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Sep 2020 - Edición 244

Tecnologías ¿De enemigas a aliadas?

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Consumo de alcohol, tabaco y marihuana “La prevención se hace en el día a día”

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“Aquí hay algo que es necesario mirar con mucho cuidado y es que a lo menos un 27% de los jóvenes entre 15 y 19 años en Chile, ha tenido un episodio de consumo de alto riesgo (más de 5 unidades estándar de bebidas en una ocasión). Eso es altísimo para un joven”, asegura con preocupación Carlos Vohringer, director de la Dirección de Asesoría y Servicios Clínicos de la Fundación Paréntesis.

Por Angélica Cabezas Torres

Conversamos con Carlos Vohringer sobre la prevención en los colegios del consumo de drogas –lícitas e ilícitas– justo cuando se da a conocer un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que asegura que Chile es el país donde se dan los índices de ingesta per cápita de alcohol más elevados. Son cifras preocupantes y de las cuales hay que hacerse cargo. Vohringer estima que este tema se debe abordar con los jóvenes, acercarse a ellos y hablarles de los daños que genera el consumo de drogas, con evidencia en mano. Es preciso entregarles a los estudiantes las herramientas necesarias para que sean capaces de gestionar el riesgo que trae consigo la ingesta de estas sustancias.

¿A qué edad se inicia en Chile el consumo de alcohol y drogas?

Esto ha ido variando, pero hoy día el consumo de alcohol está iniciándose aproximadamente a los 13 años, igual que el de tabaco. Mientras que el de marihuana comienza alrededor de los 14 años y medio. Mientras antes se comienza a ingerir estas sustancias, la probabilidad de que después tengas un problema con ese consumo es más alta; por lo tanto, una de las primeras estrategias de prevención es retrasar al máximo la edad de inicio del consumo, independiente si se trata de una droga lícita o ilícita. Todas conllevan riesgos y daños asociados, sobre todo en menores de edad.

¿De qué manera los profesores pueden detectar el consumo en sus alumnos?

La prevención más efectiva es la que se hace en conjunto entre la institución educativa y las familias. Poner toda la responsabilidad de la prevención sólo en los colegios o ponerlo sólo en las familias es un error. La detección va a depender mucho de cada sustancia. Hoy los jóvenes no sólo están consumiendo alcohol o marihuana, algunos de ellos están ingiriendo psicofármacos, pastillas, relajantes musculares… es un listado largo. Lo relevante aquí es discriminar los cambios de conducta que son atípicos en los jóvenes. Los profesores conocen a sus alumnos, más allá de que en esta edad (13-15 años) tienden a tener ciertos cambios conductuales, ellos pueden identificar cuando se están comportando de manera diferente. En otro momento, hay que acercarse a él para saber qué le está pasando o cómo se siente. Por ejemplo, darse cuenta si un estudiante está más excitado o si está más relajado de lo habitual. Si bien estos cambios no siempre dan cuenta de la existencia de consumo, son indicadores probables.

¿Cómo se debe abordar el consumo en los establecimientos educacionales?

Efectivamente los jóvenes se están acercando a las sustancias y no podemos hacernos los desentendidos. Estamos analizando las cifras que entregó la OMS y nosotros no somos alarmistas, pero aquí hay algo que es necesario mirar con mucho cuidado y es que a lo menos un 27% de los jóvenes entre 15 y 19 años en Chile, ha tenido un episodio de consumo de alto riesgo (más de 5 unidades estándar de bebidas en una ocasión). Eso es altísimo para un joven, y si sólo lo miramos en los hombres, estamos hablando de un 43% versus un 10% en las mujeres. Las niñas en Chile lamentablemente tienen un triste récord, entre 13 y 15 años son las más fumadoras del mundo, el 37% de ellas fuma.

La prevención es algo que comienza en los primeros años de vida. Para un adecuado desarrollo afectivo, cognitivo y social, en los inicios hay que trabajarlo de manera más inespecífica con programas de autocuidado y otros que tengan que ver con llevar una vida saludable, pero cuando los jóvenes ya están más cercanos a instancias de consumo, hay que hacer una prevención mucho más específica. Y eso significa hablar con datos duros, a los jóvenes no podemos sólo decirles: “Tienes que decir que no”, porque la verdad es que los discursos que están centrados en charlas que dicen que las drogas son malas, no tienen impacto.

Hay que acercarse a los jóvenes, conversarles y darles estrategias para decirles que el consumo le genera tales daños, con evidencia, independiente de la sustancia que sea. Si van a consumir deben saber cuáles son los límites mínimos para que ellos puedan manejarse. Esto es lo que se llama gestión del riesgo, no te puedes quedar únicamente en la tranquilidad de que le dijiste que no a través de una charla. La verdad es que tienes que hacer talleres con ellos, hacer un trabajo más en profundidad respecto de la gestión de riesgo del consumo de alcohol, tabaco y marihuana, que son las tres sustancias más consumidas, sobre todo desde séptimo básico en adelante.

¿Qué estrategias de prevención se pueden aplicar?

Lo fundamental es que el colegio en conjunto con los alumnos y los apoderados pueda desarrollar lo que nosotros llamamos una política preventiva. Y esto es un proceso donde la comunidad educativa se pone de acuerdo en relación a un marco de principios respecto a lo que es aceptable, tolerable y a cómo abordar este tema. Esta política debe ser coherente y compartida por todos y debe tener una normativa que luego decante en planes normativos, comunicacionales o de talleres, planes de formación para profesores y escuelas para padres.

El objetivo fundamental debe ser el bienestar de los alumnos y el desarrollo de hábitos saludables en ellos. Yo creo que el foco acá es la salud más que la normativa, y por supuesto si hay casos –los que deben ser considerados dentro de esta política– habrá que contemplar cómo se abordan y cómo el colegio les da respuesta a estos casos particulares.

Aquí lo que debe generarse es una mirada de largo plazo respecto de una cultura preventiva dentro del colegio, que incluso va más allá del tema de alcohol y drogas. Esto impacta también en otras conductas que pueden generar algún tipo de dificultad en los jóvenes, que tiene que ver con la afectividad y sexualidad, con la convivencia, etcétera.

La prevención no es una actividad puntual, no es algo que se da en un taller. Eso refuerza la prevención, pero la prevención se hace en el día a día, en todas las actividades cotidianas.

¿Puede entregarnos algunas estrategias para involucrar a las familias?

En nuestra experiencia lo que hemos hecho es generar un espacio específico para las familias donde les mostramos cómo se hace prevención con los jóvenes y les mostramos qué da más resultados y, en general, cuando uno habla desde la mirada de la gestión del riesgo, de la salud y del autocuidado, nuestra sensación es que la mayor parte de las familias tiende a responder positivamente. Suelen adherir a un proyecto de este tipo y participan, además porque las familias se sienten preocupadas y muy involucradas con estos temas. Ahora, por supuesto depende mucho del contexto social y de la situación del colegio en particular.

Probablemente un primer paso es poder sensibilizarlos mediante alguna actividad puntual. Hay escuelas que tienen charlas específicas o escuelas para padres. Ahí la estrategia y el método dependerán de cómo lo ha hecho históricamente el colegio.

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