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Ago 2025 - Edición 295

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Educar con sentido: historias de Formación Integral que dejan huella

En tiempos en que la educación enfrenta desafíos complejos y cambiantes, diversas comunidades escolares han decidido mirar más allá del rendimiento académico y apostar por una educación que abarque todas las dimensiones del ser humano. La formación valórica, la conexión con otros y el sentido de propósito se han vuelto pilares fundamentales para construir trayectorias escolares que no solo formen buenos estudiantes, sino también personas íntegras, resilientes y comprometidas.

Por: Marcela Paz Muñoz I.
Educar con sentido: historias de Formación Integral que dejan huella

Cuatro experiencias distintas, pero profundamente conectadas por una misma convicción –que la educación debe transformar vidas–, ilustran cómo hoy es posible educar con sentido. El Programa 1000 Horas del Colegio Padre Pedro Arrupe, el modelo integral de SNA Educa, el enfoque humanista de Fundación Nocedal y la propuesta de Fundación “Lo que de verdad importa” son ejemplos concretos de cómo hacerlo.

En el Colegio Padre Pedro Arrupe, ubicado en la comuna de Quilicura, el Programa 1000 Horas ha logrado consolidarse como un verdadero sello institucional. Nacido hace once años, este proyecto buscó desde sus inicios enriquecer el quehacer educativo con experiencias formativas que fueran significativas, prácticas y conectadas con la vida real de los estudiantes.

“En las quince mil horas que un estudiante pasa en el colegio, desde prekínder hasta cuarto medio, quisimos que al menos mil de esas fueran vivencias orientadas al desarrollo integral”, explica Cecilia Cordero, rectora del establecimiento que forma parte de la RED Irarrázaval. Hoy, esas horas han sido superadas ampliamente: más de 2.800 han sido dedicadas a actividades que van desde salidas pedagógicas y encuentros con comunidades, hasta proyectos personales que promueven la reflexión, la autonomía y el compromiso social.

Cecilia Cordero, rectora del Colegio Padre Pedro Arrupe, parte de la RED Irarrázaval.

"El Programa 1000 Horas nace como una respuesta concreta ante la necesidad de enriquecer nuestro proyecto educativo, mediante diversas experiencias prácticas, significativas y formativas que potencien el desarrollo de habilidades transversales en nuestros estudiantes”.

Estas experiencias no son actividades aisladas, sino que están articuladas de forma coherente con el currículum nacional y adaptadas a cada etapa del desarrollo. Cada nivel tiene al menos una experiencia significativa pensada para fortalecer habilidades transversales como la comunicación efectiva, la empatía, el trabajo en equipo, la autorregulación y la conexión con el entorno.

El vínculo, como pilar del Proyecto Educativo Institucional (PEI), es promovido intencionadamente. En las salidas fuera de la región, los grupos se conforman con estudiantes de diferentes cursos, lo que permite que se generen nuevos lazos, conversaciones profundas y un mayor sentido de comunidad. A través de estas experiencias, los alumnos aprenden también a relacionarse con personas y territorios diversos, desarrollando una actitud respetuosa, abierta y comprometida.

“El impacto se nota en la motivación, en la participación y en el compromiso de nuestros estudiantes”, afirma la rectora. “Los vínculos que se generan no solo enriquecen el aprendizaje, sino que dejan una huella emocional y formativa que acompaña a los jóvenes más allá del colegio”.

El programa también ha involucrado de manera activa a los docentes. “Maestros 1000 Horas” es una instancia formativa creada especialmente para los profesores que acompañan las salidas, permitiéndoles vivir previamente las experiencias con sus estudiantes. De este modo, pueden mediar desde su propia vivencia, enriquecer los espacios de reflexión y fortalecer su rol como referentes. Las familias, por su parte, son parte esencial del proceso, acompañando, apoyando y reforzando en casa los aprendizajes que emergen fuera del aula.

El caso de SNA Educa

Para la red de colegios SNA Educa, formar personas íntegras implica conjugar el desarrollo técnico, académico y valórico de manera inseparable. “Educamos a los estudiantes para que actúen con responsabilidad, empatía y compromiso con su entorno. La formación valórica atraviesa todas las dimensiones del quehacer escolar”, señala Ema Anatibia, directora académica.

Los valores institucionales –honestidad, respeto, responsabilidad, perseverancia, solidaridad, lealtad y orden– se concretan a diario a través de diversas estrategias: asignaturas como Formación Humana y Emprendimiento; la figura del profesor acompañante, que guía integralmente el desarrollo de cada estudiante; y actividades anuales orientadas a promover la sana convivencia, el liderazgo positivo y el sentido de comunidad.

Ema Anatibia, directora académica de
SNA Educa.

"Educamos a los estudiantes para que actúen con responsabilidad, empatía y compromiso con su entorno. La formación valórica atraviesa todas las dimensiones del quehacer escolar”.

Uno de los aspectos más distintivos del modelo es la formación emprendedora. A través de una línea curricular que abarca desde primero a cuarto medio, los estudiantes desarrollan habilidades como la iniciativa, la autogestión, la resiliencia y la creatividad. La competencia “Crear y Emprender” y la Feria de Emprendimiento son espacios en los que los alumnos presentan proyectos sociales o comerciales, poniendo en juego lo aprendido de forma concreta y desafiante.

“El objetivo no es solo que emprendan un negocio, sino que comprendan que tienen herramientas personales para transformar su vida y aportar a su comunidad”, explica Ema.

Todo esto se desarrolla desde una perspectiva humanista-cristiana, donde el estudiante es visto como un sujeto activo, con dignidad intrínseca y potencial transformador. La construcción de una sana autoestima, la valoración del otro como igual y el uso de los talentos al servicio del bien común son principios orientadores que se expresan en cada decisión pedagógica y formativa.

La experiencia de Fundación Nocedal

Desde los colegios de la Fundación Nocedal, ubicados en las comunas de La Pintana y Puente Alto, la formación integral se ha convertido en una prioridad irrenunciable. “Creemos firmemente que es clave para formar personas con valores y virtudes sólidos, capaces de enfrentar los desafíos del futuro y aportar de manera significativa a la sociedad”, afirma Andrés Benítez, encargado de Formación y Convivencia de Fundación Nocedal.

En sus comunidades escolares, la base del desarrollo humano es lo valórico y espiritual, inspirado en una educación católica que favorece el bienestar emocional y crea ambientes que promueven el buen trato. En ese marco, cada interacción cotidiana –desde la sala de clases hasta los patios– se convierte en una oportunidad formativa. “Más allá de los programas específicos, creemos que la clave está en las relaciones humanas cotidianas”, señala Benítez.

Si bien implementan programas como PASOS (Universidad de los Andes) o Incredible Years, lo esencial es el rol del docente como referente. Por ello, cuentan con instancias permanentes de formación para fortalecer su compromiso ético y espiritual. Además, la familia ocupa un lugar central: “Cuando logramos que estas se involucren y se comprometan con nuestro proyecto, el impacto en los estudiantes es profundo”, agrega.

Los resultados de este modelo ya se ven en sus egresados. Evaluaciones internas y externas revelan que los jóvenes formados en este entorno destacan por su adaptabilidad, compromiso y espíritu de servicio. “Esto nos confirma que una formación sistemática y coherente sí genera frutos concretos y transformadores en la vida de las personas”, concluye Benítez.

El valor de mostrar lo extraordinario

La Fundación “Lo que de verdad importa” lleva más de 15 años compartiendo valores universales a través de historias reales que inspiran, emocionan y movilizan. En Chile, la directora ejecutiva de la institución, Sara Cerda, ha sido testigo de cómo un relato bien contado puede cambiar la mirada de cientos de jóvenes.

“Mostrar lo extraordinario es darle valor a lo que muchas veces pasa desapercibido: personas que, en medio de dificultades, deciden salir adelante y ayudar a otros. Eso conecta, emociona y transforma”, dice. Los congresos gratuitos que organiza la Fundación reúnen a jóvenes frente a testimonios potentes: personas que han superado una adicción, enfrentado la pérdida o transformado el dolor en servicio.

“El primer cambio que vemos es en el lenguaje. Pasan del ‘no puedo’ al ‘puedo intentarlo’. Más del 94% evalúa la experiencia con nota entre 8 y 10”, comenta Cerda. Pero más allá de las cifras, lo que realmente impacta es lo que ocurre después: alumnos que organizan campañas solidarias, que buscan ayuda emocional, que se comprometen con su entorno de una manera distinta.

Para la Fundación, la empatía es la clave. Cuando los jóvenes se ven reflejados en las historias que escuchan, comprenden que no están solos. “En un mundo lleno de ruido y sobreinformación, una historia bien contada detiene, toca emociones y deja huella”, afirma la directora.

Adaptar el mensaje a diferentes contextos no ha sido fácil. Cada colegio es distinto y cada generación tiene sus códigos. Pero Cerda asegura que los jóvenes de hoy están más abiertos que nunca a hablar de propósito, de resiliencia y de emociones, siempre que se haga con autenticidad: “No quieren discursos vacíos. Quieren personas reales que hayan vivido lo que cuentan”.

A pesar de sus diferencias, estas cuatro experiencias coinciden en una certeza: educar no es solo enseñar contenidos, sino formar personas con sentido, vínculos significativos y herramientas para la vida. Ya sea a través de una salida educativa, un emprendimiento escolar, una comunidad que acompaña o una historia inspiradora, lo esencial es conectar con lo humano y ofrecer espacios de formación integral.

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