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Regístrate y accede a la revistaEn tiempos en los que la educación enfrenta múltiples desafíos –humanos, culturales, tecnológicos, relacionales y espirituales–, urge volver a poner en el centro a la persona en toda su dignidad. La educación integral no puede ser una moda o una técnica más: es una vocación profunda que asume la formación del alumno en su completud. En palabras siempre actuales del Papa Francisco, educar es “una obra de misericordia, que humaniza y transforma” (Evangelii gaudium, 2013). Pero esta labor integral requiere de educadores íntegros.
Según Antonio Pérez Esclarín, “una educación de calidad debe ser integral, es decir, atender a todas las dimensiones del ser humano y no solo a la académica o instrumental”. Desde esta mirada, formar implica cultivar la mente, el corazón y el espíritu, desarrollando competencias, virtudes y sentido de trascendencia. Anclada en esta mirada, la educación integral será capaz de formar en lo humano –saber convivir, amar, escuchar, decidir con libertad–, en lo profesional –saber pensar, razonar, crear, resolver–, en lo espiritual –saber trascender, tener sentido, vivir con fe y esperanza–. Educar integralmente forja el carácter de las personas y las prepara para la vida.
David Isaacs propone que la formación del carácter es clave para consolidar una personalidad sólida, libre y comprometida con el bien común. Todo educador debe preguntarse: ¿qué tipo de personas estoy formando? La respuesta a esta pregunta dependerá, en gran parte, de la calidad humana, espiritual y profesional de quien educa. Solo educadores íntegros, con un carácter trabajado y con virtudes vividas, pueden aspirar a formar personas íntegras. Una educación de excelencia exige educadores de excelencia. Si queremos mejores resultados, necesitamos mejores educadores.
Las virtudes humanas como fundamento de la formación integral
La formación de virtudes humanas es un eje esencial de cualquier proyecto educativo integral. Como bien señala David Isaacs, “no se puede educar solo con conocimientos, sino con la fuerza del ejemplo y la perseverancia en las virtudes”. Entre las virtudes que deben trabajarse en el colegio destacan:
• Responsabilidad: forma alumnos confiables, conscientes de su rol en el aula, en su familia y en la sociedad. Fomenta la autonomía y el sentido del deber. Promueve un ambiente de respeto mutuo y compromiso con el trabajo bien hecho.
• Empatía: permite resolver conflictos, construir puentes de diálogo y generar climas sanos de convivencia escolar. Forma alumnos capaces de escuchar activamente, respetar la diversidad y actuar solidariamente.
• Fortaleza: desarrolla resiliencia, perseverancia ante los desafíos y capacidad de levantarse tras los fracasos. Esta virtud fortalece el carácter y previene la desesperanza frente a la adversidad.
• Templanza: regula el dominio propio, el respeto en la convivencia la madurez emocional. Fomenta el autocontrol, la reflexión antes de actuar y el desarrollo de una vida equilibrada.
• Justicia: forma estudiantes respetuosos de normas, equitativos en sus juicios y promotores del bien común. La justicia es clave en la construcción de vínculos sanos y en la prevención de abusos de poder.
• Esperanza: motiva a los jóvenes a proyectarse, confiar en Dios y mantenerse animados aun en la adversidad. La esperanza permite enfrentar las incertidumbres con una actitud positiva y proactiva.
Estas virtudes no se enseñan solo desde la teoría, sino a través de la experiencia cotidiana, del testimonio docente, de la cultura escolar y de las oportunidades concretas de servicio. Por eso, ¿qué tanto se trabajan estas virtudes en el día a día del aula? ¿Los estudiantes las viven o solo las repiten? ¿Y los docentes, las modelan o solo las enseñan? El mejor instrumento de motivación es el ejemplo personal: lo demás solo son técnicas más o menos efectivas.
el aporte de David Isaacs
Una de las contribuciones más valiosas de David Isaacs a la educación integral es su propuesta de enseñar las virtudes de acuerdo con las etapas evolutivas del niño y adolescente. Esta invitación ofrece una guía concreta para padres y docentes a la hora de educar y aseguran el éxito de la educación integral en casa y en la escuela. Veamos la propuesta de Isaacs:
• De 3 a 6 años: hábitos de orden, sinceridad, obediencia, generosidad.
• De 6 a 9 años: laboriosidad, amistad, respeto, gratitud.
• De 9 a 12 años: responsabilidad, fortaleza, justicia, sinceridad.
• De 12 a 15 años: pudor, templanza, lealtad, sociabilidad.
• De 15 a 18 años: prudencia, autonomía, compromiso, espíritu crítico.
Educar en las virtudes adecuadas en el momento oportuno fortalece la madurez del carácter. Además, ayuda a prevenir muchas problemáticas escolares que derivan del individualismo, la baja tolerancia a la frustración o la falta de hábitos firmes. Pensemos, ¿estamos enseñando las virtudes que corresponden al momento evolutivo de nuestros estudiantes? ¿Hay una planificación estratégica de la formación del carácter o lo dejamos librado al azar? ¿Nos formamos para saber formar?
Cuando los valores se hacen cultura escolar
En un colegio TP, los docentes decidieron trabajar durante un semestre el valor de la gratitud. Se elaboraron cápsulas audiovisuales con testimonios de estudiantes, docentes y apoderados. Se propuso una “semana de la gratitud”, con cartas a los padres, agradecimientos a los auxiliares y espacios de oración. En un primer momento, algunos docentes y familias consideraron que era algo superficial. Sin embargo, gracias al esfuerzo y al trabajo de todos, al finalizar el semestre se notaron cambios en la actitud de los alumnos: disminuyeron las quejas, aumentaron los gestos de cortesía y mejoró el clima escolar.
Crecer es posible
El caso anterior muestra que el trabajo con valores genera cambios positivos en la conducta y la apertura de la mente a nuevas realidades. Al respecto, Carol Dweck, psicóloga de Stanford, propone el concepto de “mentalidad de crecimiento” como la creencia de que las capacidades pueden desarrollarse a través del esfuerzo, la perseverancia y el aprendizaje constante. Esta perspectiva es clave en una educación integral, ya que invita a superar el miedo al error y a valorar el proceso más que el resultado.
¿En qué destaca un educador con mentalidad de crecimiento? Sobre todo en tres acciones: motiva a sus estudiantes a esforzarse sin rendirse; corrige desde la esperanza, no desde la culpa; y se forma continuamente, modelando lo que enseña. Una comunidad educativa con esta mentalidad promueve la mejora continua, la valoración de los talentos diversos, la resiliencia ante los fracasos y el surgimiento de líderes capaces de influir en el medio en el que se desarrollan. ¿Estamos educando solo para el saber, o también para el ser y el convivir?
Tips para equipos directivos: |
1. Definir el perfil del egresado que desean formar. 2. Generar espacios formativos para docentes, centrados en virtudes humanas. 3. Evaluar proyectos no solo en aprendizajes cognitivos, sino también en indicadores de formación personal. 4. Incluir a las familias en el proceso formativo, como alianza. 5. Promover un liderazgo basado en el testimonio, la escucha y la coherencia. 6. Comunicar permanentemente el sentido trascendente de la educación. |
Tips para docentes: |
1. Ser ejemplo viviente de las virtudes que se enseñan. 2. Integrar las dimensiones humana y espiritual en cada asignatura. 3. Transformar errores en oportunidades formativas. 4. Cultivar relaciones personales con cada estudiante. 5. Orar con los alumnos, buscando unir fe y vida. 6. Escuchar con empatía y responder con firmeza y caridad. |
BIBLIOGRAFÍA
1. Antonio Pérez Esclarín, Educación integral de calidad.
2. David Isaacs, La educación de las virtudes humanas y su evaluación.
3. Denyz Luz Molina Contreras, Hacia una educación integral.
4. Carol Dweck, Mindset: la actitud del éxito.
5. Papa Francisco, Evangelii gaudium.
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