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May 2026 - Edición 302

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¿Inmigración a la intemperie?

Por: Carlos Henríquez Secretario ejecutivo de la Agencia de Calidad de la Educación.

Cuando hablamos de inmigración, el debate se ha centrado en cuántos extranjeros hay en el país. Una discusión, en algunos casos, sin mucha sensibilidad con ese otro, el migrante, ya que miramos con suspicacia a ese nuevo vecino sin ascendencia local. No se trata de una simple defensa a la inmigración, sino de comprender cómo es vivir fuera de la “zona de confort” de la lengua, el acento y el paisaje común.

Es urgente resolver y evitar situaciones de irregularidad, de esa forma impediremos la exposición de los niños y sus familias a una completa vulnerabilidad. Asimismo, salvaguardar en todo momento las necesidades básicas, dentro de las cuales se encuentra la educación de estos menores extranjeros, independiente sea su caso particular. 

Recordemos que el Estado ha ratificado la Convención de los Derechos Humanos y la Convención de los Derechos del Niño. En ese sentido, el Ministerio de Educación ha dado un paso importante al reemplazar el Rut100 por el Identificador Provisorio Escolar (IPE). Esta medida permitirá mayor inclusión en los colegios de los menores sin visa ni residencia definitiva. Un camino pronto, tal vez, de la obtención de un Run definitivo, es decir, de la igualdad de oportunidades para todos los niños en el territorio nacional.

La inclusión escolar se compone de al menos tres elementos básicos: la presencia, la participación y el aprendizaje. Desde que se publicó la circular N° 1.179 (2005) del ministro Bitar, todos los niños extranjeros tienen derecho a acceder a un establecimiento educativo. Esto implica la posibilidad de estar matriculado y tener una vacante en la escuela. Y ahora, un avance más en su inserción escolar.

¿Cómo hacemos para construir la equidad en la diversidad? Abordar desde los currículos el enfoque de los derechos humanos es otro paso. Mientras no se comprenda e incorpore en nuestros actos que todos nacemos libres e iguales en dignidad y con los mismos derechos, independiente de la nacionalidad, y sobre todo de su condición migratoria, los demás progresos no tienen sentido.

La interculturalidad como enfoque nos permite entender cuáles son nuestras diferencias y semejanzas, y lo más importante: genera espacios de interacción e identificación. Pero, lamentablemente, la mirada hacia la migración más desaventajada pasa por el filtro de los estereotipos de una discriminación racial, como si el color oscuro de piel cegara a “ese nosotros”, el chileno, de todo raciocinio, como cuando se relaciona la delincuencia con los extranjeros. Un juicio, por lo demás, bastante lejos de la realidad y de los datos. Dicho lo anterior, son pertinentes las palabras de Felipe Berríos en una entrevista: “A los europeos los llamamos extranjeros y a los latinos, inmigrantes”. Directo.

En cuanto a cómo seguimos avanzando. Tenemos una Ley de Inclusión en marcha, en el marco de una Reforma Educacional. El primer peldaño, no lo olvidemos, en el que todos los estudiantes tienen igualdad de oportunidades. Aquí no caben las exclusiones en cuanto al origen, lo étnico-racial o las creencias religiosas. Hoy tenemos la riqueza cultural que nuestros estudiantes tienen acceso a conocer a otros niños de distintas nacionalidades, una opción que antiguamente solo se vivía en los colegios de élite.

Valorar al otro no se aprende solo declamando ni relevando conocimientos, sino con el vivir la experiencia de estar con personas distintas. Por tanto, el colegio es un espacio fundamental para crear instancias de diversidad, tolerancia y convivencia; vale decir, aprendizaje del otro.

La educación es la forma en que las sociedades traspasan a los nuevos miembros su conciencia moral que hace posible vivir en colectividad y evita esa percepción de estar a la intemperie. En este contexto, ¿dejamos a los extranjeros y sobre todo a sus hijos en ese desamparo? La respuesta es, claramente, no.

 

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