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Regístrate y accede a la revistaMaría José Ortúzar. Magíster en Filosofía Uandes. Especialista en temas de Educación y Familia.
Un estudio del 2025 realizado por la fundación Horizontal muestra que cerca de 23.000 docentes menores de 40 años (equivalente al 14% de la dotación docente actual), han dejado las aulas. De ellos, el 76% son profesores que tienen, apenas, 5 años de experiencia o incluso menos. Pero eso no es todo: a este último grupo pertenecen un número importante de los profesores con los mejores rendimientos académicos. Es decir, aquellos que tenían más opciones de carreras, y de los que se puede suponer que la vocación fue la motivación en su elección. Es manifiesto que estos preocupantes datos nos obligan a indagar en las posibles razones que están detrás, pues tienen incidencia directa en la educación de nuestros niños.
En este espacio, desde luego, no se pueden abordar las causas, las que, por su complejidad, requieren de un estudio serio y multidisciplinario. Simplemente, quisiera hacer referencia a algunos elementos que podrían estar a la base de este problema, con el propósito de hacer un aporte a una reflexión más amplia.
“Para educar a un niño, se necesita una tribu entera”.
Un viejo dicho africano, que sintetiza maravillosamente toda una visión de la educación, reza que “para educar a un niño, se necesita una tribu entera”. Y es que, efectivamente, la vida humana nos muestra que la tarea educativa es una realidad compleja, y en la que están comprometidas la sociedad y cultura en general, aunque desde luego, con distintos tipos, ámbitos y grados de responsabilidad. Leonardo Polo, el afamado filósofo español fallecido hace pocos años, definió “educación” de una manera sencilla, cercana al sentido común. Según él, educar es “ayudar a crecer”. Esta concepción de educación parte del reconocimiento de un simple dato de la experiencia universal, simple, pero que a veces no advertimos en su profundidad, a saber, que el humano nace carente e inmaduro, y que debe ser guiado y acompañado por otros para su plenitud. Requiere, por tanto, del acompañamiento de otro, que ya haya recorrido el camino, para que le ayude a hacer el suyo propio. Y aquí está el elemento central: que las personas no somos seres aislados, autosuficientes. Somos seres que dependemos de otro, que lo que tenemos lo hemos recibido y estamos aquí porque alguien se hizo cargo de nosotros y nos cuidó en nuestra indigencia.
Lo anterior no habla sólo de nuestra debilidad o incapacidad congénita. Paradójicamente, más bien por el contrario. Habla de nuestra gran potencialidad y de la responsabilidad conjunta que tenemos todos en el despliegue y realización de lo humano. Es sorprendente lo disímiles que son las crías humanas en relación a las de otras especies. Nacen, aunque sean de término, prematuras: con un cráneo desproporcionado, que aún no cierra porque su cerebro está muy inmaduro, y cuyo proceso de crianza requerirá de años. El camino hacia la independencia del individuo humano puede extenderse hasta pasados ¡los 25 años!! Independencia, por otro lado, que nunca es total. Ninguna otra especie tiene un período de crianza tan largo, ni siquiera cercano al nuestro. La naturaleza ha dotado a los otros animales de un instinto potente y de diversas herramientas, que los habilitan para desenvolverse por su cuenta rápidamente. Comparativamente hablando, el humano nace menos dotado. No obstante, es en esa “carencia” inicial donde radica la fuente de sus potencialidades: la naturaleza le dio menos, para que, desde su condición de ser racional, libre y social, pueda darse a sí mismo mucho más. Estrictamente hablando, justamente en virtud de la amplitud que le da su inteligencia, el humano no está nunca clausurado o “acabado”, y siempre, mientras viva, es capaz de un crecimiento ulterior, en un sentido u otro. Es decir, es siempre sujeto posible de educación.
El profesor como autoridad.
Aceptar y valorar que necesitamos de otro, no sólo para la sobrevivencia, sino también para nuestro crecimiento integral, es, a mi juicio, uno de los principios en los que se basa la educación. La validación de la autoridad radica, justamente, en el reconocimiento de que aquel en quien está depositada, ha alcanzado un expertis y un desarrollo que es valioso, y que puede transmitírmelo y así crecer en algún aspecto de mi persona. Le es constitutivo al proceso educativo la presencia de una cierta asimetría, cuyo reconocimiento es necesario para la educación misma. Y lo es porque la educación no es un proceso en que el beneficiario sea pasivo, al modo de la arcilla en manos del artesano. Es un proceso personal, en el cual el sujeto mismo se dispone adecuadamente para apropiarse de lo entregado y así crecer. Educar es ayudar a crecer, pero el que crece, el que realiza este movimiento, es el educando. Él es el protagonista, el actor del proceso. No es posible el proceso educativo sin el concurso activo del que se educa.
Con lo anterior, quiero entrar en el primer elemento que, a mi juicio, puede estar entre las razones de la desmotivación docente, que es el de la falta de reconocimiento de la autoridad del profesor, la que no proviene sólo desde los alumnos, sino incluso a veces antes, de parte de los mismos apoderados, primeros modelos. Se ha extendido la visión del profesor como un “empleado”, al que se le paga por un servicio (ya sean los padres o el Estado), y que debe estar disponible para las exigencias, que pueden ser diversas, del “consumidor”. Su trabajo es evaluado, muchas veces por el criterio del consumidor mismo, quien no siempre valida su carácter profesional. Muchos apoderados han asumido que ser responsables de la educación de sus hijos significa ser los fiscalizadores, a veces muy exhaustivos, de lo que ellos creen que es el servicio correspondiente que deben recibir. Se establece así una superioridad, al modo de una relación de transacción, en la que el cliente exige aquello por lo que paga. Y esta visión es traspasada, la mayoría de las veces inconscientemente, de los padres a sus hijos.
Desde esta mirada, se desarma la relación originaria que debiera haber entre el profesor y el alumno, que abordamos anteriormente, a saber, la de acompañamiento, en un proceso que el beneficiario directo es el niño mismo. El profesor no es un antagonista del apoderado, compitiendo por la autoridad con respecto al niño, sino otro de los agentes que el niño mismo necesita en razón de la complejidad que implica su desarrollo, y de la cual el padre no puede hacerse cargo, tanto por razones prácticas como por la falta de las competencias necesarias.
Menos es más.
El segundo elemento que quiero abordar es que el colegio o la escuela deberían ser un espacio en el que se garantice las condiciones para el aprendizaje en las diversas áreas del conocimiento y sus competencias afines. Esto implica reconocer que la escuela no puede ser la responsable y el lugar de solución de todos las carencias y problemáticas de la sociedad actual. Se confunde el hecho de que en el colegio se visibilicen esos problemas, con que sea el lugar que pueda hacerse cargo de todos ellos. Esta confusión ha llevado a una sobrecarga en los docentes, a veces verdaderamente imposible. El profesor debe, en la práctica, ser docente, (muchas veces siguiendo alguna técnica educativa hecha por expertos de las que abundan), psicólogo, educador diferencial, mediador familiar y abogado especializado en Convivencia; todo esto con 40 alumnos por sala. Los colegios están ahogados con la burocracia que se les impone desde el Estado, con infinidad de protocolos rígidos, que no dejan espacio para el criterio de los directivos y los docentes, y que absorben su tiempo y sus energías. La vocación docente se ve confrontada con esta realidad, que a veces abre un abismo entre el corazón de la tarea docente, y la práctica. Cualquier profesor, de cualquier tipo de establecimiento, ha tenido la experiencia de recibir, por ejemplo, de parte de algún especialista de la salud, una serie larga de indicaciones, muy detalladas, sobre cómo enseñar, evaluar y abordar la disciplina de su paciente, práctica que se repite con frecuencia con un número importante de alumnos. Así, el profesor puede tener esas listas de indicaciones para, por ejemplo, ocho de los cuarenta alumnos, correspondientes, a su vez, a sólo uno de sus siete cursos. Sólo hay que sacar las cuentas y aplicar criterio de realidad.
El docente es un educador, desde luego, pero no el único. La educación, entendida en un sentido amplio como el que venimos tratando, es tarea de la sociedad en su conjunto; de las familias, la cultura, los legisladores y políticos, los comunicadores, los profesionales de la salud, etc, y cada actor ha de hacerse cargo del ámbito que le corresponde, sin olvidar, al mismo tiempo, que el niño es un sujeto único, que ha de ser atendido en su integridad. Es necesaria una mirada sistémica, realista, que distinga responsabilidades sin perder la unidad, y que descomprima a los colegios para que puedan atender a lo que debiera ser su foco.
Ludwig Mies van der Rohe, representante del minimalismo arquitectónico, hizo célebre la sintética frase de “menos es más”. Tal vez este principio sea el que nuestro sistema educativo requiere, para el bien de las futuras generaciones.
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