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Abr 2021 - Edición 250

Innovar, ¿Por qué no?

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Saber es simplificar

Se afirma, como algo revolucionario, que hoy no hay restricciones de propiedad intelectual para acceder, por ejemplo, a los materiales y guías que se emplean en un determinado curso en el MIT, Harvard u otras universidades de alto nivel. Ciertamente es algo extraordinario que un profesor en Chile —o en cualquier parte— pueda, antes de dar su clase, conocer los materiales o guías que usa un Premio Nobel u otro buen profesor que enseña la misma materia. ¿Queda con esto eximido de preparar su clase? Desde luego que no; muy por el contrario, esto le significará seguramente una mayor exigencia.

Desde la perspectiva del alumno, cualquiera de ellos podría —debiera— hacer lo mismo que el docente; esto es, conocer lo que se enseña respecto de un mismo tema en cualquier otra universidad, y anticiparse a su profesor. Esto en Chile sabemos que ocurre poco, y bien nos haría estimularlo más. En niveles más básicos de enseñanza en cierto sentido ya ocurre: los “nativos digitales” son personas que “piensan y procesan la información de forma fundamentalmente distinta” y se anticipan; todos somos testigos de cómo los niños y jóvenes navegan a diario, investigan. El resultado práctico, se afirma, es que hay mayor disposición en estos niveles a aprender por sí mismos, a enseñarse entre ellos, a dejarse llevar con libertad en aquello que los apasiona; que, esencialmente, por esta vía se adquieren nuevas habilidades para moverse en el mundo de la información y el conocimiento. Lo cual representa cada vez más un mayor desafío para el profesor y para cualquier educador.

La tendencia en el mundo en relación con las competencias que debe adquirir un estudiante, especialmente en la educación superior, se ha ido concentrando y también homogeneizando. Los colleges, bachilleratos, cursos de formación general, majors, minors, entre otros, dan cuenta de esta tendencia concentradora, que ha venido a corregir una dispersión que se volvió perversa como consecuencia de modas en las que se extremó la flexibilidad curricular y la oferta de “saberes”, o cursos variados que contribuían a dicha dispersión. La tendencia a la homogeneización, por su parte, está asociada a la caída de las fronteras —por ejemplo, en Europa con la creación de la CEE— y al afán por lograr equivalencias similares al caso de la moneda, que implicó la introducción del euro; que lo que se enseñe en Italia bajo el nombre de Antropología sea lo mismo que se enseñe en España, y así en toda la Comunidad y en todas las materias.

En consecuencia, tenemos, por un lado, acceso abierto a materiales, guías, contenidos en general, y, por otro, vemos que los alumnos son cada vez más hábiles; en tercer lugar, somos testigos de una concentración y homogeneización del saber que se enseña.

¿Qué consecuencia podemos sacar de todo esto? Una fundamental: afirmar la importancia que adquiere en nuestro tiempo, o que vuelve a adquirir, una buena formación teórica o básica; esto es, una formación que permita al alumno aprender de manera tal que pueda aprender por sí mismo y poder así seguir aprendiendo. En concreto, lo que se ha de dar al alumno es una buena educación o formación básica. Dicho de manera simple, y quizá provocativa, aunque es de Perogrullo, hoy adquiere cada vez más importancia aprender mejor química que química aplicada, o aprender mejor ética que ética profesional. Concentrar más que dispersar. Éste es el desafío para quienes se ocupan de enseñar. El aprendizaje en estas como en otras materias esenciales se concentra cada vez más en menos asignaturas; más en sus dimensiones teóricas, básicas; en los saberes que, sea cual fuere la disciplina de que se trate, bien sabidos permiten seguir aprendiendo, e ir superando la obsolescencia a que los conocimientos o competencias más específicas están expuestos casi a diario. Y los saberes aplicados, sea la química o la ética, es un hecho que se aprenden mejor en la práctica, en el mundo laboral, sin perjuicio de la educación continua que ellos requieren.

Entre muchos otros atributos que el gran Aristóteles reconoció en el verdadero sabio, uno relevante es la capacidad de ordenar. Sería ésta una característica diferenciadora, un constitutivo esencial suyo, según el filósofo. Para ordenar, no obstante, hace falta algo “anterior”, que es el criterio: se ordena en función —o en virtud— de un criterio; esto es, en última instancia, de un fin, y supone una cierta capacidad de discernir bien los medios. El infinito mundo que internet nos ofrece para explorar puede llegar a ser muy hostil si en él no se vive con buen criterio, con buena educación. Nuestra Gabriela Mistral expresó esto de manera insuperable: “Simplificar. Saber es simplificar sin restar esencia”. Éste es el mayor desafío en la educación: enseñar, o aprender, lo que se tiene que saber o aprender: aquellas cosas que de verdad dan forma, que forman nuestra inteligencia.

Autor: Aníbal Vial E.

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