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Regístrate y accede a la revistaEl aporte de las fiestas escolares va mucho más allá del sentido de pertenencia. El investigador argentino Josemaría Camean visitó Chile desde Estonia, donde reside, e investiga sobre la importancia de las celebraciones y tradiciones para educar en el carácter.
Más de ochenta conmemoraciones incluye el calendario patrimonial de Chile en 2026. Celebrarlas en el colegio es una oportunidad para impulsar los valores y el carácter, asegura el investigador argentino Josemaría Camean. El también coordinador de educación del carácter en el colegio Vanalinna Hariduskolleegium, ubicado en Tallin, Estonia, visitó Chile y entregó consejos para sacarles el jugo a estas experiencias.
-¿Por qué las celebraciones escolares son hitos clave para el bienestar emocional?
-Las celebraciones introducen en la vida escolar algo que muchas veces se echa en falta en los sistemas educativos contemporáneos: experiencias compartidas de sentido e identidad, alegría en la convivencia y reconocimiento de bienes comunes. En la rutina escolar cotidiana tienden a predominar las exigencias académicas, las evaluaciones y los objetivos curriculares. Con facilidad caemos en el binomio “enseñar-evaluar”. Las celebraciones, como otras prácticas que involucran a la comunidad escolar, en cambio, crean una interrupción intencional de esa rutina que permite detenerse, contemplar y reconocer aquello que la comunidad educativa considera valioso: la existencia de la propia escuela, la amistad, la familia, la gratitud, la identidad compartida (ya sea en términos institucionales, culturales, nacionales, religiosos, etc.).
-¿De qué manera estas instancias logran humanizar la relación de la comunidad?
-En la clase tradicional, el profesor enseña y el alumno aprende. Se trata de una relación necesaria de carácter formal y muy estructurada. En cambio, cuando una comunidad escolar prepara una celebración o fiesta, un concierto, una feria familiar… los directivos, docentes y alumnos interactúan en cierta manera “como iguales”, sin perder –naturalmente– la identidad propia que corresponde a cada uno según su función. Algo análogo a lo que sucede en el juego, cuando un adulto juega con un niño.
Este tipo de interacción favorece lo que algunos autores llaman un ethos de amistad: un clima de confianza y cuidado recíproco que fortalece la relación educativa. Cuando un estudiante percibe que su profesor no es solamente un transmisor de contenidos, sino alguien que comparte con él un proyecto humano y comunitario, la relación educativa se vuelve mucho más significativa. Los alumnos rinden más, trabajan mejor y más a gusto.
-¿Qué estrategias recomiendas para que los estudiantes pasen de ser espectadores a protagonistas del diseño?
-El cambio fundamental consiste en confiar en ellos y darles responsabilidad real. Naturalmente, de acuerdo a su nivel de madurez. Cuando las celebraciones son diseñadas exclusivamente por los directivos y docentes, los alumnos tienden a ser espectadores. Cuando los estudiantes y docentes perciben que su creatividad, su criterio y su trabajo son tomados en serio, aumenta su autonomía y su compromiso con la vida escolar.
-¿Qué consejos darías a los líderes escolares?
-El primer paso es cambiar el paradigma, la forma de comprender la educación. No se trata de si las celebraciones “quitan tiempo” al aprendizaje, sino de qué tipo de aprendizaje queremos promover. Decidir si educar, “ayudar a crecer”, se limita a la transmisión de conocimientos y ciertas habilidades. La educación integral implica no solo aprender a conocer –adquirir conocimientos– y a hacer, sino también aprender a ser y a convivir.
Por eso, mi recomendación a los líderes escolares sería:
• Integrar las celebraciones dentro del proyecto educativo, no como eventos aislados y carentes de propósito.
• Clarificar su propósito educativo tanto a nivel de la dirección, de los docentes, como del alumnado: ¿qué celebramos? ¿Por qué lo celebramos? ¿Por qué lo celebramos de esta manera?
• Tomar el riesgo de confiar en los estudiantes y sus docentes.
• Diseñar las actividades con calidad estética y participación real (si los directivos y maestros participan, los alumnos comprenderán que la celebración es importante y es “cosa de todos”).
• Reconocer los logros y agradecer a los estudiantes.
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