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Regístrate y accede a la revistaFrancisco Moller, director del UNIR Character Project y responsable del programa Potencia, plantea que el desarrollo de las virtudes debe dejar de ser solo una declaración de principios para transformarse en una dimensión estructural, medible y gestionable de la experiencia escolar.
Más allá de los contenidos académicos, existe un consenso transversal en las comunidades educativas respecto de lo que se espera de la escuela: formar buenas personas. Sin embargo, cuando se trata de traducir ese propósito en prácticas concretas, medibles y sostenidas en el tiempo, surgen brechas importantes. Desde esa constatación nace Potencia, un programa que busca instalar el desarrollo de las virtudes como una dimensión estructural de la experiencia escolar, integrándola al currículum, a la gestión pedagógica y a la evaluación formativa. “Queremos que las virtudes no sean solo una declaración, sino una experiencia que se pueda medir, gestionar y comunicar”, cuenta Francisco Moller, director del UNIR (Universidad Internacional de la Rioja) Character Project y responsable del programa Potencia.
-¿Qué significa en la práctica que las virtudes sean una dimensión estructural del proyecto educativo?
-Cuando uno conversa con padres, docentes o directivos y les pregunta qué esperan del paso de sus hijos por el colegio, la mayoría responde que quieren que se transformen en buenas personas, que sean honestas, íntegras y que sepan trabajar en equipo. El problema es que, pese a ser tan relevantes, estas dimensiones no cuentan con los mismos mecanismos de seguimiento y evaluación que las asignaturas tradicionales.
El programa Potencia busca llenar ese vacío, trabajando explícitamente las virtudes a lo largo del ciclo escolar y generando evidencia empírica que permita monitorear ese desarrollo.
-¿Por qué ponen el foco en la educación del carácter y no solo en lo socioemocional?
-Las habilidades socioemocionales apuntan principalmente al bienestar y a la regulación emocional. Las virtudes, en cambio, orientan la acción hacia el bien. No se trata solo de sentirse bien, sino de aprender a tomar decisiones que permitan florecer como persona. La educación del carácter incorpora lo socioemocional, pero va un paso más allá, conectando emociones, conducta y propósito.
-¿Cómo se traduce este enfoque en metodologías concretas?
-Trabajamos con metodologías activas y programas diferenciados según etapa escolar. Contamos con talleres, mentorías, espacios de reflexión, expresión artística y aprendizaje y servicio. En algunos programas, los estudiantes desarrollan proyectos con impacto social, identifican problemáticas de su entorno y aprenden a gestionarlas. También capacitamos a docentes para liderar espacios de conversación significativa, especialmente en los últimos años de escolaridad.
-¿Es posible medir el desarrollo de virtudes?
-Utilizamos escalas validadas para poblaciones juveniles latinoamericanas. Aplicamos mediciones antes y después de las intervenciones y analizamos si existen diferencias estadísticamente significativas. A eso se suman focus groups con estudiantes y profesores, lo que permite triangular información. No hablamos de causalidad directa, sino de asociaciones claras entre las intervenciones y determinados cambios observables.
-¿Qué desafíos han enfrentado?
-Existe una dificultad semántica, porque el concepto de virtud suele asociarse a lo religioso o al adoctrinamiento. Otro desafío es la carga laboral docente, por ello intentamos integrarnos a espacios existentes y no sumar trabajo innecesario. Sabemos que los profesores ya están muy exigidos, pero también que el desarrollo del carácter ocurre en la escuela, lo quieran o no.
En ese contexto, Francisco Moller subraya que el desarrollo del carácter no es un complemento ni una moda, sino una dimensión que ocurre en la escuela, de manera explícita o implícita. La diferencia, plantea, está en si ese proceso se deja al azar o se trabaja con intención, evidencia y acompañamiento. El programa Potencia ofrece a los colegios una hoja de ruta que permita accionar lo que ya está declarado en sus proyectos educativos y avanzar hacia una formación verdaderamente integral.
1. Integrar las virtudes del colegio en el currículum y la vida escolar.
2. Modelado adulto (profesores, directivos y personal administrativo).
3. Alianza colegio-familia para el trabajo conjunto y comunicación de metas y expectativas.
4. Implementar proyectos y programas con resultados y evidencia de éxito.
5. Destacar el rol de los profesores como "modeladores del carácter", sistematizando buenas prácticas.
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