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Oct 2020 - Edición 245

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En la hora de los profesores 2010

Cumplido ya el primer plazo de la emergencia, el ministro de Educación comenzará a sentir la presión de iniciar el abordaje de los temas de fondo que competen a su cartera. Ha priorizado tres líneas de trabajo: el diseño y puesta en marcha de 50 liceos de excelencia, reposicionar a los profesores en la cultura nacional y aplicar políticas ligadas a desempeño en el sistema escolar. Sin embargo, los liceos de excelencia lo serán sólo si cuentan con buenos directores y maestros, y las políticas ligadas al desempeño también deberán estar orientadas a premiar a directores y profesores que lo hagan bien. De modo que todo converge en las personas a cargo de la enseñanza en nuestras escuelas: los educadores.

A su egreso del sistema de jornada escolar completa, un joven ha pasado más de 12 mil horas en contacto directo con sus profesores, tiempo que supera al que normalmente pasará ese estudiante con sus padres durante el mismo período. Lo que ocurra en esta decisiva etapa de formación es, en gran medida, responsabilidad del profesor. O más bien, del sistema que elige a ese profesor, que lo forma, que lo motiva y lo apoya a lo largo de su vida laboral.

Dada la inmensa responsabilidad de transmitir una cultura y formar personas íntegras y buenos ciudadanos, a las escuelas que forman profesores debieran ingresar los mejores talentos de cada generación. Estas escuelas debieran ser de gran calidad y, posteriormente, el ámbito de desempeño para ese profesor tendría que ser compatible con la alta y creciente expectativa que tiene hoy la sociedad.

¿Cuán distante es la realidad de la expectativa?

En las últimas admisiones a las universidades del Consejo de Rectores, apenas 1 de cada 20 postulantes estuvo en el segmento de calidad recomendado por el informe McKinsey. Y hay numerosos estudiantes de Pedagogía que ingresaron a sus carreras por un proceso de descarte y oportunidad, no por talento ni vocación. Esos jóvenes terminan a cargo de educar a buena parte de los niños de Chile, generalmente a los más desamparados.

Además, los profesores se forman en establecimientos de calidad muy diversa.
Incluso los mejores lugares arrastran problemas heredados de la historia reciente, como la “fuga” de estas escuelas de los “enamorados” de los contenidos: las matemáticas, la historia, la literatura y los idiomas. El desmembramiento ocurrió principalmente en los años 60 y 70, cuando se crearon los institutos de Ciencias, de Filosofía, de Música, y otros, y que se poblaron con personas de la talla de Mario Góngora, Jorge Millas, Jaime Eyzaguirre, Juan Gómez Millas, Ricardo Krebs. Estando en facultades de Educación, ellos prefirieron las nuevas unidades académicas, dedicadas exclusivamente a la creación de conocimiento y a la docencia de especialidad. En la propia carrera de Educación, esto dejó huérfano al sector que propiciaba la fuerte presencia de contenidos en la formación de educadores. Y hoy quienes enseñan matemáticas en los liceos, por ejemplo, se lamentan de no dominar suficientemente las materias que tienen que enseñar.

Y los alumnos lo notan.

Por último, las condiciones de trabajo del profesor son muchas veces incompatibles con un buen desempeño. Un profesor con jornada completa enseña en Chile habitualmente 33 o más horas semanales (en los países con buenos resultados, no superan las 25 horas). Y atiende sobre 40 alumnos por clase, mucho más de lo recomendado. Los profesores no tienen tiempo para diseñar sus clases con el cuidado que se requiere, ni para ponerse al día en sus materias o desplegar algo de creatividad.

Hasta ahora, todo el esfuerzo por mejorar la educación se ha focalizado en la infraestructura. Llegó el momento —y así parece desprenderse de las palabras del nuevo ministro de Educación— de poner el acento en los verdaderos agentes del cambio: los educadores. Es urgente reforzar la profesión docente con mejores becas iniciales y asegurar una buena inserción laboral ligada a evaluación de desempeño.

El terremoto que remeció al país pareció ponerle pausa a una tarea que tiene mucha urgencia. Pero más que nunca hay que focalizarse en lo más importante.

Como dijo Gabriela Mistral —que hizo historia como educadora en Chile y México— : “Muchas de las cosas que necesitamos pueden esperar. El niño no…”.

 

Autor: Francisco Claro. Decano Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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