelucho.

¿Cómo fue su paso por el colegio?

—Lo recuerdo como un “deber de Estado”, como se decía en mi época, una obligación que no se podía cuestionar. Obligación, porque en mi casa lo pasaba muy bien y me faltaba tiempo para mis aficiones. En enseñanza media tuve dormitorio solo y parte de ese espacio lo ocupaba una mesa de carpintero donde hacía mis proyectos. También estudiaba piano y me interesaba por la música y la física, sin relación alguna con el colegio. En ese largo tiempo dcomo escolar, supongo que que aprendí cosas básicas como sumar, escribir sin faltas de ortografía y desde luego algunos valores. Pero lo que más aprecio de ese periodo son los amigos que hice, esos compañeros de curso que veía todos los días y con los cuales conservo una amistad y lealtad que siempre me sorprenden.

¿Cuál es y era su relación con la lectura?

—Me fascinaba la lectura, pero algo falló en mi educación que leía solo ocasionalmente y no vorazmente como lo hacía un hermano. Quizás me faltó un profesor que me estimulara, un papá o un tío que me llevara a la librería el día sábado para comprarme un libro.

¿Qué similitudes tiene con Papelucho?

—Papelucho es un niño de ocho años y yo ya no lo soy. Cuando niño, claro, tenía una mentalidad como la de Papelucho: me gustaban los inventos, se me ocurrían cosas insólitas y peligrosas, no entendía a los mayores, me daban pena los retos injustos… Pero eso es lo que les pasa a todos los niños y la gracia de Papelucho es capturar ese mundo tan universal.

¿Era travieso cuando niño, como Papelucho?

—Sí, y también como Papelucho con la mejor de las intenciones. Una vez hice una raya larga con un lápiz en una pared muy visible, y cuando me di cuenta —o alguien me lo advirtió— que eso no se hace, la borré con una escofina. Quedó una raya profunda en el muro, claro, pero para mi ingenua tranquilidad ¡la marca del lápiz había desaparecido! ¿Te imaginas el reto que me habrá llegado?

¿Cuál era su ramo preferido en el colegio?

—Cuando chico me encantaba el dibujo y, más grande, las matemáticas y la filosofía. Pero ojo, mis aficiones domésticas eran otras.

¿A qué profesores todavía recuerda de su niñez?

—Uy, me acuerdo de tantos que me marcaron de una u otra forma, a los que evoco con mucho cariño. Quizás debiera mencionar a la señorita Pilar, que entraba de repente a las clases para contarnos una fábula. No era joven y se sentaba adelante para sumergirnos hábilmente en un mundo de fantasía que siempre tenía una sabia moraleja al final.

¿Fue la inspiración de su madre? ¿Por qué?

—Mi madre describió de la mejor manera el origen de su inspiración cuando alguna vez declaró: “Papelucho soy yo”. No dudo que se inspiró también en muchos niños, hijos, primos, amigos, observando su comportamiento y anotando quizás las anécdotas. Pero ella, junto con la fascinación por escribir, tenía una imaginación prodigiosa y se le ocurrían en lo cotidiano todo tipo de cosas ingeniosas, incluso tecnológicas. Siendo viuda, arreglaba todo en la casa y recuerdo que cuando entre miles de cosas hizo esmalte sobre cobre, el horno para cocer los objetos lo construyó ella misma a partir de una caja metálica de galletas y una resistencia de plancha.

¿Cree que se ha perdido el amor y gusto por la lectura?

—No acostumbro mirar el presente con nostalgia del pasado, especialmente cuando éste no está bien documentado. ¿Cómo comparas lo que ocurría hace 30 años con lo que pasa ahora? Creo que el amor por la lectura es posible hoy día tanto como antes, porque la literatura es un universo de una riqueza humana inmensa y eso no cambia. El problema es entrar a ese mundo, es mostrárselo a los niños de forma que lo aprecien y frecuenten. A todos nos cuesta el inicio de un libro, pero al poco rato ya no lo podemos dejar. ¿Cómo lograr que ellos tengan esa experiencia y la valoren? Hoy, con la existencia de los juegos virtuales y la televisión, es un magno desafío para las familias en primer lugar, y el colegio en segundo lugar. Pero se puede, estoy seguro.

¿Por qué es clave reforzar la educación inicial?

—Si por educación inicial te refieres a los primeros años del niño, no me cabe duda que la plasticidad del cerebro en ese periodo es máxima. Es el momento en que se incorpora el lenguaje, se aprende a contar, se tararean los primeros cantos. Desde hace siglos se sabe que para formar un buen músico el aprendizaje debe comenzar temprano, a los 4 años en el caso de los instrumentistas. Algo similar ocurre con otras habilidades adquiridas, como por ejemplo las matemáticas o el ajedrez. El comportamiento social también se beneficia de una educación temprana, aun cuando en este caso el cerebro se endurece más tardíamente. Pienso que la búsqueda de la equidad debiera comenzar por asegurar una buena educación parvularia para todos los niños de Chile. Me angustia percatarme que este objetivo se posterga y posterga, quizás porque los más chicos no salen a la calle a protestar…

 

En pocas palabras:

1. Educación inicial: llave a la equidad social.

2. Profesores: ejercen la profesión más importante.

3. Lectura: la mejor compañía para toda la vida.

4. Papelucho: cada uno de nosotros, cuando chico.

 

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