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Sep 2026 - Edición 306

Formar técnicos para un presente que cambia

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Del taller a la industria: cómo la educación TP se acerca a los procesos productivos del futuro

La automatización, la simulación y los entornos digitales están modificando la forma en que algunos liceos técnico-profesionales preparan a sus estudiantes. Más que incorporar tecnología por sí sola, el desafío es reducir la distancia entre lo que se aprende en el establecimiento y lo que ocurre en una industria que cambia cada vez más rápido.

Por: Ximena Cruz.
Del taller a la industria: cómo la educación TP se acerca a los procesos productivos del futuro

Un estudiante diseña un circuito, programa una secuencia, prueba su funcionamiento y descubre que algo no resulta. Pero, en vez de que el error implique detener una máquina o dañar un componente, puede volver atrás, corregir y probar nuevamente en un entorno digital. Solo después lleva ese aprendizaje al mundo físico.

Ese tránsito, desde la simulación hacia situaciones cada vez más cercanas a la realidad productiva, está comenzando a modificar la formación técnico-profesional. En un escenario marcado por la automatización, la digitalización y la incorporación constante de nuevas tecnologías, el desafío ya no es únicamente enseñar a utilizar una máquina. También es preparar a los estudiantes para comprender procesos, resolver problemas y adaptarse a herramientas que probablemente seguirán cambiando durante su vida laboral.

"(Los estudiantes) pueden simular circuitos y sistemas automatizados, equivocarse en un entorno digital seguro y corregir esos errores antes de llevarlos al entorno físico”. Arturo Catalán.

En el Liceo Industrial Vicente Pérez Rosales, de Quinta Normal, que forma parte de la RED Irarrázaval, esa búsqueda se ha traducido en laboratorios de automatización, robótica y manufactura integrada. Su director, Arturo Catalán, explica que parte de este camino surgió luego de conocer experiencias formativas en Sajonia, Alemania, donde la enseñanza técnica se desarrolla en estrecha relación con el sector productivo.

Pero también ha sido clave mirar lo que ocurre más cerca. La relación con empresas donde los estudiantes realizan procesos de alternancia permite identificar qué conocimientos y competencias están siendo demandados. “Nos damos cuenta de los requerimientos, tanto en conocimiento como en habilidades y competencias técnicas, que nuestros estudiantes requieren para enfrentar el contexto que se vive en cada una de estas empresas”, señala Catalán.

La misma necesidad de acercar la formación a los cambios de la industria impulsó al Liceo Industrial Domingo Matte Pérez, también parte de la RED Irarrázaval, a incorporar gemelos digitales y softwares de simulación. “Las transformaciones en la industria son vertiginosas, especialmente en el área automotriz, entonces requeríamos modernizar la especialidad”, explica su directora, María Alejandra Vidal Poza. Estas herramientas, agrega, permiten que los estudiantes practiquen y comprendan procesos industriales en un entorno virtual antes de enfrentarse a equipos y situaciones reales.

"Observamos que los estudiantes, a través de la práctica involucrada en la simulación, comprenden de mejor manera los aprendizajes, con mayor rapidez y profundidad”. María Alejandra Vidal.

Aprender antes de llegar a la máquina

La simulación introduce una diferencia importante en la manera de aprender. El estudiante deja de limitarse a observar un procedimiento y comienza a intervenir en él, probar alternativas y enfrentar las consecuencias de sus propias decisiones.

Catalán explica que buscan avanzar “de un aprendizaje reproductivo a uno significativo”, donde los jóvenes sean capaces de “interpretar, diseñar, construir, programar, probar y corregir”.

Herramientas como Tinkercad permiten, por ejemplo, simular circuitos eléctricos, trabajar con sensores, programar secuencias automatizadas y detectar fallas antes de trasladar esos conocimientos a un entorno físico.

El valor del entorno virtual está precisamente en que permite equivocarse. “Pueden simular circuitos y sistemas automatizados, equivocarse en un entorno digital seguro y corregir esos errores antes de llevarlos al entorno físico”, explica Catalán.

En el Domingo Matte Pérez ocurre algo similar. En Electricidad, los estudiantes pueden practicar conexiones y diagnosticar posibles fallas antes de realizar un montaje real. En Mecánica Industrial pueden simular el funcionamiento de una máquina sin exponerse, por ejemplo, a sobrecalentar un motor o dañar equipamiento de alto costo.

Para Vidal, el efecto no se reduce a disminuir riesgos. “Observamos que los estudiantes, a través de la práctica involucrada en la simulación, comprenden de mejor manera los aprendizajes, con mayor rapidez y profundidad”, señala.

Pero la simulación no busca reemplazar esa experiencia. El paso siguiente es salir del entorno virtual. Visitas técnicas, pasantías y procesos de alternancia permiten trasladar lo aprendido hacia contextos productivos y enfrentarse progresivamente a las exigencias del mundo laboral.

Mantenerse al ritmo de la industria

Esa conexión con la realidad productiva también responde a uno de los principales desafíos de la educación técnico-profesional. La tecnología avanza con rapidez y los establecimientos no siempre pueden renovar sus talleres al mismo ritmo que las empresas. Catalán reconoce que se trata de “un desafío constante” y explica que, cuando una determinada tecnología no está disponible en el liceo, buscan otros espacios formativos.

En ese escenario, el vínculo con el sector productivo adquiere un papel central. Las empresas reciben estudiantes, facilitan el acceso a talleres y laboratorios, aportan equipamiento y tecnología y también generan instancias de capacitación y pasantías para docentes.

Para Vidal, esa actualización permanente debe alcanzar igualmente a quienes enseñan. “Debemos buscar y tratar de mantener una constante capacitación y especialización de los docentes. Por eso es importante conservar la vinculación con la empresa y el sector productivo de forma permanente”, explica.

A esto se suman dificultades más concretas, como el alto costo de los softwares de simulación y sus licencias, además de la necesidad de mantenerlos actualizados y adaptar la formación a los cambios que experimenta la industria.

El objetivo, sin embargo, va más allá del manejo de una herramienta específica. Ambos establecimientos buscan desarrollar competencias técnicas junto con capacidades como la resolución de problemas, la autonomía, el pensamiento crítico, el trabajo colaborativo, el liderazgo y la comunicación.

Vidal destaca que este tipo de formación también entrega una base para la continuidad de estudios y para la incorporación al mundo laboral. Los estudiantes pueden practicar primero en entornos virtuales, aplicar luego esos conocimientos en equipos reales y enfrentarse con mayor preparación a experiencias en empresas.

La retroalimentación del sector productivo permite, a su vez, observar cómo se traduce este trabajo fuera del liceo. Como resume Catalán, “existe una muy buena percepción y evaluación del desempeño de nuestros jóvenes en el mundo de la empresa”.

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