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Regístrate y accede a la revistaAunque los indicadores muestran una leve recuperación, el ausentismo crónico continúa siendo uno de los grandes desafíos de la educación chilena. Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente, advierte que asistir regularmente no solo permite acceder a los aprendizajes académicos, sino también desarrollar habilidades sociales, perseverancia y confianza en las propias capacidades.
Estar en el colegio importa. Parece una afirmación evidente, pero las cifras muestran que todavía una proporción importante de los estudiantes chilenos pierde regularmente oportunidades de aprendizaje por no asistir a clases. Para Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente, abordar este problema requiere dejar de mirar la asistencia como un indicador administrativo y comprender su verdadero valor pedagógico.
“Si no están, no pueden tener esas oportunidades de aprendizaje”, señala Molina. Y no se refiere únicamente a contenidos académicos. Estar en el colegio permite aprender a convivir, colaborar, enfrentar dificultades y desarrollar competencias para la vida. A medida que los estudiantes asisten, aprenden y comprueban que son capaces de avanzar, también fortalecen su sentido de agencia y su autoestima académica.
Dos de cada cinco estudiantes presentan ausentismo crónico

Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente.
Durante el primer semestre de 2026, la asistencia promedio de los estudiantes desde prekínder a cuarto medio alcanzó un 88,6%, apenas 0,4 puntos por encima del mismo período del año anterior y todavía dos puntos por debajo de 2018.
Más preocupante es el ausentismo crónico, definido como faltar al 10% o más de las clases. En el primer semestre, un 40,7% de los estudiantes se encontraba en esta situación. Aunque la cifra muestra una mejora respecto de 2025, sigue por encima de los niveles previos a la pandemia: en 2018 rondaba el 33%.
A ello se suma otro antecedente: cerca del 67% de quienes presentaban ausentismo crónico durante este período ya estaban en esa misma situación el año anterior. Para Molina, esto demuestra que no se trata únicamente de episodios puntuales asociados al clima u otras circunstancias, sino de estudiantes que han instalado un patrón persistente de inasistencia y que requieren apoyo desde el inicio del próximo año escolar.
La asistencia se trabaja desde el primer día
¿Cómo revertir esta situación? Molina plantea que el primer paso ocurre dentro de la propia comunidad escolar. Equipos directivos, profesores y asistentes de la educación necesitan comprender que la asistencia es una condición para que su trabajo pedagógico pueda producir resultados.
A partir de esa convicción, el desafío debe abordarse desde prekínder hasta cuarto medio y “desde el día uno hasta el último”. Pero no basta con decirles a los estudiantes que tienen que ir al colegio. Cada jornada debe ofrecer experiencias que hagan que asistir valga la pena: clases desafiantes, oportunidades de aprendizaje, relaciones significativas y un ambiente seguro y acogedor.
Esto adquiere especial importancia hacia el cierre del año escolar. Molina utiliza una imagen sencilla: abandonar las clases antes de terminar el año se parece a dejar una película o un libro antes de conocer su final. Llegar hasta el último día permite completar procesos y, al mismo tiempo, ejercitar la perseverancia.
Las familias, protagonistas de la asistencia
En este desafío, las familias cumplen un papel fundamental. Para Molina, involucrarse en la educación no significa reemplazar el trabajo de los profesores, sino generar desde el hogar las condiciones para que niños y jóvenes valoren su educación, asistan regularmente, respeten a sus docentes y aprovechen las oportunidades que entrega la escuela.
Preguntar qué aprendieron, interesarse por su experiencia escolar, motivarlos a realizar sus tareas y transmitirles que ir a clases es importante son acciones cotidianas que pueden marcar una diferencia. También es fundamental que exista confianza entre las familias y los establecimientos.
El mensaje, entonces, es sencillo pero exige un esfuerzo sostenido de toda la comunidad educativa: cada día de clases cuenta. Porque mejorar la asistencia no consiste únicamente en elevar un porcentaje. Significa ampliar las oportunidades que tienen niños y jóvenes para aprender, relacionarse con otros, desarrollar sus capacidades y construir su trayectoria educativa.
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