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Regístrate y accede a la revistaEn el Mes de la Educación Técnico Profesional, Agustín Porres, director regional para América Latina de Fundación Varkey, invita a mirar el liderazgo escolar desde una pregunta clave para este tiempo. En medio de la inteligencia artificial, la transformación del trabajo y los cambios culturales, formar para el futuro exige algo más que preparar en competencias técnicas. También implica construir confianza, fortalecer a los docentes y acompañar a los jóvenes en su desarrollo.
La educación técnico-profesional ocupa un lugar decisivo en la formación de jóvenes que se preparan para ingresar al mundo del trabajo. En talleres, especialidades y experiencias prácticas, desarrollan habilidades concretas y se acercan a sectores productivos que cambian cada vez más rápido. En un contexto marcado por la inteligencia artificial y la automatización, esa formación también enfrenta una pregunta de fondo.
Agustín Porres es director regional para América Latina de Fundación Varkey, institución que busca educación de calidad para todos los niños, a través del fortalecimiento de la posición de los docentes. Para él, el desafío no está solo en actualizar contenidos o incorporar nuevas herramientas tecnológicas. Antes de eso, las comunidades educativas deben volver a preguntarse qué tipo de personas quieren formar. Agustín plantea que “estamos dejando de preguntarnos solo qué deben aprender los estudiantes para empezar a preguntarnos quiénes queremos que lleguen a ser”. Esa interrogante no puede ser respondida por una inteligencia artificial, porque toca el sentido mismo de la educación.
Desde esa mirada, liderar una escuela hoy exige conducir procesos pedagógicos, tecnológicos y humanos al mismo tiempo. En la educación técnico-profesional, preparar para el trabajo es fundamental, pero queda incompleto si no considera también el carácter, la responsabilidad, la colaboración y la capacidad de seguir aprendiendo.
Para Porres, uno de los elementos centrales para conducir comunidades escolares es la construcción de confianza. “La evidencia académica señala que la confianza es reconocida como un elemento clave en las escuelas de alto desempeño”, afirma. Ese vínculo permite que docentes, directivos, estudiantes y familias puedan comprometerse con un proyecto común.
También advierte que los sistemas educativos muchas veces muestran brechas de confianza. Cuando padres, profesores, estudiantes, directivos y autoridades desconfían unos de otros, las comunidades se vuelven más defensivas y menos dispuestas a innovar. Agustín lo resume con una imagen concreta cuando afirma que “si no construimos confianza, nos vamos metiendo para adentro, no arriesgamos y terminamos en soledad”. Por eso, una escuela necesita vínculos que sostengan el cambio, porque “para arriesgar necesitamos alguien al lado que nos sostenga”.
Docentes al centro de la formación integral
De acuerdo con el director regional, los docentes son la gran palanca para mejorar los aprendizajes. Aunque las escuelas pueden invertir en infraestructura, incorporar inteligencia artificial, renovar programas o sumar recursos tecnológicos, el impacto de un buen profesor sigue siendo irremplazable.
En una época en la que muchas conversaciones educativas giran en torno a la innovación tecnológica, Porres reconoce el aporte de estas herramientas, pero recuerda que el vínculo pedagógico sigue siendo central. Como afirma, “nada reemplaza el impacto de un buen docente”, porque son ellos quienes transforman los contenidos, acompañan las dificultades y hacen de una clase una experiencia que deja huella.

"Las habilidades técnicas pueden quedar obsoletas en pocos años; el carácter, el juicio y la capacidad de aprender son los que permiten reinventarse una y otra vez. En un mercado laboral cambiante, esa capacidad de adaptación se vuelve decisiva". -Agustín Porres.
En la educación técnico-profesional, ese rol adquiere una dimensión muy concreta. Los docentes no solo transmiten conocimientos técnicos. También enseñan modos de trabajar, responsabilidad con una tarea, cuidado por los detalles y respeto por quienes se beneficiarán de ese trabajo. En muchos casos, ayudan a los estudiantes a descubrir sus capacidades y a proyectar un camino posible para su vida.
Desde esa mirada, poner a los profesores al centro implica fortalecerlos, acompañarlos y generar condiciones para que puedan enseñar mejor. Porres lo expresa al señalar que “si queremos mejorar los aprendizajes de los estudiantes, el camino más directo y tal vez el más exigente sigue siendo fortalecer a quienes todos los días están frente al aula”.
Lo irremplazable en tiempos de inteligencia artificial
La irrupción de la IA ha abierto nuevas posibilidades para la educación. Puede facilitar procesos, ampliar el acceso a información y ofrecer herramientas para personalizar aprendizajes. Sin embargo, también plantea preguntas sobre el sentido de educar y sobre aquello que las escuelas no deberían delegar.
Para Agustín Porres, la tecnología debe ser pensada desde el propósito educativo. La pregunta de fondo no está solo en cómo usarla, sino en qué tipo de personas se busca formar. El conocimiento puede estar disponible en segundos, pero aprender a discernir, actuar con responsabilidad, trabajar con otros y construir una vida con sentido requiere experiencias, vínculos y referentes humanos.
Porres destaca que virtudes como la empatía, la integridad y la capacidad de construir una vida con sentido seguirán dependiendo de vínculos humanos. Esto resulta especialmente importante para la educación técnico-profesional, porque los jóvenes deberán adaptarse a nuevas tecnologías, tomar decisiones, colaborar con otros y enfrentar escenarios laborales cambiantes.
Esta reflexión también interpela a los equipos directivos. Liderar en tiempos de cambio exige gestión, pero también virtudes personales. De acuerdo con el profesional, hacen falta “la humildad para escuchar y seguir aprendiendo; la valentía para impulsar cambios cuando son necesarios; la esperanza para sostener el rumbo incluso en momentos difíciles; y la templanza para no dejarse llevar por cada urgencia del día”.
Agosto es el Mes de la Educación Técnico Profesional, y la conversación sobre liderazgo adquiere un sentido particular. Esta formación suele asociarse a empleabilidad, competencias laborales y preparación para sectores productivos. Sin embargo, esa preparación debe mirar más allá de lo técnico, porque “las empresas no contratan solo conocimientos técnicos; buscan personas capaces de colaborar, liderar, comunicarse, aprender y tomar buenas decisiones”, afirman desde Fundación Varkey.
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Tres claves para tener en cuenta |
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1.- La formación integral no compite con la empleabilidad, sino que la fortalece en el tiempo. Porres lo plantea al advertir que “las habilidades técnicas pueden quedar obsoletas en pocos años; el carácter, el juicio y la capacidad de aprender son los que permiten reinventarse una y otra vez”. 2.- La educación técnico-profesional tiene una riqueza formativa propia. En talleres, prácticas y proyectos, los estudiantes aprenden el valor del esfuerzo, la responsabilidad, la colaboración y la satisfacción de transformar una idea en realidad. 3.- Muchos docentes y escuelas técnicas tienen una vocación profundamente orientada al servicio. Allí se aprende haciendo, pero también se aprende a responder por el trabajo bien hecho y por su impacto en otros. Cuando una comunidad logra formar a alguien que “sabe hacer bien su trabajo y, al mismo tiempo, es una buena persona, virtuosa, ese joven tiene todo por delante”. |
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