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Sep 2020 - Edición 244

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Evaluando el Simce

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¿Se justifica invertir gran cantidad de recursos en una prueba que cada día está más cuestionada? Conversamos con destacados académicos sobre los beneficios y cambios necesarios que deben aplicarse a esta medición, que busca determinar cuánto aprenden los alumnos chilenos.

Marcela Muñoz Illanes

¿Medir o no medir? Después de casi 25 años que se aplica el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (Simce) en Chile no existe una opinión consensuada sobre su utilidad. A pesar de los diferentes puntos de vista, cada mes de octubre cerca de un millón 243 mil escolares se enfrentan a esa evaluación, que se aplica en cinco cursos.

A ello se suma el hecho que la Agencia de Calidad de la Educación consideró, para este año, un presupuesto de $17.515 millones para la implementación del Simce, lo que representa un incremento de casi un 25,7% respecto a las cifras del año pasado.

Conversamos con la persona que en 1988 elaboró la prueba. Se trata de la Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2011, Erika Himmel, quien asegura estar convencida de la importancia de medir y evaluar los aprendizajes. “Aquello constituye el eje central del proceso educativo. Sin embargo, esos resultados solo adquieren sentido si se analizan en el marco de variables personales y contextuales, las cuales presentan un efecto claro sobre los puntajes obtenidos”, asegura.

Para Sebastián Izquierdo, director de la Agencia de Calidad de la Educación, el Simce constituye una poderosa herramienta basada en estándares de aprendizaje referidos al currículum nacional. “Con el diagnóstico en mano, los establecimientos pueden planificar de mejor manera el trabajo pedagógico y plantearse nuevos desafíos y metas. Por su parte, el resto del sistema escolar utiliza esa información para generar apoyos y políticas públicas que vayan en pos de una mayor calidad y equidad en los aprendizajes.”

Ernesto Treviño, director del Centro de Políticas Comparadas en Educación (CPCE) de la Universidad Diego Portales, asegura que esa medición es “una estimación imperfecta de contenidos y habilidades que están en el currículo. Estamos más preocupados de los puntajes Simce que del bienestar integral de los niños. Se trata de un camino ilógico si se analiza detenidamente”.

Acusa que el problema no son las pruebas, “sino el uso que le estamos dando para tomar decisiones de política educativa y financiamiento. Aquello afecta gravemente a las escuelas y envía señales confusas”.

De hecho, aclara Erika Himmel, que nunca estuvo en la concepción de este sistema publicar en un diario y asignar rankings a los resultados de los colegios. “Esta práctica se viene aplicando desde mediados de los años 90. Originalmente los puntajes generales se entregaban confidencialmente al director del establecimiento y a los profesores del nivel respectivo”, explica.

Progresos & estrés 

Pese a toda la discusión, se han observado algunas mejoras. “Visualizamos un leve progreso en los aprendizajes, pero no por la implementación del proceso de evaluación. Sí gracias a la eficiencia del sistema escolar – ahora los niños de 15 años evaluados están mayoritariamente en el curso que teóricamente les corresponde y no han repetido- y al mayor nivel educacional de los padres de familia”, asegura Treviño.

Aquella situación se reflejó claramente en la comparación de resultados de PISA en lectura entre el año 2000 y el 2009. Allí se reveló que los estudiantes vulnerables mejoraron significativamente su desempeño y los menos vulnerables se mantuvieron sin cambio.

Ciertamente la medición ejerce una fuerte presión sobre la comunidad educativa. “Muchas veces ocurre que algunos establecimientos buscan obtener altos resultados a través de medios que no son los más apropiados pedagógicamente. Por ejemplo, se pone énfasis en enseñar preponderantemente lo que se evalúa en la prueba, desconectando los resultados cognitivos y el necesario desarrollo socioemocional que debe ir aparejado al logro de aprendizajes, asegura el director del CPCE.  

Cambios urgentes

Para el académico de la Universidad Diego Portales, Ernesto Treviño, la clave es eliminar la influencia perversa del Simce sobre los procesos de enseñanza. “Hay que descartar cualquier consecuencia de la medición sobre las escuelas y focalizarse en el desarrollo de los estudiantes”. Es clave que las instituciones escolares den seguimiento al desarrollo de los alumnos, generando intervenciones apropiadas para nivelarlos en un periodo de tiempo acotado si es que están atrasados en alguna área.

En ese contexto, el Simce debería servir solamente como un termómetro externo sin consecuencias para las escuelas. Erika Himmel cree innecesaria la inclusión de otras mediciones censales. “Principalmente porque en un año es muy difícil observar cambios, las mejoras requieren de tiempo de planificación y de implementación para obtener evidencias sobre sus resultados”, sostiene.

A su juicio, más bien se requiere, una alternancia entre mediciones censales y muestrales en períodos que realmente permitan obtener información confiable sobre los efectos de las políticas de mejoramiento de la educación. “Además, me parece indispensable que se generen capacidades y recursos en los establecimientos educacionales que les permitan efectuar una autoevaluación orientada específicamente a sus necesidades”, añade. Pero además, en la comunidad escolar existe la sensación de que falta algún tipo de evaluación de habilidades blandas en los alumnos. Éstas son las que más importan para la construcción de la sociedad y la participación en la economía en el largo plazo, y muchas veces quedan fuera de las prioridades de las escuelas, por las presiones del Simce. Según Beatrice Ávalos, Premio Nacional de Educación e investigadora del Centro de Investigación Avanzada en Educación de la Universidad de Chile (CIAE), aunque las habilidades blandas están presentes de manera transversal en el currículo, no se han desarrollado en las escuelas debido a la presión que existe en los profesores por rendir en las pruebas estandarizadas como el Simce.

“En el currículo general han estado reconocidas estas competencias en lo que se llaman los objetivos transversales. Lo que pasa es que el sistema escolar pone presión en los resultados cognitivos. Por lo tanto, todos los valores y áreas no cognitivas contenidas en estos objetivos transversales, pasan a segundo plano. Hay que buscar una forma de integrar. Es difícil para los docentes concentrarse en estas habilidades porque les están pidiendo que se concentren en las cognitivas. A menos que la política educacional lo tenga claro, que el liderazgo de las escuelas lo sienta de verdad, no va a haber un cambio, porque esos no son los valores o los temas que le importan a estas políticas”, explica la académica del CIAE.

Evolución…

1988

Desde que comenzó a aplicarse en 1988, esta evaluación ha experimentado diversos cambios. Uno de los más importantes lo constituyó la primera entrega de resultados de manera pública en 1995. Gracias a ello existió un mayor compromiso de las familias en la educación de sus hijos y relevó la importancia que tenía la educación como una herramienta de movilidad social y de creación de oportunidades.

1998

Posteriormente, en 1998, se actualizó la metodología de evaluación, para que pudieran compararse los resultados entre un año y otro.

2010

A medida que avanzó el tiempo, se fueron agregando evaluaciones en más niveles educacionales para medir de mejor forma el aprendizaje de los estudiantes del país. Por ejemplo, se incorporó la prueba de Segundo Básico, que permite identificar tempranamente falencias en la compresión lectora, lo que posibilita el aprendizaje de otras disciplinas, ya que la lectura es la puerta de entrada al conocimiento de otras asignaturas del currículum. También se agregaron mediciones en otras áreas relevantes, como la de Inglés en Tercero Medio, creada en 2010.

2012

En octubre del año 2012 comenzó a operar la Agencia de Calidad, que tiene como función la elaboración, aplicación y entrega de los resultados de las pruebas Simce. Con esta modificación, el Ministerio de Educación dejó de evaluar a los estudiantes del país, abandonando su rol de “juez y parte”, para dar más transparencia al sistema.

Fuente: Agencia de Calidad de la Educación

¿Y los establecimientos que tienen malos resultados en la prueba?

  • En base al Simce y a otros indicadores de calidad, la Agencia de Calidad de la Educación evaluará y procederá a ordenar los establecimientos educacionales según su nivel de desempeño en cuatro categorías: Alto, Medio, Medio-Bajo e Insuficiente.
  • Aquellos que se ubiquen en los dos niveles más bajos serán visitados por la División de Evaluación y Orientación de Desempeño, quienes trabajarán de manera conjunta con la comunidad educativa en la realización de un diagnóstico de las fortalezas y realizarán una evaluación de las áreas donde existen posibilidades de mejorar.
  • Se les entregarán recomendaciones que podrán ser ejecutadas con el apoyo del Ministerio de Educación o de una ATE (Asistencia Técnica Educativa) autorizada.

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