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Jun 2026 - Edición 303

Convivencia escolar: Del conflicto a la formación

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Convivencia escolar: del control del conflicto a la construcción del bienestar

En un escenario en que la convivencia escolar se ha transformado en uno de los principales desafíos del sistema educativo, distintas comunidades están comenzando a transitar hacia un cambio de paradigma: dejar atrás una lógica centrada en la sanción y el control del conflicto, para avanzar hacia una cultura que pone en el centro el bienestar, el vínculo y la formación integral de los estudiantes.

Por: Marcela Paz Muñoz I.
Convivencia escolar: del control del conflicto a la construcción del bienestar

En un escenario en que la convivencia escolar se ha transformado en uno de los principales desafíos del sistema educativo, distintas comunidades están comenzando a transitar hacia un cambio de paradigma: dejar atrás una lógica centrada en la sanción y el control del conflicto, para avanzar hacia una cultura que pone en el centro el bienestar, el vínculo y la formación integral de los estudiantes.

Para Miguel Arce, premio LED y director de Fundación Nocedal (Puente Alto, RM), y exdirector del colegio PuenteMaipo, el incremento en los casos de violencia en los colegios responde a múltiples factores. Entre ellos, menciona que los padres, por largo tiempo, “se han ido retirando de su tarea formadora, delegando en el colegio funciones que una institución no puede ejercer en soledad sin el trabajo conjunto con las familias (desarrollo del juicio moral sobre lo que está bien y mal, respeto a los demás, límites a las propias emociones, etc.)”.

En la sala de clases, profesores y alumnos son sujetos de derechos y obligaciones. El estudiante tiene el derecho a ser tratado con dignidad y respeto, al igual que los profesores", dice Miguel Arce.

A esto se suma un progresivo debilitamiento de la autoridad escolar y una legitimación de la violencia como forma de expresión del malestar. En este contexto, la promulgación de la Ley 21.809 y los nuevos proyectos asociados van en la dirección correcta, aunque advierte que “una ley por sí misma no produce cambios”.

Como señala Arce, estamos llegando tarde a un fenómeno de violencia que se ha ido gestando en nuestras aulas desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la notoriedad pública de hechos lamentables debe aprovecharse como una verdadera oportunidad. Esta “emergencia de mala convivencia” ha obligado, por fin, a detenernos, conversar y reconocer que ya no podemos ser simples testigos de situaciones graves. Sobran las lamentaciones y las acusaciones cruzadas; es momento de actuar.

Y hacerlo no solo desde normativas prohibitivas o punitivas –que tienen su lugar como respuesta a la urgencia–, sino tomándose en serio la formación del carácter de los estudiantes. Cuando se habla de esto último, se alude de manera explícita al desarrollo de las virtudes.

“Si bien es necesario trabajar las habilidades socioemocionales –herramientas valiosas para el manejo de las emociones–, estas resultan insuficientes cuando se busca construir un buen clima escolar. Para ello, es clave avanzar hacia una formación más profunda, que permita sostener también un buen clima familiar y, en definitiva, una convivencia social más sana”, subraya el director.

Aprender en comunidad: una experiencia que transforma

En la práctica, experiencias como las del Liceo Bicentenario Diocesano Colegio Obispo Labbé de Iquique y del Liceo People Help People de Panguipulli, ambos parte de la RED Irarrázaval, permiten observar cómo este enfoque se traduce en prácticas concretas y sostenidas en el tiempo.

Para Mauricio López, director del Liceo Bicentenario Diocesano Colegio Obispo Labbé, la formación integral no se construye sumando iniciativas aisladas, sino articulando una estructura pedagógica coherente.

En su experiencia, esto se expresa en una red de prácticas que dialogan entre sí: “En nuestra comunidad articulamos la formación integral a través de prácticas estructurales como el Aprendizaje Basado en Proyectos, las Aulas Cooperativas, las Tutorías, los Planes Personales, la Evaluación Formativa, Formadora y Ética, y las Presentaciones Anuales de Aprendizaje”.

La convivencia escolar es una responsabilidad compartida, donde cada actor cumple un rol clave", dice Francisco Manqui.

Más que sumar actividades, el foco está en transformar las condiciones del aprendizaje. “Desde esta mirada, formar integralmente no significa agregar actividades a la vida escolar, sino diseñar mejores condiciones para que cada estudiante aprenda cognitivamente, desarrolle competencias, fortalezca sus vínculos y crezca como persona”, dice Mauricio.

Ese cambio se hace visible en la experiencia cotidiana del aula. Mauricio López describe cómo el aprendizaje se amplía más allá del contenido: “Cuando un estudiante trabaja en equipo, escucha a otro, argumenta con respeto, recibe retroalimentación, se equivoca y vuelve a intentarlo, está aprendiendo mucho más que un contenido”.

En ese proceso, se configura una forma distinta de aprender: “El aprendizaje deja de ser una experiencia solitaria y se transforma en una experiencia profundamente relacional”.

A convivir también se enseña

Desde el sur de nuestro país, Francisco Manqui, director del Liceo People Help People de Panguipulli, advierte que los desafíos actuales en convivencia no pueden abordarse solo desde la disciplina.

A su juicio, existe un problema más profundo: “Desde mi experiencia, hoy uno de los principales desafíos en convivencia escolar tiene que ver con dos dimensiones clave: el respeto a las figuras de autoridad y el desarrollo de habilidades para aprender a vivir juntos”.

El Aprendizaje Basado en Proyectos ha tenido un impacto muy significativo”, ya que permite que los estudiantes no solo aprendan contenidos, sino que desarrollen habilidades como “organizarse, cumplir compromisos, escuchar, liderar y resolver desacuerdos", dice Mauricio López.

Esto se manifiesta en situaciones concretas del día a día. “Vemos a estudiantes con baja tolerancia a la frustración, lo que dificulta la resolución de conflictos a través del diálogo”, explica, agregando que muchas veces, “la reacción es evitar, confrontar o escalar el conflicto”. Lejos de interpretar estas conductas solo como transgresión, plantea una mirada más formativa: “No necesariamente responde a una intención de transgredir, sino más bien a una falta de herramientas socioemocionales”.

De ahí que, para Francisco Manqui, la meta sea evidente: “El desafío hoy no es solo normativo, sino profundamente formativo: necesitamos enseñar a convivir”.

Bienestar y aprendizaje: una relación inseparable

Ambas experiencias coinciden en que la convivencia no es un aspecto secundario, sino una condición para el aprendizaje.

Desde Iquique, Mauricio López pone el foco en las capacidades que permiten sostener el aprendizaje en el tiempo: “No basta con querer aprender, hay que saber organizarse, planificar, priorizar, regular la frustración, mantener la atención, monitorear el propio avance y tomar decisiones cuando aparecen dificultades”.

En ese contexto, el bienestar deja de ser un resultado y pasa a ser un punto de partida. “Un estudiante que se siente reconocido, acompañado y seguro tiene mejores condiciones para aprender”, afirma, agregando que “el bienestar no es un premio posterior al aprendizaje, sino una condición que lo hace posible”.

Desde Panguipulli, Francisco Manqui refuerza esta idea desde el clima de aula: “Un estudiante que se siente en un ambiente grato es un estudiante mucho más disponible para enfrentar desafíos exigentes”. Y agrega un matiz clave: “La convivencia no es solo un resultado, también es una condición que permite que las altas expectativas se sostengan en el tiempo”.

Más allá de la sanción

Uno de los puntos más críticos del debate actual tiene que ver con el rol de las normas y sanciones. Francisco Manqui es claro al respecto: “La convivencia no se resuelve solo con normas o sanciones porque, aunque son necesarias, por sí solas no generan aprendizaje”. Si no hay reflexión, advierte, el cambio es superficial. Por eso, enfatiza: “Las normas ordenan, pero es la formación la que transforma”.

En la misma línea, Mauricio López destaca el aporte de las prácticas restaurativas como una forma distinta de abordar los conflictos. Estas permiten, explica, “que la convivencia no se construya solamente desde la norma o la sanción, sino desde la responsabilidad, la reparación y el vínculo”.

El valor del vínculo

El fortalecimiento del vínculo aparece como un elemento central en ambas experiencias. En el Liceo Obispo Labbé, esto se concreta en las tutorías relacionales, que buscan acompañar de manera continua a los estudiantes. “No se trata de una conversación aislada, sino de un acompañamiento permanente donde el profesor tutor conoce mejor la trayectoria del estudiante”, explica López. Este acompañamiento permite anticipar dificultades y fortalecer el sentido de pertenencia: “Cuando esa alianza se fortalece, el alumno percibe que no está solo”. 

Desde la experiencia de Panguipulli, Francisco Manqui enfatiza que “la convivencia escolar cumple un rol clave. No se delega, se construye en conjunto”.

Finalmente, ambas miradas convergen en una idea central: el aprendizaje académico y el desarrollo personal no pueden separarse.

“El Aprendizaje Basado en Proyectos ha tenido un impacto muy significativo”, explica López, ya que permite que los estudiantes no solo aprendan contenidos, sino que desarrollen habilidades como “organizarse, cumplir compromisos, escuchar, liderar y resolver desacuerdos”.

Francisco Manqui lo plantea desde la práctica pedagógica: “El desarrollo académico y las habilidades sociales no se trabajan por separado, sino que se integran en la misma experiencia de aprendizaje”. Y concluye con una idea que sintetiza este enfoque: “No enseñamos solo para que los estudiantes sepan más, sino para que sepan convivir mejor mientras aprenden”.

Pedro Díaz, presidente de la Federación de Instituciones de Educación Particular (FIDE)

“Estas iniciativas (legales) responden a una necesidad de seguridad urgente, pero deben dialogar armónicamente con el enfoque formativo”

Desde la Federación de Instituciones de Educación Particular (FIDE), su director, Pedro Díaz, evalúa el estado actual de la convivencia educativa con profunda preocupación, pero también con esperanza en la capacidad transformadora de la educación.

“Observamos que la convivencia se ha visto tensionada por factores externos que permean los muros escolares. No obstante, reafirmamos que el colegio debe ser un ‘lugar de encuentro’ y una comunidad de vida, donde la formación en valores cristianos sea el antídoto contra la fragmentación social”.

Este escenario de incremento de casos de violencia escolar se explica, en buena parte, “por una crisis de salud mental postpandemia, el debilitamiento de la autoridad de las instituciones y una cultura de la inmediatez. Nuestra posición es que las comunidades deben volver al centro de su misión: la pedagogía del acompañamiento. No basta con aplicar protocolos; debemos sanar los vínculos internos bajo el principio de la caridad y la justicia”.

-La reciente Ley 21.809, que pone énfasis en el buen trato y el bienestar de las comunidades educativas, propone un cambio de enfoque. ¿Cómo interpreta este giro y qué desafíos implica para los colegios?

-Interpretamos este giro como una validación de lo que nuestra institución ya promueve: que el bienestar es el suelo donde crece el aprendizaje. El principal reto para los colegios es la gestión del cambio cultural. Implica pasar de una lógica reactiva a una preventiva y sistémica, asegurando que la normativa no asfixie la autonomía de los proyectos educativos institucionales.

-En paralelo, el Gobierno ha impulsado proyectos como el de escuelas protegidas y modificaciones al Código Penal en materia de responsabilidad de estudiantes. ¿Cómo dialogan estas iniciativas con el enfoque formativo que promueve la nueva ley?

-Estas iniciativas responden a una necesidad de seguridad urgente, pero deben dialogar armónicamente con el enfoque formativo. Como FIDE, sostenemos que el resguardo físico es solo la base; la verdadera “protección” de una escuela nace de su clima interno y de la capacidad de los estudiantes de entender la responsabilidad de sus actos frente al prójimo.

-¿Existe el riesgo de que la convivencia escolar se aborde desde una lógica excesivamente punitiva? ¿Cómo se puede equilibrar la necesidad de seguridad con una mirada educativa?

-Existe un riesgo real de judicializar la convivencia escolar. La seguridad no es opuesta a la educación. San Juan Bosco nos enseñaba el sistema preventivo: estar presentes antes de que el conflicto escale. El equilibrio se logra con reglamentos claros que, al sancionar, busquen siempre la reparación y el crecimiento del estudiante, no solo su exclusión.

-¿Qué apoyos requieren hoy los docentes para enfrentar los desafíos de convivencia, especialmente en contextos más complejos?

-Nuestros docentes están en la “primera línea” de la crisis de convivencia. Para cumplir con su misión en estos tiempos complejos, requieren fundamentalmente: formación, tales como herramientas de mediación y resolución de conflictos; cuidado, es decir, estrategias reales de autocuidado y contención emocional y respaldo. Esto es, sentir que ante situaciones complejas cuentan con el apoyo irrestricto de la institución y el marco legal.

-¿Qué mensaje les daría a las comunidades educativas que hoy enfrentan altos niveles de conflictividad, a la luz de estos cambios legales y del contexto actual?

-A las comunidades que hoy enfrentan conflictos: no desfallezcan. Estamos llamados a ser “sal y luz” en tiempos de oscuridad. Los cambios legales son herramientas, pero el verdadero cambio ocurre en el corazón de la relación pedagógica. Confíen en sus proyectos educativos y recuerden que educar es, ante todo, un acto de esperanza y un servicio a la dignidad humana.

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