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Regístrate y accede a la revistaConversamos con dos establecimientos para conocer cómo forman a sus alumnos en valores y en la formación del carácter, donde el ejemplo y los gestos sencillos son fundamentales.
Desde la mediación de conflictos hasta la rutina de formación en el patio, dos liceos Bicentenarios de la RED Irarrázaval demuestran que el carácter de los alumnos no se construye con discursos, sino con ejemplos concretos, coherencia institucional y un acompañamiento que va mucho más allá de lo académico.
El Liceo Bicentenario de Excelencia Agrícola Tecnológico Werner Grob de La Unión, Región de Los Ríos, pertenece a SNA Educa y a la RED Irarrázaval y reciben a 760 alumnos. La psicóloga Mireya Raipane entró al colegio en 2018 y desde 2023 es la encargada de Convivencia Escolar.
Raipane cuenta que los valores se trabajan a nivel de SNA Educa, poniendo la prioridad en el respeto, responsabilidad, lealtad, sinceridad y solidaridad. El enfoque, dice, está en que “el estudiante aprende más de lo que observa que de lo que se le dice". Además, el 30% de sus alumnos viven en el establecimiento, por lo que se hace crítico el rol del profesor acompañante, que “no se limita únicamente al acompañamiento académico, sino que también cumple un rol fundamental en el ámbito formativo y socioemocional”, asegura.
Daniela Ramírez, encargada de Convivencia Escolar, Liceo Bicentenario Minero Juan Pablo II de Alto Hospicio, Región de Tarapacá.
Hacer la fila antes de entrar a clases cumple un rol formativo: permite iniciar la jornada con orden, generar sentido de comunidad y recordar que cada estudiante es parte de un espacio colectivo donde todos influyen en el clima de aprendizaje”.
En este sentido, se buscan profesionales que puedan mostrar autocontrol, comunicación respetuosa, capacidad de escucha y disposición para resolver los conflictos de una manera constructiva.
Dado que el colegio comienza en séptimo básico, un gran desafío es transmitir los valores del establecimiento a alumnos que ya han pasado por otro sistema de formación. Para eso, se aplica un “Plan de Bienvenida” donde abordan las expectativas del colegio, su historia, sus valores y reglamento, y se les entrega el mensaje de que “están en un lugar donde pueden cumplir sus sueños y se les invita a aprovechar las oportunidades que se les entregan”, señala la psicóloga.
Pero la medida estrella ha sido la mediación escolar. Se trata de una herramienta pedagógica para resolver conflictos (entre alumnos, docentes o apoderados) a través del diálogo, donde participan un asistente social, inspectores y psicólogos para ofrecer distintas miradas. Es de carácter preventivo: no se espera a que el conflicto estalle; se interviene ante las primeras señales de tensión observadas en el aula.
Mireya asegura que esta estrategia ha logrado que estudiantes que antes tendían a la impulsividad o confrontación física, ahora solicitan la mediación de forma espontánea. “A través de estos espacios, los alumnos aprenden a expresar sus emociones, a escuchar realmente al otro y a buscar soluciones colaborativas”, comenta.
Mireya Raipane, encargada de Convivencia Escolar, Liceo Bicentenario de Excelencia Agrícola Tecnológico Werner Grob de La Unión, Región de Los Ríos.
El estudiante aprende más de lo que observa que de lo que se le dice, y el rol del profesor acompañante es crítico, pues no se limita únicamente al acompañamiento académico, sino que también cumple un rol fundamental en el ámbito formativo y socioemocional”.
La honestidad, la responsabilidad, el respeto y la lealtad son algunos de los valores que se trabajan en esta instancia, cuenta la profesional, “y no solo desde la teoría, sino que en situaciones reales que los propios estudiantes experimentan en su vida escolar. Los valores también dejan de ser conceptos abstractos y se transforman en habilidades concretas de convivencia, fortaleciendo la formación del carácter y la capacidad de resolver conflictos de manera constructiva”.
La mediación escolar permite, además, enfocarse en los conflictos de los adolescentes. “Muchas veces tenemos una perspectiva más adultocentrista y no les damos la importancia a los conflictos de los jóvenes”. En este sentido, Mireya hace un llamado a dialogar con ellos, para que se sientan comprendidos y agrega que, “lamentablemente, en nuestra realidad, muchos no tienen ese momento de atención. Vienen con muchas conductas que son aprendidas, no escuchan, responden con un grito, y es nuestro deber también como adultos mostrarles que hay otras alternativas que son efectivas, y que en el fondo son aprendizajes para la vida”, concluye.
Integrar el desarrollo socioemocional y la convivencia como parte del proceso educativo cotidiano, no como acciones aisladas, ha sido una de las estrategias más efectivas para impulsar valores y el carácter de sus alumnos, afirma Daniela Ramírez, encargada de Convivencia Escolar del Liceo Bicentenario Minero Juan Pablo II de Alto Hospicio, Región de Tarapacá.
La psicóloga explica que, a través de actividades de convivencia, espacios de participación estudiantil y acciones formativas en aula, se promueve que los estudiantes se reconozcan como parte activa de una comunidad. Esto ha permitido observar un mayor sentido de pertenencia, alumnos que se atreven a expresar sus ideas y talentos, y una convivencia más respetuosa basada en el reconocimiento del otro.
Una práctica concreta que ha resultado muy significativa es la formación diaria de los estudiantes en el patio antes de ingresar a las salas de clases. En ese momento, cada curso se organiza con su docente, se entregan indicaciones generales y se refuerzan aspectos formativos vinculados al respeto, la responsabilidad y la disposición para el aprendizaje.
“Esta instancia, que puede parecer simple, cumple un rol formativo importante: permite iniciar la jornada con orden, generar sentido de comunidad y recordar que cada estudiante es parte de un espacio colectivo donde todos influyen en el clima de aprendizaje”, explica Ramírez y agrega que esta rutina favorece la autorregulación dentro del aula, ya que los alumnos internalizan la importancia del orden, el respeto por los tiempos y la disposición para aprender. Así, un valor que podría parecer abstracto se convierte en un hábito cotidiano que estructura la convivencia y el aprendizaje.
Los docentes, además, tienen la tarea de dar el ejemplo y modelar actitudes como la responsabilidad, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, el respeto en el trato y la capacidad de escuchar a los estudiantes. “También promovemos que los docentes mantengan altas expectativas académicas y personales sobre sus alumnos, acompañándolos con vínculo y orientación socioemocional. Ellos no solo dominan su asignatura, sino que transmiten valores como la honestidad, el compromiso y el respeto por la comunidad, elementos centrales en nuestro proyecto educativo”, agrega Daniela.
“La coherencia institucional es fundamental para nosotros. En nuestro establecimiento entendemos que la formación valórica es responsabilidad de toda la comunidad educativa y no solo de un área específica”, comentan desde el Liceo Bicentenario Minero Juan Pablo II.
Para ello se trabaja con un marco común de valores institucionales, que orienta tanto la gestión pedagógica como la convivencia escolar. Esto implica que el lenguaje, las expectativas y los acuerdos de convivencia sean compartidos por docentes, asistentes de la educación, estudiantes y familias.
Además, se realizan instancias de coordinación entre equipos (como convivencia escolar, coordinación académica, docentes, equipo PIE y asistentes de la educación) para asegurar que los mensajes formativos sean consistentes en todos los espacios del liceo.
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