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Consejos para unas… felices vacaciones

Las dinámicas más simples son a veces las más enriquecedoras. Conversamos con la psicóloga María José Lacámara sobre cómo aprovechar las vacaciones para potenciar los vínculos familiares a largo plazo.

Por: VERÓNICA TAGLE
Consejos para unas… felices vacaciones

«Los vínculos familiares no están rotos, están cansados”, asegura la psicóloga clínica de la Universidad de los Andes, María José Lacámara. El ruido y las pantallas son dos de los principales factores que hacen difícil el escucharse y encontrarnos. En este contexto, las vacaciones son una oportunidad para las familias, pero es importante no llenarlas de actividades y dinámicas complejas. Una conversación sin apuros ni distracciones, ya es un aporte.

-¿Qué herramientas psicológicas concretas se pueden utilizar para contrarrestar esos efectos?

-Las familias se quieren, pero están agotadas. Corremos todo el día, vivimos llenos de ruido y de pantallas, y cuando hay tanto ruido se vuelve difícil escucharnos de verdad. Muchas veces convivimos, pero no nos encontramos. Estamos físicamente cerca, pero emocionalmente un poquito lejos. Y no porque no queramos, sino porque el ritmo de vida simplemente no nos alcanza para conectar como necesitamos.

Para mí, lo primero es aprender a pausar. Suena demasiado simple y fácil, pero cambia todo. Antes de responder, antes de retar, antes de reaccionar… una pausa. Y después, la escucha: no para corregir ni para opinar, solo para escuchar activamente al otro. Validar lo que siente el otro también es algo que tenemos a mano, y lo usamos poco. Y por último, un ritual chiquitito del día –aunque sea un minuto– donde te puedas mirar a los ojos, y estar con el otro sin apuro. Es impresionante lo que un minuto diario y distinto puede cultivar el vínculo.

-Las vacaciones cambian las rutinas familiares en muchos sentidos. ¿Qué dinámicas o estrategias se pueden implementar para sacarles el jugo y acercarse como familia?

-Las vacaciones son una oportunidad increíble porque bajan las exigencias y sube la presencia. Estamos más disponibles, en un modo más lento. Y ahí pasan cosas muy bonitas. Para aprovecharlas, siempre digo lo mismo: bajemos las expectativas. No son para ser “la familia perfecta” o estar full panoramas, sino para disfrutar de lo simple: el poder estar realmente con y para el otro. Las mejores dinámicas son las más sencillas: un desayuno largo, una caminata juntos, una conversación sin pantallas, un juego de mesa en la noche. Lo simple une. No necesitamos grandes planes, sino darnos el espacio para poder estar con el otro.

María José Lacámara, psicóloga clínica de la Universidad de los Andes

«Las vacaciones son una oportunidad increíble porque bajan las exigencias y sube la presencia. Estamos más disponibles, en un modo más lento. Y ahí pasan cosas muy bonitas».

– ¿Cuál es el rol del espacio personal de cada miembro de la familia durante las vacaciones? ¿Qué dinámicas ayudan a respetar ese espacio personal, pero también impulsar la interacción?
 
– Algo que repito mucho es que el espacio personal no es un problema, es una necesidad, y sobre todo en vacaciones. Porque estamos muchas horas juntos y, si no respetamos los momentos individuales, la convivencia se llena de fricciones y peleas. Que cada uno tenga un rato para lo que le gusta: leer, escuchar música, dormir siesta, caminar o salir, es totalmente legítimo. Respetar los momentos personales es el mayor desafío.
 
Y después, sí, obviamente poder buscar encuentros que se elijan, no que se impongan. Un vínculo sano es ese que permite separarse sin culpa y reencontrarse sin distancia.
 
-¿Qué herramientas prácticas de comunicación deben usar los padres para manejar constructivamente los roces y conflictos que inevitablemente surgen durante el tiempo libre compartido?
 
-Los conflictos en vacaciones son totalmente normales. No significan que la familia esté mal, sino que están viviendo juntos. Lo que más ayuda es cambiar el “tú siempre” por el “yo siento”. Cuando hablamos desde nosotros, el otro baja la guardia. Y tener claro que las relaciones saludables no son las que no tienen conflictos, son las que se detienen para repararlos, pedir perdón y seguir adelante. Y algo que para mí es precioso: que la reparación sea rápida. Eso desactiva en segundos lo que podría ser una pelea larga. Y, por último, tener claros los acuerdos con los que nos vamos o llegamos a las vacaciones. Conversar en calma cómo será la dinámica, las reglas, lo que uno espera de los hijos y cómo eso se irá acomodando. La anticipación es una herramienta muy potente cuando hablamos de poder irnos a unas vacaciones donde todos descansemos.
 
– ¿Cómo pueden las familias mantener la conexión emocional y la buena comunicación al volver a sus rutinas?
 
– La conexión que se logra en vacaciones no se mantiene sola; hay que protegerla. Una forma linda es elegir un ritual de las vacaciones y trasladarlo al año.
 
Volver a la rutina no significa perder lo que se ganó; significa elegirlo de nuevo. Incluso una pregunta diaria con un mínimo de presencia puede sostener mucho de esa conexión: “¿Cómo estuvo tu día?”. No es fácil, pero es un lindo desafío que nos podemos llevar para marzo, donde todo empieza a aparecer rápido y sin tregua de nuevo.
 
– ¿Cuál es el rol del aburrimiento y el silencio durante las vacaciones?
 
– El aburrimiento desde mi punto de vista es un tremendo regalo, aunque a veces nos incomode, o nos quite gozo. Porque nos obliga a pausar, a sentir, a crear. Es el espacio donde nacen ideas, conversaciones espontáneas, incluso las risas o los juegos tontos. Los niños y adolescentes necesitan aburrirse más para reencontrarse consigo mismos, y nosotros también.
 
Asimismo, el silencio regula, contribuye a que bajemos los cambios, nos ancla al presente y nos ayuda a escucharnos. Baja el sistema nervioso y nos permite observar al otro con más suavidad y contemplar. Porque, qué poco contemplamos en nuestro día a día y qué lindo es poder hacerlo. En vacaciones, cuando no hay apuros, los silencios se vuelven un regalo. A veces el vínculo no crece en lo que hablamos, sino en lo que simplemente compartimos sin palabras.

 

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