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Oct 2020 - Edición 245

Educar en el cuidado del medio ambiente

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Un espacio flexible

Así se refiere Benjamín Escabini, arquitecto, al espacio donde ocurre el recreo y complementa: “Un espacio bien resuelto, sobre todo a la hora del recreo, es aquel en que conviven diferentes actos y situaciones con diferentes alumnos y edades”.

Por: Paula Elizalde
Un espacio flexible

Arquitecto y docente de la Universidad Finis Terrae, Benjamín Escabini también estudió dos años psicología porque quería aprender sobre el comportamiento humano. Egresó desde la Universidad de Venecia y, luego, ambos conocimientos los puso en práctica a partir del año 2013 cuando trabajó en una fundación dedicada a la educación en la etapa escolar: “Fue en ese momento donde pude unir lo aprendido en psicología, el amor por la educación y el enseñar desde mi vereda más práctica: diseño y ejecución de proyectos mediante el construir y crear espacios que sean un aporte para sus usuarios”, señala.

El año 2017 Benjamín decide formar su propia oficina de arquitectura: BES Arquitectos, donde desarrolla proyectos con metodología BIM (Building informational modeling), “bajo la misma premisa: arquitectura que genere espacios de calidad personalizada para el usuario”, subraya.

–Has realizado obras en colegios, como bibliotecas y otros espacios. A la hora de pensar en un colegio, y sobre todo en el área de recreación, como arquitecto, ¿qué consideras importante?, ¿qué debiera tener un colegio sí o sí considerando la hora del recreo?

Me parece que sí o sí, lo que debería tener es una secuencia de espacios equilibrados para usos mixtos y personales. Un colegio es, ante todo, un espacio comunitario. Éste debe plantearse como un lugar que sea capaz de albergar multitudes de diferentes edades para desarrollar diferentes actividades. Ese espacio debe ser “flexible” y promover las naturales mutaciones que los alumnos realizan para apropiarse de ese lugar.

Creo que un espacio bien resuelto, sobre todo a la hora del recreo, es aquel en que conviven diferentes actos y situaciones con diferentes alumnos y edades. Un espacio, lugar abierto o cerrado, para este caso, debe promover un uso flexible para que cada grupo pueda desarrollarse en su máxima intensidad en un tiempo acotado (recreo). Por lo cual debería pensarse como un soporte de actividades más que como un lugar estático. Esto es a lo que me refiero: un espacio flexible, no hay nada más bonito que ver estos lugares llenos de alumnos desarrollando múltiples actividades y sintiéndolo propio.

Por otra parte, siguiendo la secuencia de espacios, debe haber espacios personales, no aislados, pero sí que permitan transformar esa intensidad del recreo en un refugio mágico, soñador… donde la intensidad se canaliza en un lugar de carácter más íntimo, que permita a dos o tres alumnos intercambiar opiniones, experiencias, emociones. Perfectamente se podría pensar como un habitáculo de intercambio personalizado.

–Respecto a la construcción y el diseño de espacios educativos, ¿qué hay que tener en cuenta para que todo lleve al aprendizaje?, ¿cómo lograr que espacios de sala de clases y exteriores sean de aprendizaje?

Lo primero es plantearse el uso que van a tener ciertos lugares y proponer “atmósferas” adecuadas para ello. Si es una biblioteca, debe tener luz y fomentar el silencio. Pero, a la vez, debe ser capaz de expresar contenidos que capten la atención del alumno.

El uso del color y de distintos materiales es fundamental. Gracias a esos elementos uno es capaz de generar espacios acogedores, luminosos y alegres. La psicología del color –un tema que me he preocupado de alimentar desde mis inicios como estudiante– y ciertos materiales producen reacciones emocionales en quienes los usan, por lo cual intervienen nuestro estado de ánimo, pudiendo contribuir a generar lugares calmos o, por el contrario, espacios vibrantes que promueven la actividad física. Todo esto contribuye a generar esa “atmósfera” del lugar.

Un buen ejemplo de esto puesto en la práctica es lo realizado en 2017, cuando diseñamos el primer jardín infantil en la fundación con la metodología BIM, una política pública a nivel global que, en ese entonces, estaba recién llegando a Chile.

El diseño, ya no como obra gruesa, fue concebido para generar “atmósferas” en las que los niños y sus apoderados pudiesen potenciar al máximo sus cualidades. Utilización de la luz, colores, espacios centrales y secundarios de acuerdo a figuras geométricas que permiten el correcto funcionamiento y desarrollo de las diferentes actividades propias de un jardín infantil, con el desafío de que quienes lo ocupasen, lo sintieran suyo. Sobre todo, en un lugar con un contexto social de alto riesgo, con un presupuesto acotado, pero con un impacto altísimo para la comunidad.

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