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Regístrate y accede a la revistaA partir de problemas del entorno, el Centro de Innovación y Tecnología (CIT) conecta el currículum de la educación técnico-profesional con objetivos de aprendizaje activo. Entre 2022 y 2025, sus actividades llegaron directamente a más de 4.600 estudiantes, con más de 30 retos implementados y reconocimientos nacionales e internacionales.
En el Centro de Innovación y Tecnología (CIT), la innovación no comienza con una herramienta ni dentro de la sala de clases, sino con una necesidad concreta del entorno. A partir de la escucha del territorio, sus proyectos conectan los aprendizajes de la educación técnico-profesional con problemas reales y desafían a los estudiantes a poner en práctica sus conocimientos y competencias para desarrollar soluciones con un propósito.
Como explica Cristián Venegas, coordinador del centro, “un proyecto en el CIT nunca nace en la sala de profesores: nace afuera. El primer paso es siempre la escucha territorial, es decir, sentarnos con alguien que tiene un problema que no sabe resolver”. Una vez identificada, esa necesidad se transforma en un reto de aprendizaje y se vincula con los objetivos del currículum.
-¿Cómo se desarrolla un proyecto de innovación TP en el CIT, desde la identificación de una necesidad hasta la creación de una solución?
-El caso más nítido es AgroSmart, desarrollado en convenio con la Ilustre Municipalidad de Padre las Casas. El punto de partida fue una constatación incómoda: los pequeños productores de la comuna enfrentan escasez hídrica y costos crecientes, pero la tecnología que podría ayudarlos está fuera de su alcance económico.
La pregunta que les entregamos a los estudiantes de la especialidad de Electricidad fue simple y difícil: ¿cómo automatizamos un cultivo con un presupuesto que un productor de Padre las Casas pueda pagar? A partir de ahí, el proceso tuvo cuatro etapas. En la primera, los equipos investigaron la agricultura local y descartaron soluciones que en el papel funcionaban, pero en el terreno no. En la segunda diseñaron: diagramas eléctricos, selección de materiales, planificación de la construcción. En la tercera montaron las estructuras, hicieron el conexionado, programaron el control y automatizaron el sistema. En la cuarta pusieron los prototipos a prueba y los presentaron ante la comunidad y actores del entorno agrícola.

Cristián Venegas, ingeniero y coordinador del Centro de Innovación y Tecnología Juan de Dios Vial Larraín.
El producto final fueron sistemas hidropónicos automatizados y comederos automáticos, con monitoreo mediante microcontroladores ESP32 y piezas fabricadas por ellos mismos en impresión 3D en nuestro laboratorio i-Factory.
-¿Cómo incorporan metodologías activas para acercar la formación TP a los desafíos reales del mundo laboral?
-Nuestro marco de trabajo es ETHAZI, el modelo de Aprendizaje Colaborativo Basado en Retos desarrollado por la formación profesional del País Vasco. La diferencia entre ETHAZI y un proyecto escolar tradicional está en tres decisiones. La primera es la intermodularidad: el reto no pertenece a una asignatura, sino que integra varios módulos que deben sincronizarse, de modo que el contenido teórico llegue justo cuando el equipo lo necesita para avanzar. La segunda es la autogestión: los equipos asumen roles y toman decisiones reales, incluida la de equivocarse. La tercera es la evaluación por competencias orientada a la evolución, con rúbricas que miden tanto el desempeño técnico como las habilidades transversales asociadas: trabajo en equipo, responsabilidad, autonomía y comunicación.
La articulación curricular la hacemos al revés de como suele hacerse. No inventamos un proyecto y después buscamos qué aprendizajes esperados caben adentro. Levantamos primero los aprendizajes de los módulos involucrados y luego diseñamos un reto lo bastante ancho para contenerlos. Un ejemplo del que estoy particularmente orgulloso es el reto “Proyecto Aurora”, en el módulo de Automatización. El contenido es duro y árido: el comportamiento de un motor de corriente continua.
En vez de presentarlo como una unidad, lo entregamos como un expediente clasificado de 1962: un dispositivo de origen desconocido que un equipo técnico debe caracterizar en cuatro sesiones, con documentos que imitan la identidad gráfica de la época. Los estudiantes miden, formulan hipótesis, las descartan y llegan por su cuenta a la relación entre tensión, velocidad y torque.
-¿Qué rol cumplen los docentes y los estudiantes en esta forma de innovar?
-El cambio de rol docente es el punto más exigente de todo esto, y conviene decirlo sin adornos: para un profesor con veinte años de oficio, pasar de explicar a acompañar se siente al principio como perder el control de la clase. El docente deja de ser la fuente de la respuesta y pasa a ser quien diseña la situación, formula buenas preguntas, observa desempeños y devuelve retroalimentación.
Para que eso sea posible se requiere una condición material, no un discurso: horas. El equipo del CIT trabaja con horas colaborativas protegidas en el horario –el año 2024 destinamos 33 de las 86 horas semanales del equipo a trabajo colaborativo y acompañamiento docente–. Sin ese tiempo asignado formalmente, la coordinación intermodular no ocurre, porque nadie coordina módulos en el recreo.
-¿Qué resultados concretos han observado a partir de estas experiencias de innovación?
-Prefiero partir por las cifras, porque una experiencia sin datos es una anécdota. Entre 2022 y 2025, las actividades del CIT alcanzaron a más de 4.600 estudiantes de manera directa. Acumulamos sobre treinta retos de aprendizaje activo implementados, cerca de cincuenta docentes que han conducido al menos un reto y más de ciento treinta docentes capacitados. Hemos realizado cuatro versiones de la Feria CIT, seminarios internacionales de metodologías activas y sumamos doce premios o reconocimientos, incluida una medalla de bronce en WorldSkills y el oro latinoamericano de robótica en Lima.
Las innovaciones en un liceo TPLa innovación educativa no se sostiene con entusiasmo, sino con cuatro condiciones concretas. Si falta una, el modelo se cae.
Tres consejos para partir:● Empiece por un solo reto, con un problema real y un interlocutor externo de carne y hueso, y evalúelo bien. Un reto documentado vale más que diez actividades sueltas. ● No compre tecnología antes de tener la pregunta pedagógica; el equipamiento sin propósito se transforma en museo. ● Documente desde el primer día, aunque sea en una carpeta simple, porque lo que no se registra no se transfiere. |
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