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Abr 2026 - Edición 301

Formación del carácter

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Por qué cada día cuenta

Solo dos inasistencias en el primer mes pueden marcar el resto del año. En conversación con Revista Educar, Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente, explica por qué marzo es el momento clave para prevenir el ausentismo crónico y qué pueden hacer directivos, docentes y familias para revertir esta tendencia.

Por: Marcela Paz Muñoz I.
Por qué cada día cuenta

Marzo no es solo el inicio del año escolar: es el mes que define la trayectoria de asistencia de miles de estudiantes. Así lo advierte Fundación Presente, cuyos datos muestran que el 74% de los alumnos que presentan ausentismo crónico en marzo –es decir, que asisten al 90% o menos de los días de clase– termina el año en la misma situación. En términos concretos, faltar solo dos días durante el primer mes puede anticipar un problema que se arrastrará hasta diciembre.

Para Rebeca Molina, directora ejecutiva de la fundación, este dato debe leerse como una alerta temprana. “El comportamiento de asistencia en el primer mes nos habla mucho del comportamiento que tendrá el resto del año. No es destino, es una señal para actuar a tiempo”, explica. Marzo ofrece condiciones favorables: los estudiantes vuelven de vacaciones, hay entusiasmo y expectativas renovadas. Si aun así aparecen inasistencias reiteradas, es probable que estas aumenten cuando crezcan las exigencias académicas, el cansancio o las dificultades propias del invierno.

De ahí el llamado a no esperar a mitad de año para intervenir. Revisar quiénes faltaron dos días o más en marzo permite identificar tempranamente a quienes podrían necesitar acompañamiento. Esperar puede significar que el problema se consolide y se vuelva más difícil de revertir.

Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente.

El impacto del ausentismo no se limita a la pérdida de contenidos. Molina distingue dos dimensiones clave: la exposición al aprendizaje y la autoestima académica. En términos pedagógicos, el currículum está diseñado como una progresión. Cuando un estudiante se ausenta reiteradamente, pierde eslabones de esa cadena y le resulta cada vez más complejo comprender los contenidos siguientes. Es como cruzar un puente al que se le van quitando tablas: al principio se puede avanzar, pero llega un punto en que ya no es posible continuar.

Lo emocional detrás del ausentismo

Existe además una dimensión emocional profunda. Cuando un estudiante vuelve después de faltar y no entiende lo que ocurre en la sala, puede comenzar a sentirse incómodo y menos capaz que sus compañeros. Esa percepción impacta directamente en su autoestima académica. La sensación de no comprender lo que sucede puede transformarse en vergüenza o frustración, y eso, a su vez, en nuevas inasistencias. Así se genera un círculo difícil de romper.

Las cifras nacionales refuerzan la urgencia. En 2025, un 44,5% de los estudiantes terminó el año con ausentismo crónico. Esto equivale a cerca de un millón 331 mil niños y jóvenes que no asistieron con la regularidad necesaria. La preocupación no es solo académica. También es una cuestión de protección y bienestar. Si no estaban en clases, ¿dónde estaban?, ¿en contextos seguros y estimulantes? Muchas veces, el ausentismo se vincula con otros indicadores de vulnerabilidad.

Colegio y familia juntos 

 Frente a este escenario, el liderazgo escolar es determinante. El director debe marcar la señal de que la asistencia es prioritaria y explicar por qué lo es. No se trata de un tema administrativo ni se resuelve únicamente con premios o castigos. Implica instalar la conversación en todos los niveles: que los equipos directivos monitoreen la información, que los coordinadores académicos revisen la asistencia junto a los docentes y que los profesores jefes la aborden en reuniones con apoderados.

Las familias también cumplen un rol decisivo. A veces se relativiza la importancia de los primeros días: “No pasa nada si falta”, “todavía no empiezan con materia”. Sin embargo, el mensaje implícito es que asistir no es prioritario. Más que informar con estadísticas, es clave conectar desde lo emocional y mostrar cómo la inasistencia afecta el vínculo con los compañeros, la confianza en sí mismos y las oportunidades futuras.

Bajo la consigna “Marzo define el año”, Fundación Presente promueve una iniciativa orientada a relevar la asistencia como un eje central del aprendizaje. 

Con el lema “Marzo define el año”, Fundación Presente impulsa una campaña que busca instalar la asistencia como un pilar del aprendizaje. El objetivo es que cada día cuente y que marzo sea el punto de partida de un compromiso compartido entre escuela y familia. Porque actuar a tiempo puede cambiar completamente la trayectoria escolar de un estudiante y abrirle oportunidades que, de otro modo, podrían cerrarse antes de tiempo.

En este contexto, marzo se transforma en una oportunidad estratégica para instalar hábitos. La asistencia no es solo presencia física en la sala de clases; es constancia y pertenencia. Los primeros días permiten reconstruir vínculos y establecer expectativas claras. Cuando un estudiante falta en esa etapa inicial, pierde también la posibilidad de reconectar socialmente, lo que puede afectar su integración posterior.

Estrategias concretas

1. Una recomendación central es demostrar que marzo sí vale la pena. Los colegios pueden comunicar qué aprendizajes comienzan desde el primer día y reforzar la idea de que cada jornada aporta algo significativo. Incluso las dinámicas de bienvenida cumplen un rol formativo: fortalecen la convivencia y el sentido de comunidad.

2. Realizar seguimiento temprano. Identificar a quienes presentan inasistencias permite activar redes de apoyo antes de que el problema se agrave. Un llamado oportuno o una conversación con la familia pueden marcar la diferencia. El mensaje debe ser claro: la escuela nota la ausencia y está disponible para acompañar.

3. Tomar conciencia de que marzo no es un mes de transición. Es el punto de partida de una trayectoria que puede consolidarse o debilitarse según las decisiones que se tomen en esas primeras semanas. Actuar a tiempo no solo mejora indicadores, sino que protege el bienestar y las oportunidades de niños y jóvenes. Porque cada día de clase suma, y cada ausencia reiterada resta posibilidades de aprendizaje y desarrollo.

 

Revisa en el capítulo de Educar Conectados la conversación que tuvimos con Rebeca Molina, directora ejecutiva de Fundación Presente.

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