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Formación integral: algo más que agregar habilidades blandas a las duras

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Por Alejandra Buchholtz

En la discusión sobre educación ha ido tomando fuerza la idea de que el proceso enseñanza-aprendizaje actual se enfoca mayoritariamente en lo cognitivo y no otorga suficiente importancia a ciertas habilidades socio-emocionales (referidas como “habilidades blandas”), sin las cuales se haría más difícil poder alcanzar un desempeño laboral exitoso. Pienso que al formular esta diferencia entre habilidades “blandas” y “duras” se incurre en dos errores que dificultan avanzar hacia una verdadera educación integral. Primero, al “importarse” una distinción que viene del ámbito laboral se refuerza la tesis – equivocada en mi opinión – de que la finalidad de la educación se agota en “capacitar para el trabajo”. Segundo, se abre el debate relativo a que, distinguiendo y priorizando un tipo de habilidad por sobre la otra, se puede alcanzar un mejor resultado educacional.

Si bien no está muy claro el origen de la expresión habilidades blandas* , es en los años ochenta que el concepto de soft skills se vuelve recurrente en el mercado laboral en Estados Unidos, luego de constatar que los buenos resultados alcanzados en pruebas estandarizadas de selección que medían hard skills (conocimientos generales y específicos relacionados con un expertise en particular) no garantizaban el desempeño eficiente del futuro trabajador dentro del sistema laboral. Las relaciones personales y la participación con pares, la tolerancia, la empatía, el manejo emocional, la flexibilidad, el autoconocimiento, la autoestima, la apertura a la crítica, la comunicación asertiva, la capacidad de liderazgo, los hábitos productivos, la honestidad, mantener la calma y resolver conflictos, jugaban un rol más relevante en un equipo de trabajo productivo que las competencias vinculadas a la profesión misma. La distinción entre habilidades duras y blandas, por tanto, no es propia de la educación, sino que llega a ésta cuando el factor laboral logra preponderancia.

La relevancia de los aspectos no cognitivos no es algo nuevo en educación, sin embargo, adquiere especial impulso con la publicación del célebre libro de Daniel Goleman, “Inteligencia emocional: ¿Por qué puede importar más que el concepto de cociente intelectual?”, al cual le siguió una segunda obra, “Inteligencia Social: La Nueva Ciencia para Mejorar las Relaciones Humanas”. En estos escritos, Goleman adhiere a la tesis de que habrían varios tipos de inteligencias (intelectual, emocional y social). El autor co-funda, con Lantieri, un programa (Social and Emotional Learning) destinado a promover el aprendizaje social y emocional, ofreciendo herramientas a padres y maestros para que, niños y jóvenes, aprendan a tranquilizar sus mentes, a relajar el cuerpo, a sentirse cómodos con sus emociones, a identificar los pensamientos y sentimientos propios y ajenos, a desarrollar la empatía, a establecer objetivos a corto y largo plazo, a hacer frente a los obstáculos, a tomar decisiones de forma responsable, a resistir las presiones negativas de los compañeros y a resolver conflictos de forma constructiva.

Más allá del mérito científico de esta concepción de inteligencias múltiples**   ( es considerada como una “especulación inteligente”), no es para nada claro que dividir las habilidades en duras y blandas, para ejercitarlas por separado, favorezca una educación integral. Por de pronto, no es fácil determinar qué tipo de habilidades son “duras” y cuales “blandas” (por ejemplo, el pensamiento crítico, en algunos discursos es considerado una habilidad cognitiva y en otros una habilidad socio-emocional). Por otro lado, tampoco la distinción parece agotar todas las posibilidades a desarrollar en los alumnos. Ciertos objetivos del aprendizaje parecen no estar incluidos en este par conceptual. Por el contrario, todo apunta a que cuando se practiquen todas las habilidades (duras, blandas … y todo aquello que queda fuera de esta división artificiosa y reduccionista como los conocimientos mismos, el ejercicio de ciertas actitudes, la destreza física, la creatividad artística, etc…) en forma conjunta, como parte de una educación holística, se puede avanzar hacia una educación realmente integral. Sin embargo, se debe reconocer como contribución a esta distinción el que haya permitido conceptualizar habilidades que, en el pasado, no estaban tratadas en forma explícita en el currículo educativo.

Interesantemente, La Ley General de Educación (LGE) chilena, no solo no omite las habilidades blandas, ni las disocia de las duras, (de hecho, no utiliza estos términos), sino que (por lo menos a nivel de declaración de principios) parece abogar por una verdadera educación integral. En la LGE, el currículo holístico se trabaja de acuerdo a lo que la Ley denomina las Bases Curriculares. En este documento, los objetivos de aprendizaje (OA) y los objetivos de aprendizaje transversales (OAT) definen los conocimientos, habilidades y actitudes, de tal manera, que exista integración entre las asignaturas y que todas ellas conduzcan al logro de los objetivos generales establecidos para cada uno de los niveles de la educación regular parvularia, básica y media. Una revisión a los OA evidencia que la LGE contempla y reúne dos ámbitos: (i) conocimientos y cultura y (ii) personal- social. El texto define las habilidades como capacidades para realizar tareas y solucionar problemas con precisión y adaptabilidad. De acuerdo a la LGE, una habilidad puede desarrollarse en el ámbito intelectual, psicomotriz, afectivo y/o social. Por tanto, se puede concluir que la LGE es omnicomprensiva en materia de habilidades, yendo mucho más allá de la distinción entre habilidades duras y blandas, proveniente del mercado laboral.

Otra cosa es que en la práctica las Bases Curriculares no se concreten adecuadamente. Pero ello, más que a un problema de diseño curricular, se debe a cómo se implementan los objetivos de aprendizaje en la comunidad escolar.

El proceso de enseñanza-aprendizaje debe tener como fin la plenitud de la persona, esto es, como ya intuían los griegos: la formación de un ciudadano íntegro, justo (Platón) y prudente (Aristóteles). Sólo cuando “habilidades duras y blandas” – y todas las demás habilidades no cubiertas por estas dos categorías – se desarrollen en forma armoniosa, o mejor aún, cuando se ponga el énfasis en la unión, en la disolución de las fronteras, se estará emprendiendo el camino hacia una educación integral. ¿Cómo una persona puede comprender, respetar y valorar aquello que no conoce?

 

*Su más temprana aparición sería en un manual de entrenamiento militar, en los años setenta, en los Estados Unidos. En este documento, las soft skills son definidas como: “competencias de trabajo que involucran acciones que afectan principalmente a personas y documentos”. Tan variados son los contenidos que se asocian al concepto que algunos llegan a definirlo como: “hacer lo correcto en el momento adecuado y hacerlo amablemente”.

**Al examinar en sus obras la razón especulativa y la razón práctica, el filósofo alemán, Kant, exige que el análisis de la razón práctica muestre continuidad con la razón especulativa porque “sólo puede tratarse de una y la misma razón, que simplemente ha de diferenciarse por su aplicación” (Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres).

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