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Regístrate y accede a la revistaEste nuevo colegio de la Fundación NOCEDAL se encuentra ubicado en el sector Bajos de Mena, en la comuna de Puente Alto. La complejidad del lugar radica no solo en el nivel de pobreza, sino además en la alta densidad de personas que viven en el lugar. Todo aquello no ha sido excusa para crear una fuerte comunidad y un espacio sano y seguro para el aprendizaje. Conversamos con su director, Miguel Arce.
En el año 2011, en el apogeo de la revolución pingüina, un grupo de jóvenes ajenos al establecimiento quiso entrar las dependencias del colegio, pero se encontraron con un conjunto de padres con una fuerte convicción, por dentro y por fuera, de que nadie podría arrasar con el sueño de sus hijos. Contra viento y marea querían defender lo que era suyo, “un lugar en el que la vida de sus hijos comenzaría a cambiar, un sitio donde su futuro empieza”, asegura el director del colegio Nocedal en esa época, Miguel Arce.
Ya han pasado algunos años y Miguel es ahora el director del colegio PuenteMaipo. Asegura que los padres y apoderados de sus alumnos “agradecen que se tengan altas expectativas de todos los estudiantes lo que permite que cada uno entregue lo más que pueda, que existan normas claras y conocidas por todos, como también la seriedad profesional de los profesores y la preocupación por cada uno de los estudiantes ”.
—¿Cómo se ha generado ese espíritu y ese amor por el establecimiento?
—Para ellos, el colegio no es solo una “institución educativa”, es “su colegio”, parte de sus recuerdos, un lugar donde pueden juntarse en familia los fines de semana. En definitiva, es su aliado incondicional en la educación de lo que más quieren, sus hijos.
—¿Han creado ambientes favorables para el aprendizaje? ¿Cómo se define un ambiente sano para el aprendizaje?
—Creo que un ambiente sano para el aprendizaje, es decir un entorno que sea capaz de estimular y lograr en los alumnos aprendizajes — desarrollo de habilidades, adquisición de conocimientos “duros” y experiencias estéticas—, es aquel que se construye sobre la base de la clara conciencia de que la escuela es un lugar y momento especial e irrepetible, en donde no hay tiempo que perder, porque el próximo mes puede ser demasiado tarde. La infancia y adolescencia requieren del mundo adulto lo que todavía les es ajeno —pues aun están en proceso—: conocimiento preciso y pertinente, normas claras y justas, posibilidad de aprender en grupo y apoyo individual cuando cada alumno lo requiera. Lo anterior, en un ambiente en el que se combine el rigor de un trabajo bien hecho con la acogida y calidez que cada cual necesita como ser individual.
La construcción y mantenimiento de este tipo de ambientes requiere, a nuestro juicio, de un plan maestro que señale los lineamientos precisos para lograrlo; de un equipo de directivos y profesores capaces de transformar esos principios en “cultura institucional”. Asimismo necesita de un empeño constante, no solo en enseñar sino también en “educar”, tarea en la que se ha de implicar directamente a los padres.
—¿Qué rol juega el profesor en ese objetivo?
—Siendo la sala de clases el lugar y momento en que se produce la mayor parte de los aprendizajes, la tarea del docente es principalísima. Es tan importante que, cada minuto de su labor en el aula, necesita haber sido pensada previamente, pues nada debería quedar al azar. Lo anterior requiere de mucho trabajo previo, por lo tanto de tiempo suficiente para diseñar, investigar, definir estratégicamente las actividades y elaborar un muy buen material de trabajo. Esto, que a primera vista puede parecer imposible, no lo es cuando se logra en la escuela un trabajo colaborativo, de modo que la clase preparada por un profesor no queda restringida a su patrimonio personal sino que pasa a ser parte del “activo cultural” de la escuela.
Me ha tocado ver en varios lugares más en el extranjero que en Chile, cómo dos o más profesores trabajan en la planificación de una misma clase, llegando hasta el detalle de cronometrar los tiempos destinados a cada actividad. Luego de aplicada la clase, se reúnen nuevamente para corregirla o no de acuerdo a la experiencia del aula. Esa clase planificada en detalle y ya pasada por el tamiz empírico de la experiencia en aula queda disponible para los profesores que al año siguiente deberán acometer el mismo tema con otro grupo de alumnos. Ya no se parte de cero, al contrario, hay mucho trabajo recorrido. Ese nuevo profesor podrá seguir enriqueciendo la clase.
—¿De qué modo una clase puede generar un ambiente sano de aprendizaje?
—Una clase que ha podido ser preparada adecuadamente, le habrá permitido al profesor pensar en la realidad de cada uno de los alumnos o al menos de cada grupo de estudiantes, en sus distintos ritmos de aprendizaje. Si el diseño de la clase tiene en cuenta que algunos estudiantes captarán más rápidamente que otros el contenido entregado, deberá contemplar actividades especialmente desafiantes que los más rápidos puedan desarrollar individualmente mientras el profesor se enfoca en los que requieren de refuerzo.
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