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Regístrate y accede a la revistaLa reciente implementación de la Ley N°21.801, que prohíbe el uso de celulares y dispositivos electrónicos en establecimientos educacionales, ha abierto un nuevo debate sobre el rol de la tecnología en la vida de niños y jóvenes. Sin embargo, los datos muestran que esta regulación convive con una realidad distinta dentro de los hogares.
Una encuesta del Centro UC de la Familia y la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile, aplicada a 390 padres y cuidadores de niños de hasta seis años, reveló que el 67% de los adultos reconoce que sus hijos se exponen diariamente a pantallas de teléfonos celulares.
Carolina Salinas, directora del Centro UC de la Familia, explica que esta situación refleja una paradoja: mientras la ley busca regular el uso de dispositivos en el ámbito escolar, en el entorno familiar persiste un acceso temprano y frecuente a las pantallas. Según señala, esta normativa posiciona a Chile entre los países latinoamericanos que cuentan con regulación en esta materia, y tiene como objetivo “buscar un equilibrio entre la tecnología y la convivencia escolar”.
Desde la investigación, el foco estuvo en comprender cómo se da este equilibrio en la vida familiar, especialmente en niños entre cero y seis años. Los resultados evidencian un acceso permitido a las pantallas desde edades muy tempranas, junto con un desconocimiento de sus efectos en el desarrollo infantil. A esto se suma una tensión entre lo que los adultos saben —o intuyen— y las decisiones que toman en la práctica cotidiana.
Nicole Elizondo, coordinadora del proyecto del Centro de la Familia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, profundiza en esta contradicción. La encuesta muestra que cerca del 60% de los apoderados cree que los niños no deberían usar pantallas o que deberían hacerlo por menos de 30 minutos al día. Sin embargo, en la mitad de los hogares estos dispositivos forman parte del uso cotidiano.
Para la especialista, este fenómeno se explica, en parte, porque los niños aprenden por imitación. Si los adultos utilizan constantemente el celular, los niños replican esa conducta. Así, desde muy temprana edad, logran identificar funciones y aplicaciones de los dispositivos antes de desarrollar habilidades básicas como el lenguaje, la identificación de colores o la capacidad de tolerar la frustración.
En este contexto, la ley aparece como un avance relevante, pero también como un punto de partida. Salinas plantea que su objetivo es recuperar el vínculo humano y favorecer la concentración, así como el desarrollo de habilidades que solo se logran a través del contacto directo entre las personas. Sin embargo, advierte que la prohibición por sí sola no es suficiente si no se acompaña de un trabajo con las familias.
La encuesta también muestra que el 76% de los cuidadores declara supervisar siempre el contenido al que acceden los niños, y un 65% señala que restringe su uso en determinados momentos. No obstante, las expertas coinciden en que supervisar no implica solo controlar lo que se ve, sino también modelar conductas y acompañar el uso de la tecnología de manera formativa.
Desde la evidencia científica, el impacto de las pantallas en la primera infancia es significativo. Nicole Elizondo explica que los primeros años de vida son clave, ya que es en ese periodo donde se forman las conexiones neuronales que sostendrán el desarrollo cognitivo, emocional y social. Cuando este proceso se reemplaza por el uso intensivo de pantallas, se pueden generar efectos negativos en áreas como el lenguaje, la regulación emocional y la resolución de problemas.
Además, investigaciones recientes han comparado el uso de dispositivos con dinámicas similares a las adicciones, debido al alto nivel de estímulos que generan. En niños mayores, especialmente entre los 8 y 12 años, los algoritmos de las redes sociales intensifican la exposición a contenidos, lo que puede impactar negativamente en la salud mental.
Otro dato relevante de la encuesta es que un 10% de los niños pequeños utiliza celulares por más de dos horas diarias. Frente a esto, las recomendaciones internacionales, como las de la Organización Mundial de la Salud, sugieren evitar completamente el uso de pantallas en menores de dos años y postergar su incorporación lo máximo posible en la primera infancia.
En este escenario, el desafío no solo está en la regulación, sino también en la coherencia entre lo que ocurre en la escuela y en el hogar. La ley busca ordenar el uso de dispositivos en el espacio educativo, pero su efectividad dependerá, en gran medida, del rol de los adultos en acompañar, modelar y orientar el uso de la tecnología en la vida cotidiana de los niños.
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