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Nov 2020 - Edición 246

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Educación, familia y comunidad

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Por Cristian Luarte Rocha, Director Pedagogía en Educación Física, Universidad San Sebastián.

Actualmente al hablar de Educación se hace referencia a los conceptos de “educación no formal” o de “educación informal” lo que es, semánticamente contradictorio. Si hay algo que caracteriza a la educación, es su formalidad, de lo contrario no es educación. Lo que se aprecia con mayor claridad si utilizamos el término «formación» que, en general, suele usarse como sinónimo de «educación». Lo anterior, no ha quedado en el ámbito lingüístico y semántico, sino que, ha pasado al campo curricular: Cuando los pedagogos pensaban en la educación, pensaban en la escuela, en los sistemas y los procesos de enseñanza como si no existiera otra formación. Progresivamente, se han ido extendiendo influencias y estableciendo vínculos estructurales con aquellos campos de la educación y la cultura que estaban “fuera de la escuela”.

En los últimos años se ha revalorizado el rol educativo de la familia y su relación con la escuela o la influencia de los medios de comunicación, pero aún, poco se sabe sobre el conjunto que incide en la vida de los niños y jóvenes, en la construcción de significados o más bien en su desarrollo. Esto último, implica situar adecuadamente las cosas, estados y acciones en los contextos de la realidad a conocer. Los significados están en la mente, pero su origen se sitúa en la cultura lo que asegura su negociación y, en último término, la comunicación. Desde esta perspectiva, el conocimiento y la comunicación son procesos inseparables con un funcionamiento interdependiente. La naturaleza de la educación implica la existencia de procesos sociales y comunicativos en los que la negociación del significado está siempre presente.

De aquí, la perspectiva cultural sobre la naturaleza de la mente humana es muy pertinente para comprender la construcción de conocimiento que se deriva de las prácticas educativas sin que ello signifique relegar otras explicaciones sobre el funcionamiento de la mente humana y su posibilidad de ser utilizadas en el ámbito de la educación. Los padres, intencionadamente o no, son la influencia más poderosa en la vida de sus hijos, otros contextos sociales -medios de comunicación, grupo de iguales, escuela… pasan normalmente por el tamiz de la familia, que es el primer marco de referencia en el que se inicia la socialización y, por lo tanto, la personalidad del individuo. La familia se especializa en la formación de papeles para sus miembros, más que en preparar las condiciones para la libre asunción de su identidad y ser “negociadores de calidad”.

Además, la familia como socializador primario, enseña principalmente cómo someterse a la sociedad, al tiempo que deposita en éste un elaborado sistema de restricciones y permisiones. Antes de ponerse en contacto con sus maestros, muchos niños ya han experimentado la influencia educativa del entorno familiar y de su medio social, los que seguirán siendo determinantes cuando no decisivos durante la mayor parte de la educación primaria. La familia, si otorga ese amor a su hijo, representa la fuerza que guía y motiva las acciones del niño, en cuanto éste no quiere dejar de ser amado. Educarlo amorosamente, permite al niño sentirse fuerte y desear que ese sentimiento se mantenga. Goethe afirmaba, que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables.

De ahí que se considere que, los niños felices en su infancia nunca se recuperan del todo de la pérdida de esta etapa y, a su vez, ese sentimiento de amor del que se rodean les infunde una confianza en el vínculo humano que difícilmente puede destruirse, incluyendo el que se establece en el proceso educativo. El ideal familiar consiste en propiciar esta felicidad en el niño, es este valor lo que justifica y compromete socialmente a la familia, por tanto la escuela debe ser “una extensión de la vida familiar”.

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