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La educación artística, de la que hemos hablado antes en estas páginas, y la educación técnica, de la que hablamos ahora, deben reconocerse como dos focos para forjar una nueva educación, para una educación de calidad. En Chile encontramos excelentes experiencias relacionadas con lo anterior, en Quilicura, Buin, Antofagasta, Coltauco, San Miguel, Puente Alto, Cerro Navia...
Asimismo, se pueden reconocer iniciativas diversas que contribuyen a fortalecer esas modalidades de educar: las realizadas por el propio grupoEducar, la Fundación Arturo Irarrázaval, la Fundación World Skills Chile, la Asociación de Industriales de Antofagasta, las Fundaciones SNA y Belén Educa o Nocedal, la ONG Canales... O lo que hacen en su ámbito Inacap, Duoc UC, Santo Tomás, entre otras...
A estas iniciativas se han venido a agregar quince CFT estatales, cuyo pronóstico es dudoso si bien aún prematuro. Su génesis y desarrollo presentan más preguntas que respuestas. ¿Por qué se van a acreditar recién a los seis años de funcionamiento? ¿Por qué se los crea al alero de universidades estatales? ¿Es que la educación técnica por sí sola no puede subsistir y debe permanecer como allegada en otra entidad cuyo fin es distinto?
La clave del éxito de una buena educación técnica está relacionada con su vinculación estrecha a los sectores productivos. Es el secreto del éxito en Alemania, Austria, Singapur, Corea, Australia...Y es también la clave del éxito de las instituciones que en Chile lo hacen bien en este ámbito.
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