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Sep 2020 - Edición 244

Tecnologías ¿De enemigas a aliadas?

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La necesidad de crear ambientes sanos para el aprendizaje

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Investigaciones recientes revelan que el desarrollo cognitivo de los niños puede verse afectado negativamente por ambientes caracterizados por el estrés social, mental y económico. En Chile, ambientes seguros y protegidos, retroalimentación docente y liderazgo directivo son tres factores internos de los establecimientos que se asocian a mejoras de hasta 76 puntos en el Simce.

Por Marcela Paz Muñoz I. 

Espacios seguros y protegidos, retroalimentación docente y liderazgo directivo son tres factores internos de los establecimientos que se asocian a mejoras de hasta 76 puntos en el Simce, según señaló por la prensa el secretario ejecutivo de la Agencia de Calidad de la Educación, Carlos Henríquez, en la última entrega de los resultados de ese indicador.

De hecho, la evidencia internacional “sugiere que el desarrollo infantil puede ser fuertemente afectado por ambientes caracterizados por el estrés social, mental y económico”, explica Sergio Urzúa, académico e investigador de la Universidad de Maryland (Estados Unidos). 

Estudios —experimentales y observaciones— más recientes en los Estados Unidos han demostrado, por ejemplo, “que niños que se mudan de barrios caracterizados por altos niveles de pobreza alcanzan mejores indicadores académicos en el mediano plazo. Lo interesante de estas investigaciones es que los resultados son menores en la medida que los niños se mudan a mayores edades. Esto es consistente con la idea de períodos críticos del desarrollo humano”, señala el experto.

Ocurre que los indicadores de desarrollo personal y social están estrechamente vinculados al aprendizaje, mostrando, por ejemplo, que aspectos relativos a la convivencia escolar como la sensación de estudiar en ambientes seguros e inclusivos explican, en gran medida, los buenos resultados de aprendizaje en las pruebas de Lectura o Matemática en nuestro país. “Se trata de factores internos de los establecimientos que pueden ser trabajados por las comunidades educativas para mejorar sus aprendizajes”, afirman desde la Agencia de Calidad.

Las investigaciones han señalado que el desarrollo emocional está ligado directamente con el proceso intelectual del niño; y si las condiciones para lograr dicho desarrollo son precarias, los alumnos presentarán problemas como limitaciones en la memoria, dificultad en la percepción y en la atención, disminución de las asociaciones mentales satisfactorias y deficiencias en la capacidad de abstracción. 

Por el contrario, un buen desarrollo de las capacidades emocionales aumenta la motivación para aprender y experimentar. Los niños y los jóvenes tienen una motivación propia para explorar el mundo que los rodea; pueden estar conscientes de sus propios conocimientos y sentimientos, relacionándose con ellos para transmitirlos a los demás, tratando de generar empatía; simpatizar, identificarse y tener lazos afectivos e intercambios sociales y afectivos satisfactorios, explica la psicóloga de la Universidad Católica de Chile, relatora de Grupo Educar, académica universitaria y directora ejecutiva del Centro de Estudios y Promoción del Buen Trato, Ana María Arón. 

Los alumnos que se enfrentan y trabajan en ambientes “sanos”, donde no hay tensión, pero en los cuales además se fomenta el conocimiento, se sienten bien y distendidos, mejoran las capacidades para aprender. En contraposición, “en espacios donde existe estrés, en los cuales permanentemente se les está apurando, castigando y se les exige más de lo que es permitido, se genera un clima absolutamente contraindicado para el aprendizaje”.

Según cuenta María Paz Arzola, investigadora del Instituto Libertad y Desarrollo, “existe creciente evidencia sobre la importancia de fomentar el desarrollo de habilidades no cognitivas en los niños, que son complementarias e incluso facilitan el aprendizaje de las habilidades cognitivas. Sin embargo, en este contexto es clave que el niño esté en un ambiente acogedor, donde se sienta seguro, y a su vez, existan expectativas respecto a lo que este puede llegar a lograr”. 

Cuenta la experta que aquella situación es posible observarla tanto al evaluar programas en educación parvularia como escolar. “En el caso de la educación parvularia, es interesante revisar que los programas exitosos suelen ser aquellos que involucran a la familia o que de alguna forma recrean el ambiente familiar. Y en educación escolar está la experiencia de programas en Estados Unidos como ‘No Excuses’ o las escuelas KIPP, que se basan en una cultura de altas expectativas, con tutorías personalizadas y la entrega apropiada de feedback a los estudiantes”.

El rol del equipo docente y de alianza familia-escuela

Para generar contextos saludables y propicios para el aprendizaje, los profesores desempeñan un papel clave. “El maestro y su equipo docente son los encargados de crear y supervisar el sistema por medio de sus prácticas de reconocimiento para centrarse en cada uno de los niños. En esta organización jerárquica, ellos son los más importantes para  crear un clima saludable”, dice Ana María Arón.   

“En consecuencia, cuando existen situaciones de mucho hostigamiento y hostilidad por parte de los docentes, climas muy tóxicos y altos niveles de estrés en los niños, y como no es posible descargar esa hostilidad hacia los profesores, se descargan con sus pares. Se da así una transmisión de la agresividad entre los propios niños y sus compañeros”, dice la psicóloga de la UC. 

En todo caso, asegura María Paz Arzola, “creo que es necesario involucrar a toda la comunidad educativa, y para ello es esencial informar y mostrar los antecedentes que avalan la idea de que este tipo de factores son importantes a la hora de mejorar los aprendizajes, especialmente de los alumnos que provienen de ambientes más vulnerables. Una vez que se ha entendido su importancia, es necesario enseñar a los profesores y a los padres sobre la forma en que ellos pueden influir, en dar seguridad y confianza a los niños. De nuevo, el tema de las expectativas es clave, que el niño sienta que puede llegar hasta donde se proponga, que no se le ponga de antemano un techo, y que tanto su familia como su escuela confían en sus capacidades”.

Una experiencia concreta en el aula 

Cuenta el director del Colegio Marcelino Champagnat, Vicente Amurrio, que “en primer lugar, promovemos como valores institucionales la responsabilidad, el respeto y el espíritu de familia. Por lo tanto, bajo estos pilares, se van generando distintos espacios de confianza, seguridad y participación protagónica. Llamamos a cada estudiante por su nombre, reconocemos sus habilidades, nos preocupamos por aquellos que presentan mayores dificultades, se favorecen espacios de diálogo, de acogida y escucha constantes. Fomentamos espacios de participación y promovemos la cultura del reconocimiento”.

Desde hace años este colegio marista con amplia experiencia en la materia, ubicado en La Pintana, busca generar espacios para el aprendizaje en que los alumnos se sientan contenidos y seguros. “Intentamos dar respuesta a los distintos intereses que manifiestan nuestros estudiantes, donde la motivación juega un rol importante. El trabajo que se pueda generar al interior del aula cobra tal relevancia, pues nos esforzamos para nada quede al azar. Existe un diseño curricular de aula que, desde el modelo del aprendizaje mediado, favorece el desarrollo de habilidades y destrezas». 

Explica el director que «un ambiente sano para el aprendizaje es aquel donde las estrategias de enseñanza-aprendizaje generadas dan cuenta de que nuestros estudiantes son conscientes de su proceso en todo momento, vinculado a la capacidad de nuestros profesores hacia la motivación de alcanzar metas valiosas”.

Señala que han alcanzado importantes resultados. “Se generan círculos virtuosos, espacios de bienestar personal y grupal; hay una mayor identificación con el proyecto educativo, en función de la formación en valores, mayor sentido de pertenencia, promoción de una cultura de altas expectativas,  y  una valoración de la realidad concreta de cada estudiante”.

Para ello, explica Vicente Amurrio, “en el ámbito de orientación y convivencia escolar, reconocemos y valoramos la realidad donde está el colegio. Intentamos generar espacios de diálogo y participación protagónica de distintos actores y buscamos que existan espacios de acompañamiento para todos los estudiantes, considerando sus necesidades y las de sus familias”. 

En segundo lugar, señala, “en la gestión curricular, hace algunos años, incorporamos el modelo socio-constructivista, proceso que permite el desarrollo de distintas destrezas, competencias  y valores-actitudes, que forman parte de un panel institucional. En este mismo ámbito,  al interior del establecimiento se genera trabajo por de asignatura, donde se intentan articular procesos, implementar ámbitos de reflexión en función de logros y se toman decisiones”, cuenta el director del Marcelino Champagnat.

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