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Regístrate y accede a la revistaEn medio del aumento de hechos de violencia en establecimientos educacionales y la discusión legislativa sobre convivencia escolar, el académico reflexiona sobre el rol de la autoridad docente, la comunidad educativa y los límites de las respuestas punitivas.
En un contexto marcado por episodios de violencia en escuelas y un intenso debate público, el rol del profesor vuelve al centro de la discusión. A partir de su reflexión sobre la autoridad docente, el sociólogo y columnista del diario El Mercurio, académico de la Universidad Diego Portales, José Joaquín Brunner, analiza los distintos tipos de violencia presentes en el sistema escolar, cuestiona las respuestas centradas en la sanción y pone el foco en la necesidad de reconstruir la comunidad educativa.
-En el contexto actual, ¿cómo interpreta el fenómeno de la violencia escolar?
-Es un tema complejo y muy presente en el debate público. Lo primero es no hablar de “la violencia” como algo único, porque existen violencias distintas. Una de ellas, la más cotidiana, son las microagresiones físicas, psicológicas y hoy también digitales, que forman parte de la vida escolar. Estas han existido siempre, pero hoy pueden ser más intensas y permanentes, especialmente por el efecto de las redes sociales.
Estas formas de violencia están vinculadas al proceso de socialización y al clima cultural de la comunidad escolar. En ese contexto, el rol del docente como autoridad moral es fundamental, y lo que observamos es que esa autoridad se ha ido erosionando por múltiples razones.
-¿Por qué es clave recuperar la autoridad docente?
-Porque sin esa autoridad es muy difícil generar un clima adecuado para el aprendizaje. Esta autoridad no es solo formal, sino también práctica: se construye a partir del conocimiento, la experiencia y la capacidad de influir en los estudiantes. Tradicionalmente, el profesor era reconocido como una autoridad profesional, pero hoy ese reconocimiento se ha debilitado. Si no logramos restituir esa legitimidad, tanto formal como práctica, es difícil pensar en una mejora sostenida de la convivencia y los aprendizajes dentro del aula.
-¿Cómo se puede avanzar en esa recuperación?
-Es un proceso que requiere múltiples acciones. La principal es reconstruir la comunidad escolar como un espacio compartido. Hoy vemos desconfianza entre profesores, directivos, estudiantes y familias, lo que debilita el sentido de comunidad.
Sin esa base, las medidas de control o sanción tienen poco efecto. La escuela necesita recuperar un clima donde se compartan valores, exista un proyecto común y se genere un entorno adecuado para enseñar y aprender.
-¿Qué opina de las políticas más punitivas frente a la violencia escolar?
-Existe el riesgo de reducir el problema a sanciones y vigilancia. Estas respuestas suelen surgir en contextos de alta preocupación social, donde se buscan soluciones rápidas. Sin embargo, aumentar las sanciones no resuelve necesariamente los problemas de fondo.
Ya se han implementado distintas medidas de este tipo y no han sido suficientes. Enfocar la discusión solo en lo punitivo deja de lado lo esencial: la reconstrucción de la comunidad escolar y el fortalecimiento del rol docente.
-¿Qué rol juega la relación entre familia y escuela?
-Es fundamental, pero también ha cambiado. Las estructuras familiares hoy son diversas, y no es realista esperar que la escuela supla todas las funciones que antes se atribuían a la familia tradicional.
El problema surge cuando se le exige a la escuela hacerse cargo de temas que van más allá de su rol, como problemas sociales complejos o de salud mental. Eso sobrecarga a los profesores y dificulta su tarea principal. Lo que se necesita es fortalecer el vínculo entre el hogar y la escuela, generando espacios de colaboración reales.
-¿Qué mensaje les daría a los docentes hoy?
-A pesar de todo, los profesores siguen siendo una profesión central para la sociedad. En contextos de crisis, se recurre a ellos más que nunca. Por eso, es clave que se les reconozca y se les trate con dignidad profesional.
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