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Jun 2026 - Edición 303

Convivencia escolar: Del conflicto a la formación

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Vinculo v/s pantallas ¿quién gana?

Por: Sebastián Errázuriz A. Pdte. Red Preventiva.
Vinculo v/s pantallas ¿quién gana?

Nunca antes adultos y adolescentes habían estado en mundos tan distintos. En tan solo unos años, las redes sociales y los smartphones transformaron la vida cotidiana de las casas y escuelas. Esta realidad nos deja —a madres, padres y docentes— en una posición incómoda. Muchas veces debemos educar a prueba y error, bajo la sospecha de que aquello que antes funcionaba, hoy puede quedar obsoleto. No es raro vernos recordando con nostalgia el juego libre en el barrio o la plaza, mientras observamos a nuestros estudiantes encerrados en una realidad mediada por smartphones. La pregunta, entonces, no es menor. ¿Cómo nos formamos en un mundo donde un aparato que cabe en la mano parece poder hacerlo todo?

No es novedad que el smartphone ya está instalado entre niños y adolescentes. Para graficarlo, en Red Preventiva imaginamos una sala de 30 estudiantes. En ella, 27 tendrían smartphone propio desde los 9 años (Fundación VTR, 2019), 29 utilizarían redes sociales (Rebolledo et al., 2025 F. Red Prventiva) y 15 pasarían más de tres horas diarias en ocio digital (ELPI, 2024). El mundo digital abrió oportunidades, pero también riesgos difíciles de manejar, como pornografía, adicciones comportamentales, fraudes, ciberacoso y violencia digital. Por ejemplo, en esa misma sala 6 de ellos habrían sufrido ciberacoso. Y el riesgo no se queda ahí. Si quisieran, muchos adolescentes podrían montar un casino en su propia habitación.

A diferencia de la prevención del consumo de alcohol y drogas, donde la abstinencia aparece como el camino más claro, el mundo digital presenta una dificultad mayor. Hoy habitar lo digital es necesario para estudiar, trabajar, informarse y, especialmente en la adolescencia, pertenecer. Al mismo tiempo, diversos estudios advierten sus efectos en la salud física, mental y social. El problema también está en aquello que empieza a quedar fuera. Cuando un estudiante pasa horas frente al smartphone: se mueve, juega, conversa, se aburre y se encuentra menos. Ese tiempo es fundamental para un desarrollo saludable. Hoy, un 70% de los niños no cumple con la actividad física recomendada por la OMS y más de un 25% presenta malos hábitos de sueño (Senda, 2025), lo que afecta el desempeño escolar y la vida cotidiana.

Nuestro estudio “Pantallas que Atrapan” (Rebolledo et al., 2025) muestra una prevalencia cercana al 11% de uso de plataformas de apuestas online entre adolescentes de 12 a 18 años. Se trata de plataformas que no son legales para menores en nuestro país y cuyo uso supera incluso al consumo de marihuana. Estamos acercando precozmente a los estudiantes al riesgo de la ludopatía desde el mismo dispositivo con el que estudian, conversan y se entretienen. El escenario preocupa más cuando solo en 5 de cada 10 hogares existen horarios y límites para conectarse (Fundación VTR, 2024).

A esto se suma una preocupación más profunda. Según la prueba PISA (OCDE, 2023), 1 de cada 4 estudiantes no desarrolla sentido de pertenencia con su escuela, 3 de cada 5 reportan dificultades para comunicarse con sus padres y 1 de cada 4 se siente solo. Frente a esto, conviene decirlo con claridad: El vínculo requiere tiempo y presencia. No se construye solo con conexión, sino con relación. Sin vínculo, no sorprende que 1 de cada 3 niños, niñas y adolescentes en Chile se sienta un fracaso.

Paradojalmente, el mejor aprendizaje para educar en un contexto hipermoderno puede ser volver a lo básico. Volver al vínculo y a lo real. Los estudiantes necesitan juego libre, conversación, habilidades socioemocionales y presencia adulta. Ninguna pantalla reemplaza a una comunidad que cuida. Una buena clase que motive, actividades interdisciplinarias en equipo o una salida escolar bien estructurada pueden marcar la diferencia.

El desafío es acordar cómo fortalecer el vínculo entre estudiantes, con sus pares, la escuela y las personas significativas de su vida. La prevención digital más que la prohibición debe ayudarnos a recuperar tiempo, presencia y sentido de pertenencia.

Repetiría menos el «menos»: Cuando un estudiante pasa horas frente al smartphone, pierde tiempo para moverse, jugar, conversar y encontrarse con otros.

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