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Abr 2026 - Edición 301

Formación del carácter

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¿Por qué formar el carácter de nuestros alumnos?

Hoy es necesario volver a hablar de formación del carácter: el desempeño académico por sí solo no basta para sostener trayectorias educativas exitosas. Hábitos como la perseverancia, la autorregulación y la responsabilidad no solo influyen en la vida de las personas, sino que también potencian el aprendizaje.

Por: Marcela Paz Muñoz I.
¿Por qué formar el carácter de nuestros alumnos?

En un contexto marcado por la inmediatez, la gratificación instantánea y los cambios sociales acelerados, la formación del carácter ha vuelto a instalarse como una de las prioridades en la educación. Cada vez más especialistas advierten que el desarrollo académico, por sí solo, no basta para preparar a los estudiantes para la vida adulta.

No solo eso, la evidencia es bien consistente en mostrar que formar el carácter se asocia a mejores resultados en aspectos clave de la vida de las personas: mayor bienestar y salud mental (menos depresión, ansiedad y mejor manejo del estrés), mejores relaciones y clima escolar (menos conflictos, conductas disruptivas y bullying), y mejores trayectorias educativas y laborales a largo plazo (mayor permanencia escolar, mejores oportunidades de empleo y menor riesgo de conductas problemáticas). “Incluso se ha visto que las intervenciones escolares bien implementadas pueden tener impactos positivos en los resultados de aprendizaje medidos por pruebas estandarizadas. Además, pueden dejar efectos que duran hasta la juventud y adultez temprana”, señala Trinidad Montes, cofundadora del Programa Fortalezas del Carácter de Fundación Astoreca y creadora de Red Directiva.

Trinidad Montes, Cofundadora del Programa Fortalezas del Carácter de Fundación Astoreca y creadora de Red Directiva.

  “Desde esta perspectiva, el carácter se diferencia de otros conceptos que hoy circulan en el ámbito educativo. Mientras las habilidades socioemocionales se centran en la regulación emocional o la empatía, y la convivencia escolar aborda principalmente normas y resolución de conflictos, el carácter pone el foco en disposiciones más profundas y estables”. Trinidad Montes.

En esa misma línea, Coral Regí, reconocida pedagoga y exdirectora del Colegio Virolai (Barcelona), sostiene que el mundo actual exige personas con fortaleza interior y valores sólidos. A su juicio, el conocimiento sigue siendo necesario, pero no suficiente. “Lo que es imprescindible es que nuestros alumnos tengan realmente unos valores que los preparen para vivir en una sociedad compleja y en constante cambio”, afirma.

En ese sentido, explica que el carácter se relaciona con la fortaleza interior que permite a las personas desenvolverse en contextos exigentes. “Estamos en una sociedad que requiere personas con muchísima fortaleza interior, preparadas para vivir en un entorno complejo”, agrega.

De hecho, señala Joaquín León Parodi, doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra y docente de la Universidad de los Andes, “hablar de educación del carácter siempre ha sido fundamental en los colegios. El problema es que, hace ya bastante tiempo, se instaló de manera un poco artificial una separación entre lo académico y lo formativo. Es decir, se separó la educación académica –lo intelectual– de la formación de la persona, lo que hoy conocemos como educación integral, que va más allá de lo estrictamente académico”.

Explica que esa división nunca debió producirse, porque el ser humano es uno solo y requiere una formación armónica. “La persona es integral y, por lo tanto, la educación intelectual necesariamente repercute en la formación moral o en la educación del carácter, y también ocurre al revés: la educación del carácter influye directamente en el aprendizaje intelectual”.

Un estudiante que desarrolla virtudes –que es precisamente de lo que trata la educación del carácter– aprende mejor y obtiene mejores resultados académicos. “Pensemos en un alumno ordenado, respetuoso, puntual, justo o perseverante: todas esas virtudes favorecen el aprendizaje y permiten que el proceso educativo sea más profundo y significativo”, asegura Joaquín León Parodi.

Más que habilidades socioemocionales

Para Trinidad Montes, el carácter puede entenderse como el conjunto de cualidades personales que ayudan a una persona a vivir bien consigo misma, con los demás y a contribuir a la sociedad. “Se trata de modos de ser habituales que guían el comportamiento de las personas”, explica. Estas disposiciones conectan valores con conductas concretas y permiten orientar la forma en que una persona piensa, actúa y se relaciona con otros.

Coral Regí, reconocida pedagoga y exdirectora del Colegio Virolai.

“El conocimiento sigue siendo necesario, pero no suficiente. Lo que es imprescindible es que nuestros alumnos tengan realmente unos valores que los preparen para vivir en una sociedad compleja y en constante cambio”. Coral Regí

A su juicio, “hoy es necesario hablar de formación del carácter porque, en la vida real, el desempeño escolar por sí solo no alcanza para sostener trayectorias estables y positivas: los estudiantes necesitan hábitos que les permitan perseverar, autorregularse, relacionarse bien y tomar buenas decisiones. La investigación muestra que las llamadas ‘habilidades no cognitivas’, como la perseverancia, la responsabilidad y el autocontrol, influyen en la vida de las personas e incluso pueden tener un impacto positivo en el aprendizaje académico. En este sentido, no me canso de insistir en que no tenemos que elegir: la formación del carácter y el aprendizaje académico se potencian mutuamente”.

En esa línea, Joaquín León Parodi explica que “la definición de carácter aplica tanto al mundo escolar como al mundo no escolar, porque el ser humano es uno solo. No se trata de algo exclusivo del colegio, sino de una dimensión propia de la persona. Si recurrimos a los clásicos, Aristóteles –no es una cita textual– diría que el carácter es el conjunto de disposiciones que llevan al ser humano a obrar bien, a alcanzar el bien. Más adelante, el filósofo Alasdair MacIntyre plantea algo similar al señalar que el carácter consiste en aquellas disposiciones que nos inclinan a actuar de una manera antes que de otra”.

Afirma Trinidad Montes que no se trata de talentos ni de habilidades académicas, sino de modos de ser habituales que guían el comportamiento de las personas. “A diferencia de las “habilidades socioemocionales” (habilidades más específicas centradas en regular emociones, empatizar, relacionarse y tomar decisiones) o el concepto de “convivencia escolar” (más enfocada en normas, clima y resolución de conflictos), el carácter pone el acento en disposiciones estables que conectan valores con conductas concretas: maneras de pensar, sentir y actuar que se viven conforme a un valor más universal, por ejemplo, el respeto. En todo caso, las habilidades socioemocionales son muy importantes y necesarias para formar el carácter”. 

Por ello, advierte la creadora de Red Directiva que, cuando un estudiante no desarrolla virtudes como la perseverancia, la responsabilidad o la fortaleza interior, queda más expuesto a desistir ante las dificultades. “Tiende a renunciar frente al esfuerzo, a excusarse o a culpar al entorno por sus resultados”, señala.

Sucede que, “la educación socioemocional busca que los estudiantes desarrollen competencias que les permitan reconocer, regular y gestionar sus emociones para alcanzar bienestar personal y una mejor convivencia con los demás. En cambio, la educación del carácter apunta a algo distinto: procura que el estudiante crezca en virtudes morales, es decir, en disposiciones que lo orienten a obrar bien y a buscar el bien en sus acciones”.

Joaquín León Parodi, Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra y docente de la Universidad de los Andes

“Un estudiante que no logra adquirir virtudes será, en cierto sentido, una persona incompleta. La razón es simple: a quien no desarrolla virtudes le resulta mucho más difícil obrar bien. Y si entendemos que el ser humano está llamado a buscar y realizar el bien, entonces la formación moral se vuelve esencial para su desarrollo pleno”. Joaquín León Parodi.

La gran diferencia, señala el doctor en Filosofía, es que las competencias socioemocionales, por sí solas, no necesariamente orientan hacia el bien. Una persona puede tener una excelente regulación emocional y utilizarla para fines incorrectos. Por ejemplo, alguien que planifica un delito también necesita controlar sus emociones para actuar con calma y eficacia. En ese caso, las emociones están reguladas, pero no están dirigidas hacia un bien moral.

La educación del carácter, en cambio, sí tiene un norte moral. Apunta al “para qué” de nuestras acciones, y ese para qué es obrar bien. “Por lo mismo, podríamos decir que la educación socioemocional puede ser una parte de la educación del carácter. Para formar virtudes es necesario primero aprender a reconocer y ordenar las emociones. En ese sentido, la educación socioemocional puede entenderse como un primer paso o un fundamento para virtudes como la templanza y la fortaleza, que ayudan a gobernar las emociones y orientarlas hacia el bien”, dice Joaquín.

Una tarea que atraviesa toda la escuela

Para Coral Regí, uno de los riesgos más frecuentes es pensar que basta con mencionar los valores de forma transversal. “Muchas veces decimos que la educación en valores es lo más importante, pero si no hay una estrategia concreta, eso no se concreta ni se evalúa”, advierte.

Por ello, Regí plantea que las escuelas deben contar con planes claros que definan qué virtudes desean desarrollar y cómo se trabajarán en la vida cotidiana del colegio. Esto implica que la perseverancia, el respeto o la responsabilidad se desarrollen en todas las asignaturas. 

“En matemáticas, por ejemplo, los estudiantes aprenden a perseverar al intentar resolver un problema 

complejo; en ciencias, a ser rigurosos con la 

información; y en educación física, a respetar 

reglas y trabajar en equipo”, señala la creadora de Red Directiva.

Para Trinidad Montes, el aprendizaje real ocurre cuando estas virtudes forman parte de la cultura escolar. “La escuela es un laboratorio natural para practicar las fortalezas del carácter”, explica. En ese espacio, los estudiantes enfrentan desafíos académicos, interactúan con otros y aprenden a sostener el esfuerzo frente a las dificultades.

“Un estudiante que no logra adquirir virtudes será, en cierto sentido, una persona incompleta. La razón es simple: a quien no desarrolla virtudes le resulta mucho más difícil obrar bien. Y si entendemos que el ser humano está llamado a buscar y realizar el bien, entonces la formación moral se vuelve esencial para su desarrollo pleno”, señala Joaquín.

Y agrega: “De poco sirve que un estudiante aprenda todo, que tenga grandes habilidades o incluso que llegue a las mejores universidades, si ese conocimiento no está orientado al bien. Lo mismo ocurre con la formación profesional o técnica. Podemos formar excelentes profesionales o técnicos altamente competentes, pero si esas capacidades no están al servicio del bien, algo esencial queda incompleto".

¿Cómo educar el carácter?

La educación del carácter consiste, principalmente, en formar virtudes morales. Y las virtudes morales tienen, podríamos decir, dos dimensiones o elementos. “El primero es la obra externa o material. Por ejemplo, cuando un niño ve un papel en el suelo, lo recoge y lo bota en el basurero, está realizando un acto externo de orden”, señala el académico de la Uandes.

Pero la virtud no se reduce solo a ese acto visible. Existe un segundo elemento, añade el filósofo, que es la disposición interior de querer hacer el bien a través de esa acción. Un niño puede botar el papel en el basurero por muchas razones: porque lo están mirando, porque espera un premio, porque quiere agradar al profesor o porque teme una sanción si no lo hace.

En todos esos casos se realiza la acción externa, pero eso no significa necesariamente que exista virtud. La virtud aparece cuando el niño comprende el bien que hay detrás de ese acto y lo realiza porque reconoce que es lo correcto. "Cuando esa acción se repite –se vuelve un hábito– y, además, existe una disposición interior de querer hacer el bien, entonces podemos decir que esa conducta se transforma en una virtud", señala el académico.

El desafío de la inmediatez

Uno de los desafíos más relevantes para la formación del carácter es la cultura de la gratificación instantánea. Coral Regí advierte que hoy los jóvenes crecen en un entorno donde las recompensas llegan de manera inmediata. “Las aplicaciones, los  likes y las recompensas instantáneas no ayudan a formar personas perseverantes”, señala.

Desde Fundación Astoreca explican que, en ese escenario, la escuela cumple un rol insustituible: “Es donde los alumnos pasan muchas horas al día al cuidado de adultos responsables. En este sentido, la escuela es un laboratorio natural para aprender y practicar fortalezas del carácter. Y esto no ocurre solo en la hora de Orientación. El trabajo académico es muy importante para poner en práctica la capacidad de tolerar la frustración, sostener el esfuerzo y volver a intentarlo, porque ofrece desafíos constantemente”, señala Trinidad. 

Otro aspecto central en la formación del carácter es el rol de los adultos como modelos. Coral Regí sostiene que no es posible enseñar valores si los docentes no los reflejan en su propio actuar. “Un profesor que exige perseverancia, pero no prepara bien sus clases o no revisa adecuadamente los trabajos de los alumnos, demuestra con su conducta que esa virtud no es importante”, afirma.

Educar el carácter no necesariamente implica grandes programas o iniciativas extraordinarias. Muchas veces se trata de gestos simples que se repiten de manera constante: saludar, dar las gracias, pedir por favor o tratar a los demás con respeto.

Estas prácticas cotidianas ayudan a desarrollar virtudes como el respeto, la empatía y la convivencia. Cuando los estudiantes comprenden qué se espera de ellos y reciben retroalimentación formativa, es más probable que incorporen estos valores como parte de su identidad.

Por eso, no es lo mismo educarse en un establecimiento ordenado que en uno donde todo está descuidado o sucio. “Un colegio ordenado tiende a formar estudiantes ordenados. Tampoco es lo mismo un colegio donde las personas se saludan con respeto y mirándose a los ojos, que uno donde nadie se mira ni se saluda. En el primer caso, los estudiantes aprenden naturalmente a tratar a los demás con atención y respeto”, afirma Joaquín León Parodi.

En ese mismo sentido, las normas también cumplen un rol importante. Muchas veces se piensa que estas solo sirven para prohibir, pero en realidad su finalidad es otra. “Por eso, cuando queremos educar el carácter en un colegio, lo primero es mostrar el bien a los estudiantes: ayudarlos a reconocer qué vale la pena y hacia dónde deben orientar sus acciones. Luego vienen las normas, que funcionan como guías o caminos que ayudan a alcanzar ese bien. Y finalmente, al repetir esas acciones una y otra vez, siguiendo esas orientaciones, los estudiantes van adquiriendo hábitos estables. Es ahí cuando esas buenas acciones se transforman verdaderamente en virtudes”, señala el doctor en Filosofía.

Virtudes para el mundo actual

Estas cualidades permiten a los estudiantes enfrentar contextos complejos, adaptarse a situaciones nuevas y sostener sus metas a pesar de las dificultades. Asimismo, contribuyen a construir relaciones respetuosas y colaborativas, algo fundamental para la vida en sociedad.

Trinidad Montes explica que formar el carácter implica ayudar a los estudiantes a desarrollar hábitos que orienten su comportamiento. Cuando estas disposiciones se fortalecen desde la escuela, los alumnos cuentan con herramientas que influyen en su bienestar, en su aprendizaje y en sus relaciones con los demás.

Cuando los alumnos aprenden a perseverar, asumir responsabilidades y convivir con respeto, están adquiriendo herramientas que les servirán mucho más allá de la escuela. Explica Montes que este trabajo no se limita a una asignatura específica, sino que debe impregnar toda la experiencia escolar. Las normas, el lenguaje que utilizan los docentes, las expectativas y las formas de corregir o reconocer conductas influyen directamente en la manera en que los estudiantes comprenden qué es lo correcto.

“En el aula, la responsabilidad y la honestidad se desarrollan con prácticas pequeñas pero consistentes: establecer normas compartidas que determinan qué conductas serán aceptadas y cuáles no, exigir constantemente que se cumplan, usar frecuentemente el lenguaje de las fortalezas para asegurarse de que están en las interacciones diarias, utilizar recordatorios visuales, felicitar describiendo y corregir con claridad. La cultura escolar amplifica o debilita todo lo anterior: cuando normas, lenguaje y expectativas son coherentes y además se refuerzan, el estudiante aprende por inmersión ‘cómo se hacen las cosas aquí’ y termina incorporándolas como parte de su identidad”, afirma la cofundadora del Programa Fortalezas del Carácter. 

Familia y escuela: una alianza clave

Familia y escuela deben educar de manera coherente para desarrollar estas virtudes desde los primeros años. Cuando existe coherencia entre los mensajes y expectativas de ambos espacios, los estudiantes tienen más oportunidades de integrar estas cualidades en su forma de actuar.

Educar el carácter no es un complemento del aprendizaje académico, sino una condición fundamental para que los estudiantes puedan enfrentar los desafíos de la vida personal, social y profesional.

Otro aspecto clave en la formación del carácter es la manera en que la escuela aborda el error. El error puede transformarse en una oportunidad de aprendizaje si se analiza con calma y se buscan estrategias para superarlo.

Este enfoque se relaciona con la idea de que las capacidades pueden desarrollarse mediante el esfuerzo y la práctica. Cuando los estudiantes aprenden que mejorar es posible, se fortalece su disposición a enfrentar nuevos desafíos y a persistir incluso cuando las cosas no resultan a la primera.

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